Lunes 1 de marzo, 2021

MUNDO | 23-01-2021 10:24

Biden arranca su presidencia bajo el fantasma de los rebeldes trumpistas

Visto como un “usurpador” por quienes le creen a Donald Trump, Joe Biden podría ser blanco del fanatismo que su antecesor dejó activado. El rol de los Wolverine Watchmen.

Se hizo cargo del timón en un mar de furia. Joe Biden venció a un creador de tempestades, pero quedó a cargo de una tormenta. Donald Trump sacudió las aguas para que naufrague la administración demócrata. ¿Podrá Biden mantenerse a flote? ¿hacia dónde pondrá proa? A la primera pregunta la responderá el tiempo, pero la segunda parece tener una respuesta obvia: avanzará en la dirección opuesta, restaurando todo lo que fue roto por su antecesor.

Biden retornará a la OMS y al Acuerdo de París sobre Cambio Climático, revertirá la política anti-migratoria, recompondrá la relación con Europa y revitalizará la OTAN. Pero al mayor desafío lo tiene en el plano interno: llenar con un plan federal contra la pandemia el vacío que produjo Trump, y superar el abismo que su antecesor abrió para enfrentar el país blanco, conservador, religioso y rural, con el país cosmopolita, diverso, tolerante y liberal de las grandes urbes.

Trump impuso un liderazgo perturbador en el que los consensos fueron reemplazados por la provocación. Destruyendo una tradición iniciada por George Washington, el magnate neoyorquino construyó un liderazgo personalista y un movimiento ultraconservador del cual el Partido Republicano es sólo su brazo político.

Para hacerlo, sacó del clóset engendros que odian de manera visceral todo lo que representa Biden. La punta de lanza de la turba que asaltó el Capitolio mostró suficiente enajenación como para estar dispuesta a todo contra el nuevo gobierno. Biden es un presidente en la mira de lunáticos dispuestos a jalar el gatillo.

En Estados Unidos no hay tradición golpista, pero tiene un récord en magnicidios. En el siglo 19 fueron asesinados los presidentes Abraham Lincoln y James Garfield. El siglo 20 empezó con el asesinato de William McKinley y, 62 años más tarde, las balas de Lee Oswald alcanzaron a John Kennedy en Dallas. En 1968 se sumaron otros dos magnicidios: Martin Luther King en Memphis y de Bob Kennedy en Los Ángeles.

La lista crece si se incluyen los asesinatos de celebridades como John Lennon y los atentados fallidos. Ronald Reagan recibió los disparos del desequilibrado John Hinckley, mientras que Gerald Ford sobrevivió a dos atentados contra su vida.

A esa tradición oscura se suma el fanatismo trumpista, activado por las denuncias y afirmaciones de su líder. Una prueba del peligro que representa es el plan de la milicia ultraderechista Wolverine Watchmen para secuestrar a la gobernadora demócrata de Michigan, Gretchen Whitmer. La infiltración de un agente del FBI permitió desbaratar la conjura de la organización que había ocupado el Capitolio de la capital del Estado, Lansing, con sujetos armados con fusiles de asalto.

Las instituciones democráticas resistieron las conspiraciones y el zarpazo golpista. El hombre que logró aglutinar la ultraderecha y convertirla en un movimiento propio, conspiró contra el proceso electoral desde meses antes de la elección anunciando que habría fraude. Después conspiró contra el resultado de los comicios y, en el último y más brutal de sus intentos de seguir en la presidencia, lanzó una multitud furibunda contra el Congreso para que no certificara la decisión del Colegio Electoral. Pero fracasó.

Entre otras cosas, el autoritarismo fracasó por no lograr acompañamiento de los militares. Trump buscó ese apoyo y no lo consiguió.

En Estados Unidos la institucionalidad ha resistido la inédita embestida del autoritarismo. Por izquierda y por derecha, autócratas y partidarios de ideologismos autoritarios se regodearon con el asalto al Capitolio, pero no hablan del resultado: la democracia fue más fuerte.

No obstante, el extremismo conservador ganó la “batalla cultural” en la derecha, conquistando amplias bases del Partido Republicano. El trumpismo perdió el gobierno, pero queda en la sociedad como una infección que supura violencia en sectores que se sentían marginados por sus posiciones extremas.

Allí está la bomba que Trump dejó activada al no admitir su derrota ni reconocer legitimidad al nuevo presidente.

En su discurso de despedida le deseó “suerte” a la nueva administración, pero no se retractó de sus denuncias de “fraude masivo”. A esta altura de la mentira de la elección robada, lo que Trump debía hacer era desmentirse. No lo hizo. Por eso el nuevo presidente es considerado un usurpador por las bases más radicales del trumpismo. Ahí está el peligro.

Plantear que muchas cabezas afiebradas deben estar pensando en un magnicidio, no es tremendismo sino obviedad. Los servicios de inteligencia sólo pueden detectar conspiraciones en marcha, no ideas incubadas en mentes perturbadas por fanatismos y teorías conspirativas. Aún así, temiendo posibles complots contra el nuevo presidente, la Guardia Nacional separó a doce efectivos por tener vínculos con grupos ultraderechistas.

En un clima tan denso, a la seguridad del presidente la garantizará un nivel de protección jamás visto. Ni tras el 11-S se tomaron medidas de seguridad como las del 20 de enero.

En un país con semejantes antecedentes en magnicidios es imposible descartar que el clima de odio político imperante esté fermentando deseos de disparar contra el presidente demócrata. Millones de fanáticos creen que de verdad “robó” la elección mediante “un fraude masivo” y que su gobierno “usurpador” impondrá “el comunismo” y “convertirá a Estados Unidos en Venezuela”.

Trump nunca se desdijo de esas afirmaciones descabelladas. Y si logró que millones de norteamericanos las crean, lo que deja como legado es una radicalización peligrosa. Para colmo, dedicó sus últimos días y horas en la Casa Blanca a tomar decisiones para las cuales había quedado sin autoridad moral desde el asalto al Capitolio, como acusar a Cuba de patrocinar el terrorismo; y medidas destinadas a marcarle la cancha a su sucesor, como acusar al gobierno chino de someter a genocidio a los uigures de Xingianj, pero no hizo lo que tendría que haber hecho: reconocer que fue derrotado en buena ley y reclamar a sus seguidores reconocimiento y respeto a Biden.

Era imprescindible que él mismo desactivara la bomba que activó en la política norteamericana. Pero prefirió irse de Washington dejando una situación explosiva y un presidente en la mira de lunáticos fanatizados.

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Claudio Fantini

Claudio Fantini

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