Jueves 6 de octubre, 2022

MUNDO | 23-04-2022 00:33

El crimen impune del genocidio armenio

Al cumplirse un nuevo aniversario, gran parte del mundo continúa amordazado por la presión del negacionismo.

“Los caminos y el Eufrates están llenos de cadáveres y los que sobreviven están destinados a una muerte segura; es un plan para exterminar a todo el pueblo armenio”, dijo en sus páginas The New York Times en agosto de 1915. Pero el gobierno de los Estados Unidos recién reconoció el genocidio en el 2021.

En el año anterior, el autócrata azerbaiyano Ilham Heydar oglu Aliyev había lanzado su ejército contra Nagorno Karabaj, recobrando a sangre y fuego el control de ese territorio armenio. Con el apoyo militar del líder islamista turco Recep Erdogán, los azeríes pudieron doblegar la resistencia de la República de Artzaj, como llamaban los armenios al Estado independiente de hecho que tenían desde la victoria que obtuvieron en la primera guerra de Nagorno Karabaj.

Las potencias de Occidentes podrían cuestionar a Vladimir Putin no haber hecho nada por detener la ofensiva turco-azerí contra el enclave armenio. Pero no están en condiciones morales de reprochar nada, porque tampoco ellas habían movido un dedo para detener o interrumpir el ataque masivo que se ejecutó en el 2020.

El mundo que podría hacer algo también reaccionó tarde cuando la Alemania nazi industrializó el asesinato para acabar con los judíos, a pesar de las señales oscuras que vaticinaban ese genocidio desde siglos anteriores. Anatemas y estigmatizaciones derivaban en pogromos contra los judíos en todos los rincones del mundo askenazí hasta que, en la primera mitad del siglo XX, el nazismo industrializó el asesinato en sus campos de concentración.

Aquellas señales aisladas, pero constantes, anunciaban el crimen en masa que iba a cometer el Tercer Reich.

El holocausto tuvo un acontecimiento inspirador: el genocidio armenio cometido entre 1915 y 1918. Observadores alemanes habían tomado nota de las operaciones de aniquilamiento contra los pueblos cristianos de Anatolia, que implicaron masacres y deportaciones contra las etnias griega, asiria y armenia.

Aquel proceso exterminó a un millón y medio de armenios. El monstruoso crimen contra la humanidad cometido por el Estado turco que conmemora aniversarios todos los 24 de abril para que la memoria genere conciencia en el mundo entero.   

Igual que, posteriormente, el holocausto, el genocidio de 1915 había empezado con un goteo de matanzas a finales del siglo XIX. La historia las llama “masacres hamidianas” porque fueron perpetradas por órdenes del sultán Abdul Hamid II.

En los últimos años decimonónicos, fueron aplastadas con matanzas las protestas de los armenios de Mezifrón y Kokat, porque reclamaban reformas en el Imperio Otomano. Las matanzas para sofocar el reformismo armenio se fueron multiplicando hasta superar las 300 mil víctimas.

Ese antecedente debió encender las alarmas del mundo cuando, el 24 de abril de 1915, el régimen de los Jóvenes Turcos se lanzó a la caza de intelectuales, artistas y activistas armenios en todos los rincones de Anatolia. El desprecio étnico había engendrado proyectos de culturización forzosa como el “panturanismo”, que puso en la mira a la cultura armenia.

Los armenios sobresalían por su riqueza cultura y por su presencia destacada en las ciencias y la intelectualidad, lo que acrecentaba el odio de los panturanistas.

El nazismo fue un reflejo posterior de lo ocurrido en Turquía. El genocidio armenio se perpetró tras la pantalla de la Primera Guerra Mundial y el exterminio de los judíos en Alemania y Europa Central tuvo como pantalla a la Segunda Guerra Mundial.

Al genocidio armenio lo cometió un régimen de Partido Único, el del Comité Unión y Progreso (la organización política de los llamados Jóvenes Turcos) y al de los judíos lo cometió el Partido Nacional Socialista de los Obreros Alemanes (la organización de Hitler y los nazis).

En Turquía, a las persecuciones, apresamientos, linchamientos y deportaciones las llevaban a cabo unidades especiales como los Hamidiye y los Teshkilati Mahsusa; mientras que en Alemania fueron las Shutzstaffel (SS).

El panturanismo y el supremacismo ario tuvieron en común la exaltación de la raza y el desprecio y demonización de minorías, a las que se consideró impurezas que debían ser eliminadas para alcanzar la purificación racial. Y los ideólogos turcos del exterminio “purificador”, como Talat Pashá, tuvieron su versión alemana.

Una diferencia crucial es que la Alemania que se levantó entre sus escombros tras la Segunda Guerra Mundial, asumió el Holocausto judío y los demás crímenes del nazismo, en cambio la Turquía que se levantó entre los escombros del Imperio Otomano tras su derrota en la Primera Guerra Mundial nunca admitió el genocidio armenio. Lo negó Atatürk, el padre de la Turquía republicana. Lo negaron los gobiernos ataturkistas que se sucedieron a los largo del siglo XX y se mantuvieron en el negacionismo los gobiernos nacional-islamistas de Abdulá Gül y Erdogán.

Sólo la escoria que dejó el nazismo en Alemania y en el mundo comete el crimen de negar el holocausto. En cambio los gobiernos turcos perpetúan el crimen en masa que inició Abdul Hamid II en el siglo XIX y llevó a su punto de máximo exterminio el régimen del Comité Unión y Progreso en la segunda y tercera décadas del siglo pasado. Y usaron el valor estratégico de Turquía para imponer el negacionismo al resto del mundo.

Por eso cuando en el 2007 el Congreso norteamericano aprobó la resolución 106 admitiendo que las masacres y deportaciones en masa perpetradas contra los armenios constituye un genocidio, el entonces presidente, George W. Bush, cuestionó duramente la decisión tomada en el Capitolio argumentando la importancia de Turquía para lidiar con el terrorismo ultra-islamista, con la influencia de regímenes hostiles como el de los ayatolas iraníes, y con regímenes aliados de Moscú como el de la familia Al Asad en Siria.

Por entonces, el presidente de Turquía era el moderado Abdullah Gül y el gobierno que tenía a Erdogán como primer ministro aún no había empezado a dañar la OTAN y el vínculo con Europa y los Estados Unidos.

Antes de la necesidad de buena relación con Turquía que generó el terrorismo ultra-islamista, a esa necesidad la generaba la Guerra Fría. Siempre hubo un motivo, que no es lo mismo que una razón, para darle la espalda al reclamo armenio de que se reconozca el genocidio.

Joe Biden lo hizo poco después de asumir la presidencia. Los armenios de Nagorno Karabaj ya habían sido atacados sin que ni la Rusia de Putin ni las potencias de Occidente hicieran algo para detener la agresión. Pero tal vez sirva para dificultar que Azerbaiyán limpié de armenios esas tierras con limpiezas étnicas como las que vaciaron de armenios Najicheván, abriendo el paso a su entrega a los azeríes junto con Zanghezur y Karabaj.

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Claudio Fantini

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