Sunday 1 de March, 2026

MUNDO | Hoy 17:50

Super-poderes amenazados

Lo que muestra el fallo de la Corte Suprema contra los aranceles de Trump y lo que implica el derrumbe sin fin del hermano de Carlos III.

En sus manos, los aranceles son como el martillo de Thor, el arma que hacía invencible al dios del trueno en la mitología nórdica.

Con ese instrumento, Donald Trump no sólo recauda a manos llenas. También impone su dictat en el mundo, castigando a quienes quiere disciplinar o amenazando al país que lo desafíe con ese muro que dificulta exportar a los Estados Unidos.

Por eso la resolución de la Corte Suprema contra los aranceles hizo que Trump se sintiera como Thor si le quitan Mjölnir, que significa demoledor y es el nombre del arma mítica con que el hijo de Odín defendía Asgard del asedio de los gigantes.

Lo tomó por sorpresa porque desde que desbalanceó la Corte con los nombramientos de Neil Gorsuch, Brett Kavanaugh y Amy Coney Barrett escorando el alto tribunal hacia el conservadurismo duro, bailaba con descarada tranquilidad en los bordeas de la Constitución. Los magistrados derechistas miraban hacia otro lado cada vez que el presidente cometía un estropicio, como el racismo explícito de difundir un video con Obama y su esposa con cuerpos de monos.

Con Trump, la corriente “originalista” sacó de la Corte al “constitucionalismo vivo”, que dominó desde las décadas del ’60 y’70, bajo la conducción de jueces progresistas como Earl Warren.

La Corte de Trump derribó la jurisprudencia que había consagrado derechos civiles y sociales, el derecho de las mujeres a la anti concepción y al aborto, la discriminación positiva etcétera, pero ahora intenta derribar el muro de aranceles con que el presidente protege su poder desmesurado.

Quizá, este límite institucional que impuso la cúpula Judicial tenga que ver con la detención durante doce horas de Andrés Mountbatten Windsor. Si al hermano del rey británico le “pintaron los dedos” por las revelaciones de vínculos con Jeffrey Epstein que van más allá del sexo con menores, cómo se explica que la destructiva onda expansiva de ese caso a Trump ni siquiera le haya despeinado el jopo amarillo.

Pareció el último acto de humillación, pero es posible que aún queden varios por delante. Que el ex príncipe haya sido detenido por la policía británica es algo que jamás habrá imaginado el hijo preferido de la reina Isabel.

En rigor, no debe haber imaginado nunca nada de lo que ha vivido desde que comenzó su derrumbe. Ni que la madre que lo mimaba le quitaría sus rangos militares, ni tener que renunciar al título de Duque de York, ni que su hermano lo expulsara de la Casa Real. Pero menos aún habrá imaginado que la policía lo encerraría tantas horas mientras iniciaba los trámites para una investigación sobre presuntos delitos de Estado.

Por cierto, la historia de las islas está plagada de príncipes y reyes encarcelados y ejecutados. Algunos fueron casos resonantes, como la ejecución de Ana Bolena, segunda esposa de Enrique VIII que fue encarcelada y decapitada porque su marido la acusó de incesto y adulterio.

El único gesto de piedad que tuvo ese rey del siglo XVI fue llevar de Francia un experto decapitador con espada, porque el corte con hacha que se hacía en Inglaterra no siempre separaba la cabeza del cuerpo en el primer golpe.

María Estuardo, la última reina de Escocia, pasó décadas en prisión por orden de su prima, Isabel I, a quien le había pedido protección. Y terminó ejecutada.

En el siglo siguiente fue encarcelado y ejecutado Carlos I en el marco de la Guerra Civil inglesa.

Hubo muchos otros casos pero, desde el siglo 19 hacia atrás, fueron tiempos salvajes en los que las pulseadas entre realezas, las traiciones y las intrigas palaciegas derribaban y encarcelaban príncipes y reyes.

Incluso el cadáver del Lord Protector de Inglaterra, Escocia e Irlanda, Oliver Cromwell, fue desenterrado por orden del recién coronado Carlos II, para juzgarlo y hacerlo decapitar, simbolizando con ese acto macabro la restauración de la monarquía.

La lista es larguísima, pero como aquellos actos eran ordenados por reyes vengadores no atenúan el nivel de humillación del ex príncipe Andrés, porque él no es víctima de una intriga palaciega. Es la justicia independiente de una monarquía parlamentaria la que lo arrastra hacia el banquillo de los acusados.

El vía crucis que vive aún tiene muchas estaciones por delante. La primera fue la pérdida de sus rangos militares en el 2022. Tres años más tarde, las nuevas revelaciones lo hicieron renunciar al título de Duque York, pero no alcanzó y, antes de concluir el 2025, su hermano le quitó todos los títulos y lo expulsó de la Casa Real.

Faltaba que le “pinten los dedos” y eso es lo que ahora ocurrió, porque las últimas revelaciones del caso Epstein dejan ver que Andrés no sólo era cliente del negocio pedófilo de su amigo sino que además colaboraba con él, proveyéndole información que manejaba desde el cargo que le había dado su madre: representante del comercio exterior del Reino Unido. Datos que para un lobo de Wall Street como Epstein eran de gran valor para jugar con ventaja en los negocios bursátiles.

La caída sin fin del ex príncipe es una muestra de la gravedad del caso Epstein y sus lógicas consecuencias. La pregunta que a esta altura crece tanto como el sísmico escándalo, es por qué genera tembladerales en Europa y derriba un príncipe británico, mientras en Estados Unidos no pasa nada.

La onda expansiva del caso llega a la otra costa del Atlántico con potencia ciclónica, pero en el escenario del crimen todavía no hay detenidos, ni renunciados, ni destituidos.

Una pregunta aún más específica: ¿puede la cercanía del ex príncipe con Epstein y sus frecuentes visitas a “la Isla de la fantasía sexual” que el magnate tenía en el Caribe, haber sido más grave que los quince años de estrechísima relación amistosa, siendo además habitué de sus fiestas con adolescentes, que tuvo Trump con el millonario pedófilo?

Si el hermano del rey británico lleva años en caída libre por los delitos que implicaron su relación con Jeffrey Epstein ¿Trump va a salir indemne de un vínculo con igual o más profundidad?

Quizá el fallo contra sus aranceles, que son el arma de su economía y de su influencia en el mundo, sea una señal de debilidad. Y que si esa incipiente debilidad sigue creciendo el mundo vea a Trump derrumbarse, como se hubiera derrumbado el dios del trueno enfrentando a los gigantes que asediaban Asgard sin su mítico martillo.

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Claudio Fantini

Claudio Fantini

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