Teatro / 20 de julio de 2012

teatro

Un apellido propio

“Hija de Dios”, escrita y dirigida por Erika Halvorsen. Con Dalma Maradona y Mariano Bicain. En el SHA, Sarmiento 2233.

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Un espectáculo que gira en torno de una realidad tangible y contemporánea, sobre un asunto que, tal como el mismo nombre lo indica, forma parte de la religión nacional, produce un efecto emotivo de peculiar energía. Lejos del oportunismo o la veleidad, Dalma Maradona hace un relato divertido y al mismo tiempo desgarrado de lo que significa para una criatura haber nacido en un lugar tan expuesto, ser la hija del hombre más famoso del mundo, y tener que compartir su amor con la devoción del resto del planeta.

Está sola en el escenario, sin contar a un joven técnico (Mariano Bicain) que opera una computadora a un costado. Ella viste con sencillez, remera blanca y camisa de jean, un atuendo que destaca su juventud y subraya el estilo frontal del relato. Detrás de ella se exhibe en imágenes el mundo de Diego Armando Maradona desde el punto de vista de su hija Dalma: una composición enfática de fotos familiares, fragmentos documentales, registros periodísticos y goles inmortales, imágenes que ya están tatuadas a fuego en la memoria popular y que una vez más despiertan intacta la emoción del público. Algunos de los videos caseros, sin embargo, presentan un perfil no tan conocido de la historia: muestran el loco amor de Diego por sus hijas, más allá de los tatuajes y las constantes declaraciones públicas que ya sonaban a refrán. En una escena él lleva en brazos a una Dalma bebé, y baila con ella mejilla a mejilla una melodía popular: no pueden ser más felices. Dalma adolescente es como cualquier otra adolescente: critica a su padre con dureza y a veces lo regaña. Él admite que le temía.

Sobre un relato hilvanado con eficacia por Erika Halvorsen, quien también dirige la pieza, Dalma Maradona se instala con solvencia sobre el escenario y muestra con gracia su propia visión del mundo desde ese lugar tan exigente en que le tocó nacer. No elude los costados más difíciles de la vida de su padre; tampoco disimula su propia impaciencia, o los arranques de celos, por ejemplo en Cannes, cuando deliberadamente impidió un conato de flirt entre Maradona y Salma Hayek. El relato logra atravesar la coraza mítica del ídolo para mostrar momentos de genuina intimidad. Dalma concede todo el crédito de sus virtudes a su madre, Claudia Villafañe, quien por cierto es la reina universal del perfil bajo.

En amable batalla con el chico de la computadora, que es el fan, el público en general, esa entidad voraz que le ha robado buena parte de su padre, la joven logra recortar su apellido para un destino propio, el de actriz. En este caso una actriz que representa el papel de Dalma Maradona.

 

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