Teatro / 6 de Diciembre de 2011

Teatro

En clave de comedia

“Embarazados. Ecografía de una espera” de Juan Ignacio Bruzzo. Con Florencia Otero y Eliseo Barrionuevo. Dirección: Juan Álvarez Prado. Teatro Sha, Sarmiento 2255.

Por

talento joven. Eliseo Barrionuevo y Florencia Otero, dúctiles y potentes: un espectáculo para disfrutar.

Basta escuchar la voz de Melania Lenoir como el bebé que da sustento a la trama, para asociarla a esa famosa película, “Mira quién habla”, donde Bruce Willis prestaba la suya a la del futuro infante. También viene el recuerdo de la excelente “Juno”, sobre adolescentes enfrentados a ser padres. Sin embargo, los autores de la idea y el libro de esta propuesta de teatro musical, toman distancia de aquellas comparaciones fílmicas y optan por algo menos conflictivo a la hora de hablar de un embarazo inesperado.
El muy ligero argumento presenta a dos jóvenes novios que reciben la noticia con lógica ansiedad, pero sin temores. Ni sociales ni económicos ni morales. A estos chicos porteños, al parecer de clase media tirando a alta, lo único que no les permite disfrutar las denominadas “nueve lunas” son sus personalidades contrapuestas. Ella, decidida a ordenar su existencia en función de ese hijo, a diferencia de él, incapaz de salir de su perpétuo desorden.

En un espacio muy ingrato, los verdaderos pilares del espectáculo están en las actuaciones y la música original. Tanto Florencia Otero (“Rent”, “Noche de reyes”) y Eliseo Barrionuevo (“Despertar de Primavera”, “Judy…”) ya demostraron que sus recursos interpretativos abarcan un amplio registro. Dotados de carisma, juventud, atractivo y potentes voces, la versatilidad actoral de ambos vuelve a exhibirse hasta con algún hallazgo. Por ejemplo, Otero, habituada a roles sufridos y vulnerables, es capaz de adquirir la carnadura de una fiera al pronunciar, maravillosamente, un irónico monólogo al estilo stand-up sobre las complicaciones femeninas en los últimos meses del embarazo. En tanto Barrionuevo, cuando deja de lado la constante picardía verbal del personaje y permite que se asome la ternura y la vulnerabilidad, incluso que se ría de sus propios tropiezos, logra conmover de manera genuina.

Finalmente, la evidente formación clásica del pianista Hernán Matorra, también integrante de la pequeña banda en vivo, le permite elaborar una bellísima partitura donde las cuerdas y la batería se complementan en una paleta sonora que adquiere el peso y valor de toda una orquesta entera. Es que antes que la estridencia o los golpes de efecto, y bien alejado de los artificiales sonidos electrónicos, Matorra opta por teñir su composición de la sutileza y el refinamiento acústico, más cercano a lo lírico-sinfónico que al pop.
Cuando la tendencia imperante en los últimos títulos vernáculos del género es adentrarse en temáticas grandilocuentes, con numerosos elencos, en los extremos de cuerdas sin matices, decididamente dramáticos, grotescos o cómicos, se agradece la sencillez y honestidad de este pequeño musical de cámara. Particularmente, porque logra lo que se propone, entretener sin pretensiones. Nada más, ni nada menos.

 

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