Opinión / 7 de octubre de 2014

Adicción a lo instantáneo

Entre el pasado y el presente, la velocidad de la comunicación marca la diferencia en el modo de relacionarnos y de analizar lo que nos pasa.

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Los lectores que no hayan pasado largamente los cincuenta años desconocen lo que era dentro y sobre todo fuera del país, comunicarse con familiares o amigos a la distancia. Porque las comunicaciones telefónicas, además de ser muy caras, desconocían todavía el discado internacional directo, y aún comunicarse entre Buenos Aires y nuestras provincias, que también eran llamadas de “larga distancia”, no resultaba demasiado sencillo. Quienes vivíamos en el exterior durante los comienzos de los años sesenta y mucha parte también de los setenta, se tratase de estar en Caracas, Nueva York, Madrid, París o en cualquier otra ciudad europea, para no irnos más lejos, tardábamos horas en obtener una comunicación telefónica y diez o quince días en recibir cartas. Para citar otro tipo de ejemplo: viviendo en Nueva York, yo recibía paquetes semanales de La Nación, cada ocho o diez días. Vale decir que la última edición de las siete que recibía, ya la leía con ese retraso y la primera, por lo menos quince días más tarde.

Claro está, no teníamos computadoras, no existía todavía el fax, y menos aún la magia de la internet. Ni qué hablar del actual “Skype”. Por supuesto, había teletipos, existía obviamente el telégrafo, pero se trataba de elementos utilizados para los negocios, las informaciones diplomáticas o por las agencias periodísticas. Sin embargo, lo extraordinario era que todas esas tardanzas nos parecían normales, tanto es así, que dábamos por vigente toda información que nos llegase por carta, cualquiera fuese el tema que tratase.

Vale decir que una descripción sobre circunstancias diarias o hasta una declaración de amor, formulada diez o quince días atrás, para el receptor equivalía a haber sido hechas prácticamente en el momento de leerlas.

Piense el lector de hoy, el requerimiento absoluto de instantaneidad que exigimos frente a cualquier pedido de información, haya sido hecho por teléfono, mail o aún por el sistema de mensajes que utilizamos a través de nuestros celulares. Y acepte con toda sinceridad, el enorme grado de inquietud y ansiedad que puede causarnos la falta de respuesta inmediata a la pregunta formulada o al pedido de información requerido. Claro está que ello es debido al exponencial desarrollo en estas últimas décadas de todo lo que tenga que ver con las comunicaciones. Y esto que es absolutamente positivo, teniendo en cuenta todo lo que facilita, sin perjuicio de que comunicarse más rápido no implica necesariamente comunicarse mejor, trae también aparejado algo bastante negativo, de lo cual no es culpable la tecnología en sí, sino quienes la utilizamos, por el grado excesivo de intranquilidad y exigencia que puede llegar a crearnos, hasta hacernos vivir pendientes de la menor señal de nuestros celulares, tabletas o computadoras, desatendiendo muchas veces por ello –hasta de manera poco cortés– conversaciones personales.

Y  cómo no reconocer, incluso, la disminución de encuentros cara a cara, reemplazados por largas conversaciones telefónicas, extensos mails o infinidad de mensajes de texto. Para no tratar en esta oportunidad, algo bastante lamentable, que es la superficialidad que ciertas facilidades tecnológicas han impuesto al tratamiento de las noticias en cierto periodismo.

Al respecto, el maestro que fue el gran escritor Gabriel García Márquez, cuando aludiendo a la rapidez con que se recibían las noticias de lo que pasaba en el país o en el mundo, se priorizaba una carrera contra el tiempo. Y que por ello, ya no tenían los periodistas lugar para analizar las noticias con profundidad, en perspectiva, y en todos sus significados, a no ser que lo que pasase fuese de extrema gravedad. De otro modo, lo importante, ahora, era ganar dando la noticia primero. Y eso también tiene que ver con nuestra adicción a la instantaneidad.

*Periodista, escritor y diplomático

 

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