Libros / 2 de marzo de 2012

Libros

Contando y armando biografías

“Cómo se escribe una vida”, de Michael Holroyd. La bestia equilátera, 311 págs. $ 93.

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Dedicado básicamente al arte y el oficio de la biografía, el inglés Michael Holroyd colocó dos trabajos monumentales e imperecederos: la biografía en dos tomos de Lytton Strachey (él mismo un renovador histórico del género) y la de Bernard Shaw en cuatro. Esta excelente recopilación de artículos y prólogos muestra que la biografía es su pasión, su hobby, y hasta su penuria. No solo por el extenso proceso de elaborar la biografía de Strachey sin ocultar ninguno de sus aspectos sexuales, decisión que abarcó al fin a la totalidad del Círculo de Bloomsbury. Sino también porque hay en él algo del escritor que no comprende sus propios motivos, que lo acicatean una y otra vez.
Hijo de padres divorciados que peleaban desde que tenía uso de memoria (incluso sobre su propia fecha de nacimiento), despierto y agudo, él mismo es muy consciente de los vínculos entre no-ficción y ficción, entre historia y literatura. Repite, además, algunas distinciones fáciles, tajantes: los biógrafos ingleses son amateurs bastante encantadores, los americanos académicos bastante fríos. Aunque la biografía de Stracey pudo terminarla con dos oportunas becas en la época.

Como biógrafo estrella que es, Holroyd tiene ideas muy claras sobre el género. A tal punto que se anima incluso a hacer de abogado del diablo de la biografía. En la primera parte general de “biografías y biógrafos” demuestra su pericia para las citas. Para un biógrafo, por ejemplo, “mientras hay muerte hay esperanza”. Se muestra muy opuesto al supuesto velo de silencio y respeto total que tendría que caer sobre los muertos. Los trata en cambio de “nuestros amigos los muertos”.

Como se dedicó a vidas que necesitaban ser escritas, y como en cada uno de esos casos conoció autores, libros y climas intelectuales muy diversos, leer “Cómo se escribe una vida” es un festival no solo de chismes y opiniones, sino también de nombres de la literatura inglesa del todo desconocidos en castellano.
En ese sentido, la primera parte de “Descatalogados” es un ensayo minucioso y ejemplar sobre el modo en que las decisiones y costumbres editoriales condenan a muchos nombres valiosos al olvido. La segunda, emprende por enésima vez el rescate de Hugh Kingsmill. El prólogo doble a la biografía de Strachey (el texto más extenso del libro) rinde como una novela compleja y magistral, un auténtico “thirller” sociocultural.

 

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