Opinión / 1 de octubre de 2015

Mateo 25

El rol de Francisco en la conducción del catolicismo. Vocación de diálogo, construcción interreligiosa y transformación social.

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LA HABANA. Los agasajos del gobierno cubano ante la llegada de Francisco. Su rostro embandera la ciudad.

Ni Juan Pablo II ni Ratzinger recibieron a las damas de blanco. A pesar de eso el periodismo en línea con el antiguo consenso de Washington solamente desea subrayar este no encuentro del Papa Francisco, intentando reducir el viaje  a Cuba a un respaldo al gobierno de Castro. En realidad lo que le molesta a la derecha del Partido Republicano es que el Papa mostró su capacidad de movilización en la isla caribeña y que la oposición no se reduce a los grupos publicitados por los medios de comunicación globales, sino que también es representada por aquellos que siguen y escuchan las palabras de Francisco. Quien haya estado en Cuba sabe que es inimaginable llenar la Plaza de la revolución si no hubiera una voluntad manifiesta del pueblo que ve en la actitud del Papa a un líder capaz de garantizar los cambios que se están produciendo -y que se producirán- en la isla.

También parecen querer ocultar las movilizaciones que sucedieron en Nueva York, Washington y Filadelfia, donde y como ejemplo, más de dos millones de personas asistieron a la misa en la ciudad de la libertad.

Como en su ya histórico viaje a Lampedusa, el discurso en el Capitolio remarcó, entre otras cosas, su posición en relación a los inmigrantes. Donde las superpotencias siembran bombardeos y pobreza, y reciben como un boomerang a millones de sujetos buscando tierra, techo y trabajo. Huyendo de la muerte y el hambre, dejando atrás el rocío de lo cotidiano y el sabor de lo amado. Donald Trump propone la crucificación de los pobres en un muro humillante que debería ser pagado por los pueblos sometidos.  Los pueblos no se enfrentan a  mercaderes exitosos sino a condenas  dictadas por aquellos que amasan fortuna de la mano de las mafias más temibles, como la de venta de armas, trata de blancas o narcotráfico. Así como el viaje a la isla siciliana resultó ser una clara advertencia anticipatoria a la terrible crisis actual de Europa, la visita a la isla caribeña es un símbolo de Paz en una nueva relación entre EE.UU. y el resto de Latinoamérica.

“No te olvides de los pobres” le dijo el Cardenal Hummes al todavía Bergoglio apenas recibió los dos tercios de los votos que lo convertían en Francisco en la Capilla Sixtina. La elección del nombre Francisco no fue solo homenaje. Es un programa político. Es la opción por los pobres, es el trabajo por la paz y el planeta. Los ejes centrales de su discurso surgen de la Doctrina Social de la iglesia, ahí  se encuentran las referencias a la justicia social, la dignidad humana, la ayuda a los refugiados o el cuidado de la tierra. Del “Evangelii Gaudium” a “Laudato Si”. De Medellín a Aparecida. Quizás el Papa esté conduciendo al catolicismo a una de las profundizaciones más importantes en su historia, en la línea de San Mateo en el juicio a las naciones (Mateo 25). En una decidida vocación de generar diálogos, construcciones interreligiosas y subrayando la responsabilidad de esos espacios en la transformación de la sociedad. Un movimiento internacional en defensa de los débiles e invisibles.

Parecería que un nuevo fantasma recorre el statu quo europeo y de EE. UU., el de olvidar a los desprotegidos, el de valorar lo financiero por encima de lo humano. Sus peores imágenes se develan en la TV, la muerte recorre sus playas y atraviesa sus fronteras, provengan de Siria o de Centro América. Ni la derecha gobernada por los financistas ni la izquierda que ha olvidado sus principios básicos pueden dar respuesta. La voz de Francisco parece señalar el camino que debemos seguir para un planeta con justicia social  donde una vida sea más importante que un débito bancario.

*Decano del Departamento de Artes Audiovisuales de la UNA

(Universidad Nacional de las Artes).

 

 

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