Domingo 27 de noviembre, 2022

MUNDO | 24-09-2022 09:23

El reinado de Carlos III y el traspaso del trono a su hijo Guillermo

El daño potencial a la corona británica, si se tarda demasiado en pasar del rey opaco al príncipe de Gales que brilla.

La emoción de los funerales se irá disipando como la neblina londinense cuando el viento del Oeste la empuja hacia el mar. Poco a poco, el discreto encanto de la reina fallecida se convertirá en un vacío que deberán llenar los nuevos monarcas. Se verá entonces si Carlos III y la reina consorte pueden ser un espejo en el que quiera verse reflejada la mayoría de los británicos.
Sin Isabel II, lo que queda sobre el escenario son un rey opaco y un príncipe que brilla detrás del trono. ¿Cuánto tardará ese brillo en eclipsar a la figura sin fulgores?

La sombra de Talal bin Abdalá parece recorrer las islas británicas. Aquel príncipe del entonces llamado Emirato de Transjordania heredó el trono en 1951 cuando su padre, el rey Adbdalá bin Hussein, recibió un balazo en la cabeza mientras rezaba la oración del crepúsculo en la mezquita Al Aqsa. Pero el nuevo monarca era considerado inadecuado para encabezar el reino hachemita en un escenario tan volátil como el Oriente Medio. Para algunos jeques beduinos le faltaba inteligencia y para otros le faltaba equilibrio emocional. El hecho es que, a poco de sentarse en el trono, Talal tuvo que levantarse para que lo ocupe su hijo, Hussein, quien sólo tenía 16 años y, desde entonces, reinó en Jordania durante medio siglo y lo hizo con la astucia, inteligencia y valentía que requiere gobernar en esa conflictiva región.

Igual que aquellos jeques beduinos, habrá muchos en Westminster y en la clase dirigente británica pensando que lo mejor para el Reino Unido es que el cetro que recibió Carlos III pase lo antes posible al nuevo Príncipe de Gales: William Arthur Philip Louis. Pensarán también que a la atracción que la corona británica genera en el mundo y la reina Isabel II lograba con creces (prueba de lo cual es el fenómeno hasta turístico que provocó su funeral), le aportaría más la radiante y glamorosa Kate Middleton que la actual reina consorte.La opacidad de los nuevos reyes contrasta con el brillo de los nuevos príncipes de Gales. Ocurre que las monarquías europeas tienen hoy obligaciones que antes no tenían. Ahora viven, como en un reality, bajo la mirada de sociedades que deben aprobarlas, porque los súbditos de ayer, hoy son ciudadanos. Y los ciudadanos europeos exigen de esa institución anacrónica y genéticamente desigualitaria, conductas y actitudes irreprochables.

Los reyes ya no pueden darse el lujo de exhibir desdenes, frivolidades y caprichos aristocráticos. Si bien no corren riesgo de que les ocurra como a Carlos I en 1649, cuando fue derribado y decapitado por intentar poderes absolutos como los luises de Francia, de no obtener el respeto mayoritario en la sociedad serán blanco de presiones para que abdiquen.
Juan Carlos de Borbón fue apreciado por la mayoría de los españoles, pero cuando la decrepitud mostró debilidades inaceptables, la presión le hizo pasar la corona a su primogénito, que contaba con una buena imagen.

Igual que Felipe VI, el nuevo príncipe de Gales muestra una imagen de equilibrio y capacidad. Irradia confianza en poder cumplir el rol estabilizador de la institucionalidad y la gobernanza que la democracia requiere de los monarcas. Además, Guillermo es el hijo de la “princesa triste” que había cautivado a los británicos, mientras que su padre, el nuevo rey, era quien la entristecía con su indiferencia.

La reina con halo de abuela querible ya no recorre los valles y colinas de Balmoral en su Land Rover, ni reposa en los aposentos de Buckingham. En su lugar están quienes habían sido “los malos de la película” en el melodrama que protagonizó Diana Spencer. Los británicos estaban embelesados con Lady Di. Ese embelesamiento se transformó en rencor hacia Carlos y su amante, Camila Parker Bowles, cuando Diana se hundió en una tristeza visible por el desamor y el destrato de su frío y distante marido.

Los “villanos” del drama en el que la bella sufriente moría escapando de paparazis en París, son quienes se convirtieron en reyes por la muerte de la reina. Eso da un toque sombrío al reinado que comenzó en los funerales de Isabel. Acrecientan esa sombra las dudas que existen sobre si el nuevo monarca posee la abnegación y el equilibrio psicológico y emocional que caracterizaron a su abuelo Jorge VI y a su recién fallecida madre.

Por un lado está lo actuado en los últimos años a favor de la lucha contra el cambio climático; rol positivo que mostró un perfil de estadista que Carlos nunca había exhibido. Pero por otro lado están los relatos de sirvientes que tenían que padecer sus insoportables caprichos aristocráticos, describiendo lo que parecen síntomas de un Trastorno Obsesivo Compulsivo (TOC) con rasgos de supremacismo social. Taras antipáticas que se percibieron también en su desaprensivo trato hacia la madre de sus hijos.

En las monarquías parlamentarias, los reyes deben poseer una conducta, un carisma y una personalidad en las cuales la sociedad quiera verse reflejada. Se trata de una identificación que puede ser superflua, incluso errónea, pero sin ella la sociedad se limita a soportar a los monarcas y éstos pierden capacidad de cumplir la función de estabilizador institucional.
Otro rol de los reyes en democracias es lucir bien en la “marca país”, fortaleciéndola y haciendo más atractiva en el mundo la imagen del Estado y la nación que representan.

La dirigencia británica no tardará en dimensionar cuanto más atractiva resulta la imagen del príncipe y la princesa de Gales, que la del rey y la reina consorte. Guillermo es el hijo de la princesa que había embelesado a los británicos. Carlos y Camila son la causa de la tristeza que aquella bella mujer mostraba como una lágrima incontenible. El príncipe es el heredero del afecto popular que trastocó en antipatía hacia el hombre y la mujer que ahora reinan.

No falta mucho para que el nacionalismo escocés quiera dejar de tener como jefe de Estado al rey inglés. Con la reina que amaba pasar tiempo en la escocesa Balmoral, parecían dispuestos a mantener la corona como símbolo de su estado, aún saliéndose del Reino Unido. Pero no mantendrán esa disposición con Carlos III, cuya opacidad también acrecentará el republicanismo en los países de la Commonwealth. Quizá tres o cuatro años de Carlos III sea suficiente para cuidar las formas en el orden sucesorio. Si la corona británica tarda demasiado en pasar del rey opaco al príncipe que brilla, esa monarquía podría resultar “un déficit democrático que se sufre por herencia”, como dice Joaquín Sabina.l

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Claudio Fantini

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