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Cultura / 31 de mayo de 2019

Elvio E. Gandolfo inauguró la Feria del Libro de Rosario

El escritor, crítico de libros de NOTICIAS, fue homenajeado en su ciudad natal. Aquí su discurso inaugural “Las ciudades internas”.

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Elvio E. Gandolfo @Guillermo Turín Bootello

Hace muchos años, cuando tendría entre dieciséis y diecisiete (la memoria no puede ser más precisa), fui a pasar un mes de vacaciones en la casa de mi tío Chiche, el hermano menor de mi padre, en Río Tercero, Córdoba. Ya completamente absorbido por la lectura, tanto de novelas como de poesía como de cuentos como de historietas, también había ido construyendo el fanfarronismo, empezaba a ver cómo se iba armando mi ego, y tenía una seguridad fastuosa en mí mismo.

De modo que ante la perspectiva de treinta días interminables, llené la valija de libros, entre los que incluí el “Ulises” de Joyce. Sí, es cierto, era un libro larguísimo, difícil, ultrafamoso. Pero yo podría terminarlo, desde luego. Y lo terminé, dejando de lado todos los otros títulos que había llevado. Me di cuenta de inmediato que me perdía más o menos el cuarenta por ciento de lo que leía, por la pura dificultad de entenderlo. Pero el otro sesenta por ciento fue,desde entonces y para siempre, un acontecimiento clave en mi vida literaria.

Nunca volvería a encontrar una descripción tan múltiple, genial y suculenta de una ciudad. El hecho de que se tratara de Dublín, le daba múltiples puntos de contacto con “mi” ciudad, Rosario. El protagonista, Leopold Bloom, para mí era a medias conocido en la vida real. Todo me parecía un acierto total: la idea de que el libro transcurriera en un solo día, la mezcla inextricable de lecturas, canciones, recuerdos, cultura occidental completa bajada del pedestal, que un momento central fuera sencillamente ir a cagar, y sobre todo que terminara con el monólogo torrencial de una mujer sensual y sexual, cuyas últimas palabras eran “sí quiero sí”.

A esa altura, rodeado por el calor y las calles de Río Tercero, con charlas abundantes con mi tío, y algunas caminatas, esas palabras finales eran para mí la guinda de la torta, el éxtasis, el ¡goool! interno que ya había sentido leyendo a Jack London, Roberto Arlt, hasta el propio Borges, y el propio Joyce, que me había dado vuelta en los cuentos de “Dublineses”. Las palabras de Molly Bloom tenían que ver, por supuesto, con el laberíntico y aún desconocido sexo, pero también con todo lo demás. Ante todo nadie había hablado así antes ni hablaría así después, sobre la ciudad, cualquier ciudad, en particular “mi” ciudad. Ayudaba a que esa ciudad se volviera interna, para siempre. Dejaba de ser inalcanzable, como yo sentía a menudo, y se convertía en un aparato complejo, infinito pero manejable.

No mucho después saqué una conclusión inevitable, teniendo en cuenta lo que yo creía que eran mis fortalezas y eran en realidad mis limitaciones: el entusiasmo era tan feroz que sentí que, sin la menor duda, yo podía superar el “Ulises” de Joyce. Así que me puse a escribir mi primera novela. Llegué casi a las doscientas páginas. Volaba cuando escribía lo que conocía: los estudios de inglés que hacía en el Anglo, los delirios que sentía con una profesora, la estación fluvial, casi único sitio del río al que se podía acceder, más o menos cercano, en aquel entonces. Pero para superar el “Ulises” de Joyce agregué escenas innumerables, y geniales. Había una larga secuencia aérea con una manifestación que era reprimida por la policía, por ejemplo. O divagues filosóficos o intelectuales sin puntuación. O fragmentos para mí tan incomprensibles como aquel cuarenta por ciento que me había quedado en la oscuridad en la lectura.

Pasaron algunos años. En las vacaciones siguientes fui de nuevo a Río Tercero, y leí otro libro largo inolvidable: “Gran Sertón Veredas”, de Guimarães Rosa. Previsiblemente, en mi novela quedé totalmente paralizado por la ambición desmedida. Seguía leyendo, leyendo, leyendo. Empecé a escribir cuentos, poemas. Conocí gente tan o más chiflada que yo, con la que al fin hicimos la revista literaria “el lagrimal trifurca”: mi padre Francisco, Eduardo D’Anna, Hugo Diz, Samuel Wolpin. El trabajo descomunal de sacar cada número me fue dando un cierto sentido de la realidad. Con el tiempo, sabría que la idea de al menos copiar el “Ulises” se le había ocurrido a muchos. A Marechal, por ejemplo, en “Adán Buenosayres”, y sobre todo al mejicano Fernando del Paso en “José Trigo”, la mejor copia de todas.

Otro raye, que los años moderaron, era la intención de hacer algo siempre nuevo, siempre original. Así que el trancazo que me impedía seguir escribiendo podía ser el reconocimiento de que mi idea no había sido exactamente única, como había creído. Al fin, años después, leí el mamotreto inconcluso, y con rapidez le quité todo lo que tenía de copia del “Ulises” y dejé lo que tenía que ver, de manera a la vez directa y muy imaginativa, con mi propia experiencia. Era una novelita juvenil, hasta cierto punto masturbatoria, que se llamó “El instituto”.

En 1968 conocí Montevideo. Una segunda gran ciudad, joyceana, compleja, disfrutable. A Buenos Aires iba y venía. Mi tío Chiche se había convertido en un buen pintor “ingenuo”, que vendía bien, y seguíamos charlando hasta por los codos. Poco a poco, las tres ciudades ocuparon escenarios centrales de mi cabeza interior.
Escribí mucho sobre Rosario. Empezaba a verla más como era, incluso con sus rasgos medio ocultos: un par de sequías feroces, por ejemplo (una de ellas descripta en “Real en el Rosedal”). O las tormentas demoledoras, largas, extenuantes. Una de ellas es un párrafo pasajero de lo que estoy escribiendo ahora: cuentos sucesivos con un mismo protagonista, el Ludueña de “Un error de Ludueña”. Recuerdo la sorpresa y el placer con que leí en 2001 “La jueza muerta”, una novela policial muy jugada de Eduardo D’Anna, con una larga escena de tormenta colosal.

Ahora puedo circular alternativamente por las calles reales y las internas de cada una de esas tres ciudades: Rosario, Montevideo y Buenos Aires. Según la época y según lo que ocurra en el momento, cada una de ellas pasa al frente, a veces de modo inesperado. Viví un poco más de ocho años en Buenos Aires y sigue siendo un hueso duro de mascar. Descubrí por ejemplo que tomada como una sola ciudad enorme, por motivos internos que tengo que ir descubriendo si los escribo, Buenos Aires es tan autosuficiente, segura y débil que casi no existe. Pero al mismo tiempo, el federalismo que ha combatido desde siempre “a nivel país” (como dirían en la televisión) lo aplica en cambio muy bien respecto a sus barrios. Dicho de otro modo, sin Palermo, La Boca, Barracas, Belgrano, Once, etc. etc., la ciudad realmente no existiría. Cada uno de ellos tiene un núcleo de existencia dura, propia, compleja, disfrutable. En cambio el Barrio Norte se parece notablemente a Europa.

Como me fui del todo en 1976, no viví directamente la conversión de Rosario en una ciudad con río y costanera, o con insólitos obsequios, como el Parque España en el Quinto Centenario. Me ha llevado casi hasta hoy aceptarlo, con esa arquitectura “posmo” a la española (un tono que se repitió en muchas zonas “modernizadas” de la ciudad), en vez de la barranca previa y vegetal, que tanto había recorrido. Con la moto de mi hermano Mario recorrimos en su momento sitios antes casi vacíos donde se levantaban de pronto rascacielos con partes superiores coloridas con luces por la noche, como en la Ciudad Gótica de Batman.

La ciudad donde más estoy, Montevideo, también ha cambiado de manera múltiple. Conoce hoy, por ejemplo, la inserción de numerosos inmigrantes nuevos (cubanos, venezolanos, dominicanos) que le están cambiando un poco el menú gastronómico. O un derrumbe de la seguridad callejera y de pequeños negocios comparable al que ha sufrido Rosario en los últimos años, a tal punto que se ha convertido casi en el tema clave de la actual campaña electoral, junto con la educación.

Todo eso entra también a las imágenes internas, aunque se pegan con menos fuerza que el pasado, en los tres casos. La manía del cambio total, veloz, definitivo, típica del siglo XX y mucho más del XXI, no alcanza a borrar los bolsones de resistencia tenaz de lo que era y sigue siendo, a nivel visual, concreto. Cuando llego a Rosario en ómnibus, por Boulevard Oroño (hace varios años que no lo hago), me suelo fijar en que el pasillo del 3671, donde vivimos tantos años con mi familia, sigue en pie. O he pasado por un pedazo de calle San Juan que tiene, ¡sí! la misma tienda, la misma ferretería, la misma vidriera.
Una buena frase de Borges, entre tantas, es, hablando de alguien: “Vivió, como todos los hombres, tiempos difíciles” (cito de memoria).

En 1949, dos años después de mi nacimiento, William Faulkner ganó el premio Nobel. Sería, mucho más que Joyce, el autor admirado, copiado, leído con fruición por decenas de autores latinoamericanos (Onetti y García Márquez, para empezar), pero en el futuro. En ese entonces el mundo occidental (que nos gusta creer que es el mundo a secas) acababa de salir de dos palizas monumentales: la Primera y la Segunda Guerra mundiales. Al principio Faulkner dice que la sensación es de que desaparecerá el espíritu, porque los problemas espirituales han sido reemplazados por una sola pregunta: “¿Cuándo estallaré?” (el miedo a la bomba atómica era la gran herencia de la guerra en esos años).

Mucho más citado es el final, donde Faulkner insiste en subrayar que “la voz del poeta” (con lo cual se refiere a la del escritor en general) no servirá sólo para registrar la historia del hombre, sino para ser la base de perdurar y prevalecer como ser humano. Hoy (o hasta hoy) el temor no es a las bombas atómicas. Sino a la contundencia con que los distintos sistemas sociales se dedican a socavar la existencia futura del planeta, según muestran fotos con la Antártida o el polo Norte derritiéndose, con cientos de pingüinos muriendo en el lugar de desove o de un oso polar también tendido, enorme, único, muerto.

Cuando Susana de Zorzi me llamó para invitarme a la Feria del Libro, le dije sin vacilar (suelen ser mis mejores respuestas): “sí, quiero, sí”. Ahora, ante el comienzo de esta Feria renacida, trataré de escribir para mostrar que Rosario, Montevideo y la Buenos Aires de los barrios prevalecerán. Y deseo, hoy, que la propia Feria del Libro de Rosario también perdure y prevalezca.
Muchas gracias.