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Sociedad / 4 de septiembre de 2019

El Papa a una víctima de abusos del Newman: “Te pido perdón en nombre de la Iglesia”

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“Rufino Varela. Tranquilo. Soy el Papa Francisco”. El hombre al que la máxima autoridad de la Iglesia estaba llamando dice que no lo podía creer. Así lo expresa Rufino Varela en su libro “Newman. Un colegio, los abusos y los límites del encubrimiento”, de Editorial Planeta. En el texto, el hombre relata los abusos de poder y sexuales que sufrió en su etapa como estudiante del colegio secundario, el mismo en el que también cursó el actual presidente Mauricio Macri.

Los abusos que relata Varela en su libro los sufrió de parte de uno de los sacerdotes que controlaban el Cardenal Newman, cuando él tenía 15 años. A partir de 2015, el hombre decidió empezar a contar su historia, y en el 2017 la hizo pública a través de una carta. Por aquellos años, Rufino había contado que Francisco lo había llamado, pero jamás jamás había revelado lo que habían hablado. Hasta ahora.

 

El extracto del libro:

– ¿Rufino Varela?

– ¡Sí! ¿Quién habla?

– ¡Soy el Papa Francisco!

Corté, convencido de que se trataba de una broma.

Por tercera vez sonó el celular mostrando otra vez “número privado”. Estaba a punto de mandarlo al diablo cuando escuché su voz.

– ¿Rufino Varela? Tranquilo. Soy el Papa Francisco.

Esta vez lo había escuchado bien. Supe que era él. Entré en un túnel, en un torbellino confuso, como si la voz que me estaba hablando del otro lado de la línea, diciendo mi nombre no fuera real. Salir de esa sensación de irrealidad me llevó segundos que parecieron eternos.

En milésimas de segundo me hice demasiadas preguntas, pero una me retumbaba cada vez más fuerte: ¿por qué a mí?

Perplejo, casi mudo, apagué la radio y el auto sin darme cuenta de que quedaba encerrado sin aire acondicionado con una sensación térmica cercana a los 40 grados.

Seguía sin entender. Dudé por un instante hasta que me volvió a decir, “tranquilo”.

– Rufino, le pido perdón en nombre de la Iglesia Católica. Recibí una carta de una persona que lo quiere mucho y me contó todo. ¡Usted no está sólo!

Por segunda vez un nudo en la garganta me ganó la pulseada. ¿Quién me podía querer tanto para escribirle una carta al Papa Francisco pidiéndole que me ayudara en lo que estaba haciendo?

No supe qué contestarle. No entendía qué estaba pasando. El Papa Francisco me había llamado a mi celular para pedirme perdón y para alentarme a continuar mi lucha contra el abuso.

Mientras intentaba reaccionar volvió a conmoverme con una simple pregunta.

– ¿Cómo está, Rufino?

– No puedo creer que esté hablando con usted, Francisco. La verdad que no lo sé. Son muy duras y tristes las historias que estoy recibiendo cada día y siento que estoy solo. Le aseguro, muy solo.

– Jesús también estuvo solo, Rufino.

Un poco más calmado me animé a contestarle que yo no era Jesús y que no le llegaba ni a la uña del dedo más pequeño del pie.

– Usted es un eslabón de una cadena rota y solo usted decide el grosor del eslabón y el largo de la cadena, Rufino.

Francisco siguió hablándome pero en mi cabeza seguía resonando cada vez más fuerte lo del eslabón de una cadena rota. Es lo que había soñado desde chico. Ayudar a otros. Solo intentar ayudar a otros.

Hablamos durante diez minutos. Volvió a pedirme perdón y que no dejara de estar en contacto con el obispo Oscar Ojea de San Isidro.

– Le pido por favor que no cese en ayudar a quienes lo necesitan y no se deje amedrentar por quienes intenten ponerle piedras en el camino. No serán pocos quienes van a pretender silenciarlo una y otra vez. Su misión es ayudar a quien lo necesite desde el lugar en que se encuentre. Yo voy a rezar por usted y su familia, y le pido que usted rece por mí.

Nos enviamos un fraternal abrazo y me dio su bendición final. Yo no quería cortar y esperé que lo hiciera él.