Mundo / 8 de agosto de 2015

De autócratas y dictadores

Ganan elecciones, pero hacen naufragar a la república. Putin, el abanderado del presente.

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Los partidarios de los autócratas de hoy, que responden a quienes los acusan de “dictadores” describiéndolos como democráticos porque llegaron por elecciones y mantienen el Parlamento y la actividad electoral, podrían evocar una antigua institución romana que confería el poder a un “dictador”, para resolver encrucijadas que hacían naufragar las instituciones de la república.
Cincinato es el mejor ejemplo de aquel recurso institucional de la antigua Roma. En el siglo V aC, debido al sitio de los ejércitos de los ecuos y volscos, por su calidad de estratega y estadista el Senado fue a buscarlo a la pequeña granja que cultivaba junto al Tíber, para pedirle que asumiera como dictador.
En el foro dictó las leyes necesarias y en el Campo de Marte organizó el ejército con el que venció a los sitiadores.
Los defensores de Vladimir Putin, por ejemplo, podrían recurrir al antiguo héroe romano para rebatir las acusaciones de dictador que recibe el presidente ruso. Al fin de cuentas, llegó al poder cuando la democracia nacía famélica bajo la conducción de Boris Yeltsin, un alcohólico con el corazón enfermo que no podía revivir la economía hundida por el comunismo soviético.
Derrotados por los mujaidines afganos en las montañas del país centroasiático y humillado en la ínfima Chechenia por el independentismo caucásico que lideraba el general Dudayev, los rusos eran una nación con el orgullo en girones y la autoestima en el subsuelo. Hasta que entró al Kremlin el ex agente del KGB y comenzó a poner a Rusia de pie.
El ejército volvió a la cordillera caucásica y recuperó Chechenia, masacrando y dejando tierra arrasada. A cada asalto terrorista lo resolvió con eficaz brutalidad, como en la recuperación del teatro Dubrovska y en el asalto a una escuela de Beslán.
Fortaleció el Estado pero permitió al capital privado el enriquecimiento ilimitado, en tanto apoyaran su gobierno. No cerró la Duma ni prohibió los partidos opositores, razón que esgrimen sus partidarios para rebatir la acusación de dictadura.
Ciertamente, Putin no es un genocida como Stalin ni encierra disidentes en el Gulag, como lo siguieron haciendo Jrushev, Brezniev, Chernenko y Andropov. En Rusia sigue habiendo comicios, pero todo está hecho para que Putin se alterne en la presidencia con Dimitri Medvedev, se fumigue la imagen pública de los disidentes desde los medios que obligó a comprar a quienes volvió multimillonarios con la obra pública, mientras los más duros denunciadores de su corrupto despotismo, siempre terminan acribillados, como Anna Politkovskaya, o envenenados como Alexandr Litvinenko.
El debate. Mirtha Legrand no usó el término adecuado ni le sobra autoridad moral para hablar de dictaduras, pero fue quien planteó esa cuestión crucial: el autoritarismo de presidentes elegidos democráticamente que gobiernan manteniendo, supuestamente, la institucionalidad de la democracia. Y el kirchnerismo le respondió como responden todos los liderazgos autoritarios con la institucionalidad convertida en fachadas de escenografía: con descalificaciones mucho más desmesuradas que la supuesta desmesura atacada.
¿Qué autoridad moral para señalar desmesuras puede tener la dirigencia que acusó, entre tantos, a Bergoglio de cómplice de torturas y genocidio?
El mismo debate se plantea en muchos rincones del planeta. La izquierda lo tiene claro, cuando el autoritarismo con camuflaje democrático es de derecha, y, la derecha, cuando el liderazgo camuflado es de izquierda.
Por ejemplo, la izquierda latinoamericana tenía claro que Fujimori era autoritario, aunque hubiera llegado a la presidencia y luego conquistado la reelección con el voto masivo de los peruanos. El fujimorismo replicaba a sus críticos diciendo que no podía ser un dictador, precisamente porque ellos podían criticarlo desde los medios de comunicación.
Pero ni la izquierda ni los liberales mordían semejante anzuelo. Y no sólo por haber clausurado el Parlamento durante un período, sino, principalmente, porque Fujimori utilizaba los servicios de inteligencia para espiar y chantajear a los adversarios, sindicalistas, empresarios y periodistas. Hasta su propia esposa, Susana Higuchi, fue espiada por el aparato de inteligencia que manejaba Vladimiro Montesinos, ni bien el matrimonio se rompió.
Además, el agrónomo que venció a celebridades como Vargas Llosa y Pérez de Cuellar, manejaba el aparato estatal como si fuera un bien patrimonial. Y el autoritarismo de este tiempo es eso.
No importa los votos que tenga y la simulación de que existe división de poderes; no hay democracia si el gobernante usa el Estado como propio, se sitúa por encima de las instituciones y utiliza el espionaje para sus objetivos políticos.
Dicho de otro modo: es absurdo pensar que no hay autoritarismo si quien gobierna no llegó al poder por un golpe militar, ni cerró los diarios, radios y canales de TV que lo critican.
Peores casos. Hoy, los dictadores no usan charreteras ni pueden abolir el sistema electoral. Pero que los hay, los hay.
Los casos más patéticos están en Asia Central, donde países como Kazajistán y Turkmenistán quedaron en manos de burócratas comunistas reciclados en autócratas ultrapersonalistas, como el kazajo Nursultán Nazarbáyev y Saparmurat Niyazov, autoproclamado “Turkmenbashí” (padre de los turkmenos). También el bielorruso Aleksandr Lukashenko es un aparatchik del PCUS, reconvertido en presidente eterno de su país eslavo. El Egipto de Nasser, Sadat y Mubarak era un simulacro de democracia en el que el Partido Nacional Democrático era un símil del PRI en los tiempos que Vargas Llosa calificó como “dictadura perfecta”.
Ni las monarquías absolutistas árabes ni los Partidos Comunistas que instauraron el capitalismo salvaje en China y Vietnam se preocuparon por levantar fachadas institucionales democráticas. Pero los actuales liderazgos que, con el apoyo de expertos formados en ideologías totalitarias, construyeron poder hiperconcentrado, con verticalismo miliciano y aparato de propaganda edificando culto personalista y fumigando la imagen pública de opositores y críticos, en lugar de defenderse de la acusación de dictadura presentándose como improbables demócratas, deberían evocar al antiguo dictador romano. Deberían señalar que las derechas, los fondos buitre y las corporaciones mediáticas de hoy son el equivalente de los ecuos y los volscos que sitiaban Roma.
Deberían, pero sería también una falacia. En definitiva, los autócratas de hoy son millonarios, megalómanos y procuran eternizarse en el poder. En cambio, el frugal Cincinato vivía en la austeridad, trabajaba la tierra con sus manos, aceptaba resignado asumir la dictadura que le reclamaba el Senado, unía a los romanos en lugar de dividirlos y, ni bien derrotaba a los sitiadores, devolvía el poder y regresaba a sembrar en las orillas del Tíber.

 

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