Costumbres / 23 de Noviembre de 2012

tribu urbana

Hipsters reciclados

Son un producto de Brooklyn, por eso sus hábitos encajan mal en la Argentina. Definición y objetos fetiche de esta tendencia sub 30.

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Pasan las décadas y las culturas urbanas jóvenes se reinventan buscando siempre construirse por oposición. Algunas no pasan del barrio y duran un rato, otras conquistan territorios y perduran en la memoria. Hippies, grunges, heavys, wachiturros. No es un club que extienda carnet de socio, nadie se declara abiertamente miembro y siempre es más evidente contra qué se oponen que aquello que los reúne. Está claro que las culturas urbanas son un botón de muestra de los cambios sociales y en esta época atravesada por la tecnología, las amenazas ambientales y un consumismo frenético, es lógico que hayan surgido los hipsters, una especie de hippies remixados donde el amor a la naturaleza se transfomó en alimentación orgánica y conciencia ambiental, que se resisten al consumo comprando ropa y objetos usados, a excepción de tecnología, de preferencia Apple.

Definición. “Joven desilusionado y extravagante” es la definición de hipster que da el diccionario Simon & Schuster, “músico de jazz, aficionado al jazz”. La palabra se usa desde los años 50, pero los hipsters como cultura joven surgieron en Nueva York, más precisamente en Brooklyn, hace menos de cinco años. Basta cruzar el puente Manhattan que une Chinatown con Williamsburg, para sentirse como en una escenografía con extras de una misma película. Todos son muy jóvenes –no cumplieron los 30– flacos, se desplazan sin motores, ya sea en bicileta, skates o rollers y parecen vestidos por la misma vestuarista: pelo suelto, barba, bigote y ropa que no es glam, ni deportiva, ni hip hopera, ni rockera ni de skaters. Un look que intenta no transmitir ningún look. En varios se repiten los anteojos de marco cuadrado de los 50, al estilo de los Wayfarer de Ray Ban, los auriculares de los 80 o el sombrerito modelo Fedora que usaba Indiana Jones.
En la principal calle de Williamburg, la avenida Bedford, hay varios bares de jugos, restaurantes que anuncian en la vereda que no usan freezer, peluquerías con apenas dos sillas, galerías de arte en un garage, librerías de usados y disquerías con vinilos.

Se apoyan unas contra otras decenas de bicicletas sin cambios ni accesorios, que no están atadas con candado. Así late el corazón de la cultura hipster que sigue con rigor bíblico los principios de reducir al mínimo la contaminación, la congestión, la pérdida del hábitat y la expansión urbana. La ley aquí es el kilómetro cero, que todo provenga de los alrededores, como en las aldeas medievales, porque de más lejos implica transporte y contaminación y porque, además, no es necesario.

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