Teatro / 29 de junio de 2012

teatro

No tan marginales

“El hijo de puta del sombrero”, de Stephen Adly Guirgis. Dirección: Javier Daulte. Con Florencia Peña, Pablo Echarri y elenco. En el Paseo La Plaza, Corrientes 1660.

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El título mismo ya debería darnos un indicio del tono general de la pieza: los primeros veinte minutos, en especial, arrojan al público un baldazo verbal tan grueso y prostibulario que impacta incluso al espectador que suele disfrutar de la palabrota en escena. La versión de Fernando Masllorens y Federico González Del Pino seguramente es fiel al original, pero tal vez haya algo en el idioma castellano que golpea más fuerte con la palabra procaz, o quizás el registro constante de crispación o insulto interfieren en el interés de la obra.

Que realmente tiene interés: Mario (Pablo Echarri) es un ex dealer que sale de la cárcel en libertad condicional y vuelve a la casa de su novia Valeria (Florencia Peña) dispuesto a cambiar de vida: acaba de conseguir un trabajo. Ella toma cocaína y él está en Alcohólicos Anónimos. Aun así, no son tan marginales como el lenguaje, el vestuario y alguna gestualidad parecen enfatizar. Lo cierto es que Mario y Valeria están genuinamente felices de reencontrarse, y todo va bien hasta que él encuentra un misterioso sombrero en la repisa y se vuelve loco de ira y celos.
Mario tiene un primo incondicional, Julio (Marcelo Mazzarello), que lo apoya en momentos difíciles como este, y también cuenta con un padrino en AA, Esteban (Fernán Mirás), a quien considera mentor y amigo. Esteban recibe a Mario en su casa mientras su propia mujer (Jorgelina Aruzzi) lo maltrata y lo desprecia ante quien sea. Sin cambiar nunca ese registro de violencia ni dar respiro al lenguaje de la cloaca, se desgrana una historia de mentiras y traiciones entrelazadas con el amor verdadero, el humor y la lealtad.

Javier Daulte no da tregua a sus actores: Florencia Peña derrocha energía, gracia y talento; Pablo Echarri se aleja del galán: deja caer los hombros y arrastra el jean; Fernán Mirás, un actor excelente, se ve algo desaliñado para alguien que se supone tan eficaz como padrino y seductor. Se destacan Marcelo Mazzarello, un adicto al cuidado del cuerpo, y en especial Jorgelina Aruzzi, con un papel relativamente breve de absoluta luminosidad. Es ingeniosa la escenografía de Alicia Leloutre, donde cada escena se organiza con muebles que entran y salen sobre unos rieles mágicos. La puesta de Daulte es precisa, tensa y apasionada. El autor de la pieza es el actor, guionista y director Stephen Adly Guirgis. El caos se de-sata ante la aparición en la repisa de un sombrero ajeno. No es una gorra de béisbol ni una boina de lana: es un sombrero nomás, como si estuviéramos en 1940.