Ciencia / 9 de julio de 2017

Los calendarios de vacunación evitan millones de muertes cada año

Sin vacunas hay epidemia: No vacunar a un chico implica poner en riesgo de contagio a muchos otros.

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De acuerdo con el Global Burden of Disease Study (GBD) entre los años 1990 y 2010 se redujeron en más de un 80% las muertes que son prevenibles mediante vacunas. El ejemplo más contundente es el del sarampión: antes de que se implementara el Programa Expandido de Inmunización (EPI), la enfermedad figuraba entre las principales causas de muerte de niños en todo el mundo. Tan solo en 1990, unas 631.200 personas murieron por sarampión o sus complicaciones. Actualmente, esa cifra bajó a cien mil.

Pero estas mejoras están pasando por un momento de fragilidad. Corren riesgo de ser barridas por una ola de movimientos antivacunas que sopla desde Europa hasta América, incluyendo a la Argentina. En los últimos tres años hubo brotes de sarampión anuales que incluso causaron muertes en lugares donde la enfermedad se consideraba erradicada. Una investigación de la Journal of American Medical Association (JAMA, la revista de la Asociación Médica de los Estados Unidos) asegura que los brotes comenzaron debido a “individuos que intencionalmente no habían recibido vacunas”. Cuando la cantidad de chicos no vacunados aumenta, el efecto rebaño de protección social se diluye. No vacunar a un chico implica poner en riesgo de contagio a muchos otros.

En 2016, Heidi Larson y un grupo de investigadores que trabajan en Londres hallaron que de 67 países Francia, Bosnia y Herzegovina, Rusia y Ucrania son los países con mayores porcentajes de personas que cuestionan la seguridad de las vacunas. En la Argentina, con el proyecto de ley de la diputada Paula Urroz (PRO), el cuestionamiento llega, inclusive, a uno de los tres poderes del Estado.

Basado en afirmaciones sin sustento científico y oponiéndose a lo que demuestran investigaciones hechas en los centros de salud y organismos sanitarios más serios del mundo, contrariando inclusive a los propios especialistas argentinos (que figuran entre los más respetados del planeta), el proyecto de ley arroja de manera oficial un manto de sospechas sobre la seguridad y la utilidad de las vacunas. Da por ciertas sospechas que agitan grupos como Libre vacunación, que recolecta firmas para derogar la ley 22.909 que establece la vacunación obligatoria en el país. Un peligro que amenaza con desatar epidemias de enfermedades que la sociedad ya olvidó. Porque aunque ya nadie lo tenga en cuenta, el sarampión mata. O inhabilita de por vida. La vacuna que lo previene, en cambio, apenas si tiene efectos secundarios, como una leve erupción con picazón en la zona donde se aplica la vacuna y, tal vez, una erupción pasajera.

Enfermedades riesgosas

Cuando un bebé llega a este mundo es bombardeado por microbios, a los que puede dar batalla gracias a los anticuerpos heredados de los tiempos en los que estaba dentro del vientre de su madre. Esta inmunidad heredada dura un cierto tiempo y el niño tiene que desarrollar sus propias defensas para combatir a los invasores que le pueden causar enfermedades. Ahí es donde las vacunas tienen su razón de ser.

Un niño que padeció sarampión tiene una en veinte posibilidades de padecer neumonía. Uno en mil sufrirá una inflamación cerebral que puede derivar en convulsiones y retraso mental, y de uno a dos de entre mil, morirá. Pero los antivacunas no dicen todo esto. Una varicela puede complicarse y causar infecciones severas en la piel, inflamación cerebral y neumonía.

Por mencionar solo algunos estudios, es gráfica una investigación realizada por especialistas de Colorado (en los Estados Unidos), que compararon a cientos de miles de niños que habían sido vacunados contra los riesgos a los que estuvieron expuestos chicos que no habían recibido vacunas. Los expertos hallaron que los chicos no vacunados tenían 23 veces más peligro de desarrollar tos ferina, 9 veces más de contagiarse varicela y 6,5 veces más de ser hospitalizados con neumonía o enfermedad neumocócica, que los chicos que sí habían sido inoculados.

En el 2011 el Instituto de Medicina (IOM) dió a conocer un informe con los resultados obtenidos luego de haber examinado ocho vacunas infantiles y sus efectos secundarios potenciales. Hallaron que las vacunas son seguras y que los efectos secundarios son raros y de poca envergadura.

Autismo no, bombardeo tampoco

El impulso más grande que recibió el movimiento antivacunas fue el que le dió Andrew Wakefield cuando, en 1998, publicó en la revista médica The Lancet un escrito sugirieron que la vacuna contra el sarampión podría causar autismo en niños susceptibles. Desde entonces, más de una docena de investigaciones  de diversos centros en el mundo verificaron que las vacunas no causan autismo, ni lo disparan. Hasta la misma Lancet se retractó de aquél artículo, a principios del 2010 y Wakefield fue acusado de falsificar datos y perdió su licencia médica.

Un periodista comprobó que el acusador recibía dinero de un estudio de abogados que se dedicaba a llevar casos contra laboratorios. Pero se sabe, una vez sembrada la semilla de la duda, difícil impedir que dé frutos.

Entonces asomaron otras posibles dudas: conservantes que causarían problemas a largo plazo, una cantidad de vacunas que asaltarían el todavía inmaduro sistema inmune de los niños. O la combinación de las vacunas con la contaminación ambiental. Todo vale para discutir el efecto protector sobre el chico y sobre la comunidad toda.

Los efectos secundarios son pasajeros y leves, como los de la vacuna antisarampionosa. Tomemos el ejemplo de la triple contra paperas, rubeola y sarampión (MMR). Después de recibir la primera dosis un chico tiene una en tres mil posibilidades de desarrollar una fiebre que causa convulsiones que no llevan, dicen los especialistas, a ningún daño neurológico.

El falso mercurio

¿Qué sucede con los componentes de las vacunas? Están hechas con una traza muerta del germen que causa la enfermedad, muy pequeña, pero suficiente para azuzar al organismo a desarrollar sus propias defensas. Esos antígenos son desarrollados en el laboratorio, aisladamente, y luego son mezclados con preservantes, estabilizadores y una sustancia como el aluminio que gatilla al sistema inmune para responder ante la vacuna.

La cartilla completa de vacunas que debería recibir un niño incluye menos de 200 antígenos (según los Centros para el Control de Enfermedades, CDC, un organismo rector a nivel mundial), mientras que el sistema inmune del chico tiene que responder a cientos de sustancias extrañas cada día. Estudios del Hospital de Niños de Filadelfia sugieren que once vacunas dadas a un niñito en una aplicación pondría en alerta a solo el 0,1% de su sistema inmune.

El mercurio, uno de los villanos de la película antivacuna, también tiene una historia de falsos estudios luego desmentidos. Fue en el 2005 que las revistas Rolling Stone y Salon publicaron una nota de un abogado ambientalista asegurando que el gobierno estadounidense ocultaba información acerca de los efectos del timerosal, un conservante que contiene mercurio y que tiene acción antiséptica y antifúngica. El abogado en cuestión, Robert F. Kennedy Jr. (sobrino del ex presidente J.F.Kennedy) asegura que el timerosal puede provocar problemas cerebrales, autismo incluido. Hoy, ese Kennedy lidera una “comisión sobre la seguridad de las vacunas” nombrada por el presidente Donald Trump para ir contra la inoculación de la población.

Fueron muchos los científicos que salieron a desmentir aquellos artículos publicados en las revistas, el abogado había (inclusive) mentido en las cantidades de timerosal que las vacunas contenían. Salon pidió disculpas por la publicación, la borró, y explicó: “Lo hacemos debido a las continuas revelaciones acerca de las fallas e incluso fraude que hemos recibido”. Los CDC y la Organización Mundial de la Salud (OMS) aseguran que no hay evidencias de que el timerosal contenido en algunas vacunas cause problemas de salud a los niños.

¿Se expondrían los laboratorios a enfermar gravemente a millones de chicos y adultos a sabiendas? No hay comprobaciones científicas que confirmen tales rumores, sino más bien todo lo contrario. Los efectos secundarios de las vacunas incorporadas a los calendarios de vacunación son testeados de manera permanente no solo por los laboratorios que las producen, sino por organismos nacionales y también internacionales.

Un sondeo hecho en los Estados Unidos por el Pew Research Center Survey muestra que el 82% de la población de ese país opina que la vacuna contra el sarampión, la rubeola y las paperas deberían ser obligatorias para entrar a una escuela debido a los riesgos que los niños no vacunados traen a sus compañeros.  Otro ensayo similar, efectuado en el 2014, había dado como resultado que un 68% de los consultados opinaban de esa manera.

En países de Europa hay preocupación gubernamental y cambios en los regímenes para entrar a la escuela: estar vacunado empieza a ser un requisito insoslayable donde antes no lo era. ¿Por qué el cambio? Los últimos brotes de sarampión, con muertes incluidas, están en el centro de la escena. Y no se trata solo de niños: esta semana una mujer, madre de tres chicos, falleció en los Estados Unidos por negarse a recibir la vacuna antitetánica.

 

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