Monday 17 de June, 2024

MUNDO | 24-10-2023 07:04

Enemigos íntimos

El mejor escenario pos-conflicto sería uno en el que ya no exista Hamás y empiece la cuenta regresiva para el gobierno más extremista que ha tenido Israel.

Los Acuerdos de Paz que fueron negociados secretamente en Oslo, siempre tuvieron dos enemigos. Señalar a esos enemigos no es equiparar, sino describir. El histórico entendimiento entre el gobierno israelí que lideraba Yitzhak Rabin y el líder de la OLP, Yasser Arafat, fue una de las excepcionales bocanadas de esperanza que ha tenido el mundo.

Los acuerdos negociados en la capital noruega implementaban la resolución de Naciones Unidas de 1947, dando lugar a la creación del Estado palestino que debió nacer, junto con Israel, en 1948, pero no pudo porque los países árabes no aceptaron la decisión de la ONU.

Aquel año sólo nació un Estado y comenzó la “Nakba”, tragedia de los palestinos que fueron desplazados de sus hogares ni bien acabó la primera guerra árabe-israelí, que había estallado cuando el eco de la voz de Ben Gurión aún retumbaba en el Teatro de la Ópera de Tel Aviv, donde proclamó la fundación de Israel.

Los enemigos del proceso por el cual la OLP y su líder, Yasser Arafat, regresaron a territorio palestino después de un largo exilio, primero en Beirut y después en Túnez, son la organización ultra-islamista Hamas, del lado palestino, y Benjamín  Netanyahu y los partidos ultra-religiosos hebreos del lado israelí.

El útero de Hamás fue una entidad religiosa de socorros mutuos (una suerte de versión musulmana de Cáritas) cuyo creador, el jeque Ahmed Yassin, era un discípulo del egipcio Hasan al Banna, fundador de la matriz de todas las organizaciones fundamentalistas árabes: la Hermandad Musulmana.

En 1987, durante la Intifada (levantamiento de jóvenes palestinos que apedreaban al ejército israelí), Ahmed Yassin convirtió esa organización caritativa en un aparato político-militar: Hamás.

Desde un principio, Hamás y su brazo armado, Ezzedim al Kassem, plantearon dos enemigos: el Estado judío, al que se propusieron destruir, y la OLP y Al Fatah (partido de Arafat), porque eran seculares y abogaban por un Estado árabe laico, siguiendo el ideario nasserista que había dominado la era post-colonial.

Cuando se anunció al mundo el acuerdo negociado secretamente en Oslo, Hamás se convirtió en un acérrimo enemigo abocado a destruirlo porque implicaba la existencia conjunta de los dos enemigos a los que, por separado, les había declarado la guerra en  1897: el Estado judío y un Estado palestino pero no islamista, o sea religioso, sino laico.

En el 2007, tras ganar una elección legislativa el año anterior, Hamás tomó el poder total en Gaza, expulsando a los funcionarios de la ANP y a la dirigencia gazatí de Al Fatah, muchos de los cuales fueron acribillados y otros arrojados de los edificios ante la mirada del pueblo.

Los habitantes de la Franja de Gaza se convirtieron en una población rehén de un régimen criminal y ruinoso, que destruía la economía y el empleo, mientras impedía la existencia de libertades mínimas y de información independiente y veraz. Los palestinos de la Franja de Gaza quedaron a mereced de una organización de lunáticos yihadistas.

No se enteran de lo que ocurre fuera de ese espacio mínimo que habitan, sino de lo que Hamás les dice que ocurre. Cuando caen los misiles de Israel, sólo acceden a la versión de Hamás sobre el ataque que los masacra y destruye sus hogares. Y el grueso de ellos, a los pocos alimentos y medicamentos que reciben, se los da Hamás, que reparte migajas de la suculenta financiación que recibe de Qatar, de Irán y de millonarios antisemitas árabes.

Ese pueblo nada puede hacer contra el jihadismo sanguinario que lo somete y cuyos verdaderos misiles no son los rudimentarios cohetes Qassam, ni los Katiusha, ni los más potentes y de mayor alcance que en los últimos años les envía Irán. Los verdaderos misiles de Hamás son los palestinos masacrados en cada represalia israelí.
Sus ataques son el paso táctico, mientras que el objetivo estratégico es la respuesta israelí, porque Hamás libra su batalla de largo plazo en la dimensión de la opinión pública árabe y mundial.

Netanyahu pierde todas las batallas en esa dimensión. El líder ultraconservador y sus  socios del fundamentalismo hebraico, son funcionales a Hamás y viceversa. Ambos quieren destruir a sus respectivos espacios seculares y centristas, así como también a la negociación de paz que debe desembocar en el nacimiento de un Estado palestino dentro de un territorio viable.

Netanyahu es el enemigo israelí de ese proceso de paz. Vociferaba su acusación de “traidor” a Yitzhak Rabín, hasta que un fanático religioso llamado Yigal Amil asesinó al primer ministro que buscó la paz. Y cuando llegó al poder, Netanyahu congeló la negociación y comenzó a destruirla multiplicando asentamientos de colonos para convertir a Cisjordania en un territorio inviable para la existencia de un Estado palestino.

También ninguneó y humilló de todos los modos posibles a la ANP y su presidente, Mahmud Abbas. Y desde que se asoció con los partidos extremistas para atrincherarse en el poder y no acabar preso por corrupción, empezó a romper los acuerdo en la faz religiosa, por ejemplo permitiendo que los judíos recen en la explanada de la mezquita pero manteniendo la prohibición de que los musulmanes recen en el Muro de Los Lamentos.

El gobierno más extremista de la historia de Israel llevaba largos y convulsionados meses de deriva autoritaria, enfrentando masivas protestas contra su intento de destruir la democracia israelí para erigir un Estado religioso. Pero antes de eso, estaba claro que Netanyahu es el peor enemigo del proceso de paz del lado israelí, como Hamás lo es del lado palestino.

Por eso, el mejor de los escenarios pos-conflicto, ese que la República islámica de Irán quiere evitar incendiando Medio Oriente, es uno en el que ya no exista Hamás y en el que el gobierno extremista de Netanyahu sea reemplazado por un gobierno centrista, que salve la democracia secular y reviva el proceso de paz con los palestinos. l
 

Galería de imágenes

En esta Nota

Claudio Fantini

Claudio Fantini

Comentarios