Teatro / 20 de Abril de 2012

teatro

Relatos del amor burgués

“La mujer justa”, de Sándor Márai. Con Graciela Dufau,
Arturo Bonín, Andrea Bonelli y elenco. Dirección: Hugo Urquijo.
En el C.C. de la Cooperación, Corrientes 1543.

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Sobre la bella novela del mismo nombre de Sándor Márai, Graciela Dufau y Hugo Urquijo hicieron una adaptación teatral que enfatiza el amor por encima de todo; más atrás, como telón de fondo, aparecen los otros matices que le dan su forma al destino, observan las circunstancias, registran las heridas de las tragedias personales. Detrás de una suerte de velo translúcido como la memoria, los tres personajes, Marika (Graciela Dufau), Peter (Arturo Bonín) y Judit (Andrea Bonelli) anuncian que van a narrar una historia de desencuentros.
Marika está casada con Peter y su discurso gira básicamente en torno de su amor por él, quien a su vez no la ama lo suficiente. Marika habla de su amor como si fuera una virtud en sí misma, y padece la distancia de él como si se tratara de una traición. Antes que el amor, Peter parece más preocupado por su posición social, que menciona con frecuencia: es un hombre rico, de “clase alta” como él mismo dice, un burgués, pero por algún motivo tiende a vincularse con mujeres de condición inferior. Marika ha educado su origen sencillo y cumple con todos los requisitos de una gran dama, pero sabe que él sabe que no es lo mismo, supone que por eso no la ama y ahí aparece el rencor. Peter cree que su problema con Marika es que “no supo dejarse querer”, pero lo cierto es que él ama desde siempre a Judit, la joven empleada de la casa de su madre. La ama con esa clase de amor patriarcal que incluye la propiedad de él, y la redención de ella. Judit, en cambio, relata su propia historia sin pretender siquiera meter el amor en el medio. El de ella es un relato de poder, que su propia avidez le impide disfrutar.
Hugo Urquijo es Lazar, el arrogante y algo perverso amigo de Peter, y Pochi Ducasse es la madre de Peter: ella sabe, como Judit, que el afortunado es el que ama.
El único rayo de suspenso que tiene la obra –una cinta de terciopelo violeta que Marika encuentra escondida dentro de la billetera de Peter– entra acá en el registro algo discursivo de toda la pieza. En la sugestiva escenografía de Eugenio Zanetti solo se ve el gigantesco marco dorado de un cuadro inexistente, que transmite esplendor y también angustia. El velo translúcido que por momentos cubre la escena, como una alegoría del tiempo y la distancia, representa una irrupción muy fuerte, que merecería especial cuidado.
“La mujer justa” es una pieza muy bella sobre una novela que ve el amor todavía con la candidez de los años ‘40. La dirección de Hugo Urquijo le tiene tal vez demasiado respeto y deja que se le escape una gota de solemnidad. Es interesante el vestuario, también a cargo de Zanetti, que trabaja sobre una base intemporal, y en los vestidos de las mujeres cuenta diferentes historias solamente con un chal.

 

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