Música / 24 de Mayo de 2013

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El arte de la experiencia

A los 89 años, Charles Aznavour volvió a pasar por nuestro país. Hizo muchos de sus clásicos en un Gran Rex colmado.

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Hace unos pocos años, en oportunidad de una de sus últimas visitas a la Argentina, al productor se le ocurrió promocionar su presencia diciendo que se trataba de su gira de despedida. Rápidamente, este genial cantante y actor parisino de origen armenio se encargó de desmentir tal cosa. Y si hacía falta corroborar estas palabras, una nueva visita a Sudamérica –en Chile el sábado, en Buenos Aires el lunes– tira por tierra cualquier especulación sobre finales y cierres de carrera.

Charles Aznavour tiene increíbles 89 años, cumplidos hace pocos días. No es, por cierto y como no podría ser posible, el mismo de sus tiempos más vitales. Sus cuerdas vocales tienen dificultades para encontrar prolijamente los sonidos más agudos y sus pulmones están en problemas a la hora de sostener las notas largas. Ese “fiato” tampoco le permite cantar plenamente y el gran artista, de figura diminuta y elegancia francesa inclaudicable, recurre a algunas frases más habladas que cantadas. Seguramente, la memoria no es la misma, y entonces prefiere ayudarse con unas pantallas tamaño televisor que lo van auxiliando en los más de veinte títulos que interpreta a lo largo del concierto. Pero, otra vez: es increíble que pueda seguir dando con el espíritu de esas canciones, que logre presentarnos con la más alta dignidad cada pieza, que afine prolijamente –salvo en los citados agudos–, que sostenga un show haciéndonos olvidar que estamos frente a una persona de su edad, que nos ponga frente a un artista que todavía conserva el entusiasmo de subirse a los aviones, hacer largas travesías, organizar y presentar conciertos y divertirse con esta profesión que ha elegido hace más de 60 años.

Para la ocasión, se acompañó con una orquesta pop clásica: piano de cola, otros dos tecladistas –a veces, con Claude Lombard tocando el acordeón–, guitarra, bajo, batería y dos cantantes/coristas, una de las cuales es su hija Katia. Se enfrentó a un público maduro que llenó el enorme Gran Rex y que pagó hasta 1.000 pesos en las mejores ubicaciones. Repasó varios de sus temas más populares –“Apaga la luz”, “Quién”, “La mamma”, “Venecia sin ti”, “Nuestra juventud”– y tuvo sus momentos culminantes, como era lógico, con piezas muy ligadas a su repertorio como “She” o “La bohème”. Para esta sección sudamericana de su gira, seleccionó muchas canciones en nuestro idioma; casi la mitad del total. Hizo un dúo con su hija, más emotivo que efectivo, para “Je voyage”. Se quejó insistentemente del sonido de retorno aunque con la elegancia de quien sabe dejar al público afuera de esas cuestiones. Habló mucho, en francés por cierto; y solo apeló al castellano –con rasgos de italiano– para decir que “A mia garganta é morta esta noche”.
Sería injusto medir un concierto de Aznavour, a esta altura de semejante historia, sencillamente por lo que ocurrió esta vez sobre el escenario. En su show están su pasado, el recuerdo de quienes lo escuchan, la vida vivida, las emociones acumuladas. Y eso juega a favor, aunque jamás se nos podría ocurrir recomendarle que dejara de pisar escenarios.

 

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