Mundo / 31 de Enero de 2015

En busca de culpables

Gobiernos que apuestan a la “grieta”, versus liderazgos polémicos pero eficientes. Bolivia, Venezuela y el curioso caso Barack Obama.

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El Ayatola Jomeini hizo fabricar en Taiwán millones de llaves para que los soldados iraníes que marchaban a la guerra las llevaran colgadas en el cuello. Eran las llaves para entrar al cielo si morían en el campo de batalla. Y fueron el arma más poderosa de esos soldados mal armados, para enfrentar a un ejército mucho mejor pertrechado. Que a Irak le haya costado ocho años y cientos de miles de muertos alcanzar apenas un empate militar muestra la utilidad de las convicciones absolutas como arma de guerra. Lo mismo pasa con las guerras políticas.
Los liderazgos que conciben la democracia como un conflicto en el que la confrontación no da lugar a la búsqueda de consensos, adoctrinan en convicciones absolutas. Por eso se arman, inexorablemente, de usinas intelectuales y aparatos de propaganda. Consideran que cada cuestión es una batalla y cada espacio institucional un bastión a conquistar.
Embestida y copamiento se justifican en la medida en todo lo que no está en el proyecto, es enemigo del proyecto. Y todo lo que falla, fracasa o no sirve, es causado por ese enemigo.
Así lo plantearon todos los totalitarismos y lo explicó Goebbels con puntos y comas. El ideólogo y jefe de la propaganda nazi escribió sobre la necesidad de repetir hasta convencer que todo lo malo que ocurre es producido por “el enemigo”; jamás por culpas, errores o fracasos del liderazgo.
Las bases y en particular la militancia, deben tener una convicción absoluta sobre la culpa del enemigo y la inocencia virtuosa del liderazgo propio. Es por eso que, si esas bases y militancias de gobiernos latinoamericanos de izquierdas y autoproclamados “progresistas”, leyeran a Joseph Goebbels, empezarían a dudar de lo que llevan años repitiendo sin dudar ni sospechar que se trata de consignas producidas por aparatos de propaganda.
Lo único que orada las estructuras del poder que se basan en la propaganda y el copamiento de las instituciones, es el desquicio provocado por la inoperancia gubernamental y la acumulación de contradicciones.
En Sudamérica, ese desgaste se está viendo en algunos exponentes del populismo de matriz autoritaria, como Venezuela y Argentina, acosados por ineptitudes y negligencias; pero no en otros, como Bolivia y Ecuador, cuyos gobiernos han mostrado más inteligencia, seriedad y preparación para consolidar éxitos económicos y sociales.

Mientras busca desesperadamente que China o quien sea rescate a Venezuela del quebranto, Nicolás Maduro culpa al “enemigo del pueblo” de todas las penurias por las que atraviesa el país. La escasez de productos, la inflación estratosférica, las devaluaciones abruptas y otras plagas son producidos por la “guerra económica” que la derecha, la oligarquía y el imperialismo lanzaron contra la revolución chavista, con el objetivo de restaurar el “ancien régim”.
También en Argentina el modelo da muestras de no poder avanzar sin viento de cola, mientras se acumulan estropicios institucionales que alcanzan niveles dramáticos, causados por corrupciones, ineptitudes y negligencias. Pero, como recomendó Goebbels, absolutamente todo es atribuido al “enemigo” del gobierno “nacional y popular”. Posiblemente, el cúmulo de problemas y el dramatismo de algunos, estén reduciendo la franja de dispuestos a repetir como un padrenuestro las lecturas lucubradas en usinas de propaganda. Pero además de la multiplicidad de crisis, también la comparación con otras realidades puede socavar las convicciones absolutas que se instalan a fuerza de ideologismos.
En la vereda del chavismo hay casos como el nicaragüense, que al empezar a perder la beca petrolera y económica que recibe de Caracas, busca desesperadamente una salida china, entregando a la potencia asiática la construcción de un canal interoceánico contra la voluntad de multitudes campesinas que quedan en grave riesgo de perderlo todo. Pero también hay casos de gran autonomía económica, en virtud de muy buenas administraciones.
Bolivia, por ejemplo, está cosechando los frutos de una década de manejo inteligente y serio de la economía. Ningún gobierno anterior ha sido tan exitoso en materia económica y social como el de Evo Morales. El presidente boliviano mantuvo desde el primer día de su primer gestión al capacitado y eficaz Luis Alberto Arce como ministro de Economía. Bolivia creció como nunca antes, sin que la inflación devorara el creciente poder adquisitivo de las masas y sin descuidar los imprescindibles superávits, para que el crecimiento se base fundamentalmente en la inversión y no solo en el consumo.
El trío formado por Morales, García Linera y Arce manejó con tanta inteligencia y acierto la economía, que ni siquiera la nacionalización de los hidrocarburos hizo que se fueran las empresas extranjeras de ese sector.

También Rafael Correa maneja bien la economía. Por eso Ecuador ha tenido crecimiento con modernización. Y mostrando que su mirada tiene profundidad y una inteligencia sin obstrucciones ideológicas, impulsa una reforma educativa que apunta a dar a los colegios y universidades niveles de excelencia, para crear en el pequeño país sudamericano una sociedad de conocimiento.
Los presidentes de Ecuador y Bolivia tienen en común con sus colegas chavistas de mayor y menor intensidad, un perfil autoritario en la relación con la prensa, con la crítica sectorial y con la oposición, pero claramente han tenido más inteligencia y menos ineptitudes, por lo que sus bases de sustentación política no han necesitado las sobredosis de propaganda que usan esos vecinos abocados a que otros carguen con la culpa de sus errores y fracasos.
Esos liderazgos acosados en sus respectivas derivas, llevan años describiendo a Barak Obama como un pusilánime que se dejó arrastrar por “la derecha”, por no tener la claridad ideológica necesaria para poner la política por sobre los intereses de las grandes corporaciones.
Obama es, para esa prédica, la piel negra y el discurso progresista con que se camufló el imperialismo belicista y neoliberal. Así, la administración demócrata no puede más que fracasar. Sin embargo, en el discurso sobre el Estado de la Unión, Obama pudo describir nada menos que la vigorosa recuperación de la economía norteamericana, entre cuyos fundamentos se destaca un nuevo salto tecnológico. También pudo mostrar mejoras sociales y un plan de reformas apuntado a incrementar la equidad.
La derecha, mayoritaria en el Congreso, parecía apabullada mientras Obama explicaba que –al revés que en los populismos latinoamericanos– en Estados Unidos son los conservadores quienes apuestan a la confrontación, convierten la política en un campo de batalla y tratan a los adversarios como si fuesen siniestros enemigos de la Nación.

 

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