MUNDO | 16-10-2019 15:25

Crisis institucional en Perú: caos y orden

En el país donde los sismos políticos parecen no afectar la economía, el presidente enfrenta al fujimorismo y le gana la pulseada.

Las virtudes de Perú son resaltadas por sus debilidades. En las calles de Ecuador ardían barricadas por el aumento de los combustibles, mientras en las calles peruanas reinaba una serena normalidad. El gobierno ecuatoriano imponía el estado de excepción, mientras en Perú nadie sabía a ciencia cierta quién gobernaba. La economía de Ecuador se sacudía en los brazos del FMI, mientras en Perú otra crisis política sin precedentes apenas movía el amperímetro económico.

La salud de la economía se puede auscultar en lo poco que la perturban las patologías crónicas de la política peruana. Los indicadores conservan la calma aún cuando sobre el escenario político impera el caos y las batallas partidistas colocan el país en la dimensión del absurdo.

La crisis política es la regla y, en ocasiones, tiene escenas que parecen redactadas por guionistas de Fellini. Un ejemplo fue el patético final de Alberto Fujimori, déspota implacable que terminó huyendo a Japón y renunciando por correo. En rigor, todos los presidentes terminaron mal. Además de Fujimori, quien finalmente regresó y quedó encarcelado, el economista que lo había doblegado en las urnas, Alejandro Toledo, afronta en una cárcel norteamericana un juicio de extradición por denuncias de corrupción.

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Alan García (que gobernó como izquierdista en los 80 y como liberal ortodoxo en el siglo 21) terminó suicidándose cuando estaban por detenerlo por el caso Odebrecht.

Ollanta Humala, el nacionalista filochavista que, cuando se convirtió en presidente, marchó a contramano del populismo y profundizó el rumbo liberal, fue del palacio presidencial a la cárcel. Y Pedro Pablo Kuczynski no pudo completar su mandato y terminó en prisión domiciliaria.

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Mientras las sucesivas crisis mantenían la política en estado catatónico, la economía continuaba su crecimiento sostenido. Si esa tendencia se confirma con este último terremoto institucional, Perú se reafirmará como una suerte de versión latinoamericana de lo que fue la Italia de la segunda mitad del siglo 20. Bajo la coalición penta-partidaria que lideraban democristianos y socialistas, las crisis políticas eran frecuentes, pero la economía marchaba por otro andarivel convirtiendo a Italia en país desarrollado.

El secreto. La razón es que dirigentes y partidos se enfrentan por impunidad o por negociados o por el control del poder, pero no difieren sustancialmente en cuanto a la macroeconomía.

En el último tembladeral, el presidente y el Congreso se destituyeron mutuamente, como si fueran dos duelistas del Lejano Oeste que se disparan casi simultáneamente pero ambos quedan de pie. Mientras la vida de los peruanos continuaba normalmente, la prensa mundial observaba el duelo esperando ver cuál de los dos duelistas terminaba cayendo atravesado por el disparo del otro.

En esas tensas horas, las bibliotecas jurídicas se dividían. Para algunos constitucionalistas, el Congreso tenía razón y Martín Vizcarra se extralimitó, merodeando el golpe de Estado. Pero otros concedían la razón al presidente, acusando al Congreso de enchastres procedimentales para cooptar con jueces propios el Tribunal Constitucional.

Una cosa resultaba clara: la disolución del Congreso realizada por Vizcarra no puede compararse con el cierre del Poder Legislativo perpetrado por Fujimori en 1992, porque aquel acto no tuvo ningún marco legal y abarcó además la intervención del Poder Judicial. Mientras que en la acción de Vizcarra puede discutirse su interpretación de la Ley, pero actuó evocando el artículo 134 de la Constitución vigente, que es la de 1993. Por lo tanto, además de no intervenir la Justicia, el presidente no eliminó el Poder Legislativo sino que disolvió “un” Congreso, convocando a elegir otra legislatura en comicios.

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Para sorpresa de muchos, ese ingeniero sin carisma que asumió la presidencia por la caída de Kuczynski, de quien era vicepresidente, se atrevió a enfrentar al agresivo fujimorismo y lo puso contra las cuerdas.

La caída de Kuzcynski demostró que el fujimorismo es una ciénaga que hunde y ahoga. El mandatario del cual Vizcarra era vice había intentando que el partido Fuerza Popular no lo sabotee, haciendo concesiones inaceptables como indultar al patriarca del clan. Pero sólo Kenyi Fujimori estuvo dispuesto a cumplir lo pactado con Kuczynski. Su hermana Keiko aprovechó la primera oportunidad que tuvo para traicionar lo acordado, incluso al precio de perjudicar a su propio hermano.

Quizá por eso el hombre que se convirtió en presidente como consecuencia de aquel juego de intrigas y traiciones, tomó la decisión de enfrentar al fujimorismo cuando percibió que se complotaba con los apristas en el Congreso.

Golpe por golpe. Cuando nombraron sin debate alguno nada menos que al primo del presidente del Congreso, Vizcarra intentó que se apruebe un nuevo procedimiento que impida el partidismo en las designación del Tribunal Constitucional. Al fin de cuentas, cooptado por fujimoristas y apristas, además de sacar de prisión a Keiko y dotar de blindaje judicial a los dirigentes de ambas fuerzas que podrían hundirse en el pantano de Odebrecht, ese Tribunal podría acorralar o derribar a un presidente. Ni bien el Congreso intentó desactivar esa reforma procedimental, Vizcarra lanzó su ofensiva ordenando la disolución del Congreso. Los legisladores contraatacaron suspendiendo al presidente y nombrando a Mercedes Aráoz como su reemplazante.

En un primer momento, la vicepresidenta aceptó saltar a la vereda opositora, dando por destituido a su correligionario. Y si al día siguiente dio marcha atrás y renunció, fue porque a esa altura ya se vislumbraba que el choque de poderes podía ganarlo Martín Vizcarra.

A diferencia de las ardientes y militarizadas calles ecuatorianas, en Perú la calle no perdió la calma mientras la política se convulsionaba. Y los sismógrafos de la economía oscilaron con notable suavidad, como si no registraran la intensidad del tembladeral que estaba sacudiendo las instituciones.

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Claudio Fantini

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