Teatro / 15 de Febrero de 2013

teatro

La sed de poder

“El león en invierno” de James Goldman. Con Leonor Manso, Daniel Fanego y elenco. Dirección: Pompeyo Audivert.
Regina, Santa Fe 1235.

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Desde que el hombre tuvo conciencia de sí mismo hasta el presente, la cultura y el conocimiento adquiridos a lo largo de los siglos son un débil barniz que apenas nos separa del instinto depredador de las bestias. A cualquiera de las más excelsas virtudes, conquistas sociales y admirables creaciones pergeñadas por la raza humana, se contraponen sentimientos repudiables y acciones crueles. La codicia y la sed de poder parecen dominar el mundo, claro que camufladas de salvajes intereses económicos y diplomáticos discursos políticos.

Basta tomar cualquier fragmento de la historia universal para encontrar un ejemplo que ilustre esta perenne faceta. Como hizo el dramaturgo norteamericano James Goldman (1927- 998) en su pieza “The Lion in Winter” (El león en invierno) estrenada en Broadway en 1967, y de la cual, al año siguiente se realizó una valiosa adaptación cinematográfica con Peter O´Toole y Katharine Hepburn (obtuvo un premio Oscar por esta labor) en los roles protagónicos. Aquí se narran las circunstancias políticas del Reino de Inglaterra, a fines del siglo XII, cuando debe decidirse la sucesión del monarca.

El complejo argumento muestra al longevo Enrique II (Daniel Fanego), mientras celebra la Navidad de 1183 y ordena que su esposa, Leonor de Aquitania (Leonor Manso), salga del encierro al que la confinó diez años atrás. La cita reúne también –en el castillo de Chinon (hoy en día Francia), donde el rey vive con su amante Alix (María Alché)– a sus tres hijos: el mayor y valeroso Ricardo Corazón de León (Sergio Surraco); el manipulador Godofredo (Fabio di Tomasso); y el joven y atolondrado Juan sin Tierra (Manuel Fanego), entre quienes elegirá su heredero. Juan es el preferido de su padre y Ricardo el de su madre, quien conserva la potestad de vastos territorios propios. Al mismo tiempo, el rey Felipe II de Francia (Ignacio Rogers) visita al soberano inglés para definir el destino de su hermana Alix. Tras una serie de ambiciosas intrigas, complots y extorsiones, el francés revela a Enrique las ambiciones de sus descendientes, y este, frustrado y engañado, renegará de todos sus hijos.

El texto no disimula la influencia shakesperiana y destila diálogos y frases de admirable inteligencia, si bien el corsé de los hechos reales obliga a un tono, por momentos, didáctico. Fanego y Manso, en la cúspide de sus talentos y con voces portentosas, entregan composiciones minuciosas, plenas de matices. En cambio, dentro del elenco juvenil, la vasta experiencia y el notable oficio de Sergio Surraco se imponen con holgura al resto. A la firme dirección de Audivert cabe reprocharle cierto abuso de apagones e innecesarios movimientos de utilería en los cambios de escena.

 

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