Lunes 14 de junio, 2021

MUNDO | 17-05-2021 11:07

Álvaro Uribe, ideólogo de las represiones en Colombia y Chile

Influyó en la militarización de la represión en Chile, e influyó ahora en la represión en Colombia. Iván Duque y Sebastián Piñera sus acólitos.

¡Piedra libre por Uribe! Muchos descubrieron al ex presidente detrás de la brutal represión en Colombia. Era visible ese poder detrás del trono que ocupa, desacomodado y débil, Iván Duque.

La imagen atildada tras la cual siempre bullen tempestades, asomó en el escenario de las protestas como la sombra que guió la represión. Asomó también, de manera impúdica, su inspiración ideológica.

Lo que delató de inmediato la influencia sobre Álvaro Uribe en su interpretación de la protesta fue el uso de un término que llevaba inexorablemente a su autor. El líder conservador habló de “revolución molecular disipada”, concepto que llevó derechito a López Tapia, el entomólogo chileno que, además de investigar insectos, lucubra fórmulas para conjurar la resistencia social contra las políticas que favorecen a las elites económicas en detrimento de las clases medias y bajas.

Alexis López Tapia tomó y deformó el concepto con que el filósofo y psicoanalista francés Félix Guatteri tituló un libro, “Revolución Molecular”, en el que desentraña la potencia transformadora que late en grupos sociales pequeños y sectores marginados.

Al usar los conceptos y las ecuaciones políticas que usa el ideólogo ultraderechista, Uribe no sólo permitió entender el uso del ejército y el desenfreno represivo que se estaba aplicando en Colombia, sino también las peores decisiones de Sebastián Piñera contra las masivas manifestaciones que estallaron en Chile en octubre de 2019.

La ofensiva represiva y las argumentaciones de Uribe permiten entrever la influencia del entomólogo al que se vincula con grupos neonazis, cuando Piñera mandó el ejército a reprimir lo que describió como una fuerza invasora abocada a destruir Santiago y reemplazar el modelo económico chileno por “el comunismo”.

El enfoque es el mismo. Las teorías conspirativas que van cobrando fuerza en gobiernos conservadores de la región, imponen términos como “castro-chavismo” y demonizan estallidos sociales explicándolos como obra exclusiva de “enemigos” malvados en las que se mezclan el narcotráfico, Cuba, las disidencias de las FARC, el régimen de Nicolás Maduro, el ELN etcétera.

Con esa lente, el estallido en Chile no fue la consecuencia de un nivel insultante de desigualdad, sino de un plan lucubrado en La Habana, organizado en Caracas y financiado por narcos. Del mismo modo se orquestó, según esta interpretación conspirativa usada por el uribismo, la protesta que convulsionó a Colombia. El problema no fue la política de Iván Duque favoreciendo a los bancos mientras las clases medias y bajas se hundían en la recesión que produjo la pandemia, sino las disidencias de las FARC, el ELN, el narcotráfico y Maduro.

Se vio caer la gota que rebasó el vaso: una reforma tributaria que, si bien incrementaba los impuestos a los ingresos altos, también aumentaba la carga impositiva en los ingresos medios, además de impactar sobre las clases media y baja al subir gravámenes en bienes y servicios básicos.

También está a la vista que la dimensión de la protesta fue oceánica, pero la lente ultraderechista lo que muestra es a los grupos violentos para denunciar una conspiración “castro-chavista” apuntada a que Colombia sea otra Venezuela.

Desde los primeros años de este siglo fueron recurrentes las protestas en las que jóvenes de origen magrebí salían a quemar autos en las ciudades satélites de Paris. Eran la señal europea de un rasgo de este tiempo: la frustración de los jóvenes que carecen de horizontes.

La violencia de algunos manifestantes en Bogotá y en Cali puede estar ligada a este fenómeno global. Es posible también que el régimen chavista esté estirando la mano para azuzar las llamas de la protesta. Pero eso no quiere decir que hayan sido generadas por Nicolás Maduro. De hecho, el régimen venezolano acusaba a Bogotá de generar las protestas que sacudieron durante meses a Venezuela. Y seguramente el uribismo habrá hecho su aporte. Pero es la calamitosa realidad venezolana, producida principalmente por la ruinosa casta militar imperante, lo que causó aquellos sismos sociales aplastados por la represión chavista.

Del mismo modo, aunque haya manos ocultas del chavismo, la causa de las masivas protestas fueron los ajustes que se hicieron en plena pandemia, a contramano del mundo. Hasta un ortodoxo formado en la Escuela de Chicago como Paulo Guedes inyectó dinero en la sociedad para atenuar la recesión causada por la pandemia. En cambio Iván Duque se preocupó tanto por el equilibrio fiscal y por la sostenibilidad de la deuda, que desató un tsunami de rechazo social. A eso le sumó la represión y la militarización de las ciudades, poniendo en evidencia la gravitación de Uribe sobre los militares y las fuerzas de seguridad.

Como todos los discípulos del ideólogo chileno, entre los que hay funcionarios y militares del gobierno de Sebastián Piñera, Uribe busca instaurar el estado de excepción para imponer su visión económica, llamando comunista y castro-chavista a todos los que la resistan. Lo mismo que en Cuba y Venezuela, pero con otros demonios.

Los regímenes castrista y chavista afirman que el “imperialismo norteamericano” y sus “vasallos” organizan las protestas en sus países. Son el autoritarismo y la pavorosa incompetencia de sus nomenclaturas las que las provocan. Desde Washington y otras capitales se las ayuda, pero es la calamitosa realidad económica y el autoritarismo de esos regímenes la causa de las manifestaciones.

En definitiva, los autoritarismos de izquierda y derecha buscan lo mismo: imponer su modelo de poder mediante el uso de la fuerza pública y el estado de excepción permanente que denunció Georgio Agamben.

Por la gravitación de su mentor, Iván Duque cometió el mismo error que había cometido Piñera, cuyo gobierno actuó frente a las protestas guiándose por el mismo ideólogo que sigue al pie de la letra Uribe. El resultado de la represión con militarización fue el mismo en Chile y en Colombia: gobiernos debilitados y la paz social incendiada por los que apagan el fuego con nafta.

Por izquierda y por derecha, la realidad muestra que la palabra “populismo” no sirve para explicar lo que ocurre. Lo explica mejor el presidente norteamericano Joe Biden al afirmar que la disyuntiva en el mundo actual es democracia o autocracia.

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Claudio Fantini

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