Mundo / 19 de Diciembre de 2015

Latinoamérica gira

Hay grandes diferencias entre los gobiernos de centroizquierda y los neopopulismos, que han empezado a mutar. El culto personalista.

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Así como el neopopulismo y la izquierda ideologizada amontonan todo lo distinto bajo el equívoco rótulo de “la derecha”, los conservadores y otras derechas atadas a ideologías cometen el grosero, o artero, error de amontonar todo lo que detestan en el estante del populismo.
Para estas visiones trastornadas por la fobia ideológica, el gobierno que empezó Lula y continúa Dilma Rousseff es lo mismo que el chavismo venezolano.
Otras visiones, más afiebradas aún, ponen en la misma bolsa donde están Nicolás Maduro, Cristina Kirchner, Evo Morales y Rafael Correa, a los gobiernos del Frente Amplio en Uruguay y de la centroizquierda chilena.
Las diferencias son oceánicas, al punto de que ni José Mujica ni Tabaré Vázquez ni Michelle Bachelet tienen nada que ver, en la manera de entender y aplicar la democracia y de entender y manejar la economía, con el chavismo y sus discípulos en la región.
Dejando de lado los ataques de purismo ideológico que le puedan dar a Mujica ahora que dejó de ser presidente y lo ronda la tentación de posar de izquierdista modelo mediados del siglo 20, lo cierto es que cuando gobernó no dio un solo paso fuera del pluralismo y el estado de Derecho, ni llevó la economía más allá del keynesianismo módico de Danilo Astori.
Se equivoca “el Pepe” al posar ahora de lo que no fue cuando gobernó, y se equivocan los opositores al Frente Amplio que lo describen como si hubiera practicado el sectarismo y la cultura autoritaria que practican los liderazgos inspirados en el exuberante líder caribeño Hugo Rafael Chávez Frías.
Ni Mujica ni Tabaré ni Bachelet tienen nada que ver con el modelo de populismo chavista. Tampoco Lula y Dilma Rousseff han ingresado en esa dimensión exacerbada del neopopulismo. Es un error poner entre las señales de retirada populista al juicio político que sobrevuela Brasilia.
Lo que hizo Lula y continuó Rousseff tuvo poco y nada que ver con el chavismo, ni en lo político ni en lo económico. En todo caso lo que hizo Lula y continuó, aunque de manera atemperada, su sucesora, fue apañar al gobierno venezolano en tiempos de Chávez y también en tiempos de su mediocre sucesor. Y esa política no tuvo que ver precisamente con una identificación ideológica del liderazgo petista con el neopopulismo chavista, sino con los grandes negocios que Lula le hizo hacer al empresariado brasileño en Venezuela.
A las ventajas que consiguió para los inversores brasileños las resguarda más y mejor el chavismo, liderazgo beneficiado por los suculentos sobornos que suelen acompañar a las inversiones brasileñas en tierras propias y ajenas.

Ser protector del neopopulismo también respondió al plan de Lula para blindar el liderazgo regional de Brasil. Las potencias de Occidente tuvieron en el gigante sudamericano un mediador para entenderse con Caracas.
Los gobiernos petistas cumplieron ese rol sin tener rispideces con ninguno de los demás gobiernos. Además, en materia política, el gobierno de Brasil incluye una alianza con partidos de centroderecha, como el PMDB, y la verdad es que no practicó la apropiación del Estado, la colonización de las instituciones, la financiación de una artillería mediática para denostar a opositores y críticos, ni la creación de capas sedimentarias de empleados públicos militantes para eternizarse en el poder.
Tampoco se vio en Brasil el verticalismo y el culto personalista que se ve en Venezuela, Nicaragua y Ecuador, y que tan enérgicamente practicó el kirchnerismo en Argentina.
Además, Brasil no deformó el keynesianismo hasta generar un híper-estatismo súper-regulador como el kirchnerista, el chavista y el correista. Hubo, sí, un despiste populista de Dilma sobre el final de su primer mandato y el comienzo del segundo, que está intentando corregir con un retorno a la racionalidad económica, desde que nombró ministro de Economía al pragmático Joaquín Levy.
En rigor, en materia económica no es correcto colocar a Evo Morales, Daniel Ortega y Rafael Correa en la misma vereda de Chávez y sus herederos.
El gobierno de Bolivia ha manejado con suma inteligencia la economía, logrando un envidiable nivel de inversiones nacionales y extranjeras. Más allá del discurso izquierdista y de las grandes y positivas reformas en favor de sectores eternamente postergados por la casta blanca que siempre había gobernado, desde el primer día del primer mandato de Evo, al frente del Ministerio de Economía está Luis Alberto Arce, un economista preparadísimo y pragmático que jamás descuidó los superávit y logró cataratas de inversiones, incluso en la producción de hidrocarburos después de las nacionalizaciones.
El ecuatoriano Correa, autoritario en lo político (aunque enfrentado a una casta social también autoritaria), está corrigiendo con ajustes el nivel de gasto público que la caída del precio del petróleo ya no permite financiar.

Daniel Ortega ya no gobierna Nicaragua con los ideologismos que lo llevaron al fracaso en la década del ochenta. Sigue siendo autoritario, corrupto y usa el populismo para que el Frente Sandinista se apropie del aparato estatal y colonice las instituciones, pero esta vez conduciendo la economía con un pragmatismo de buenos resultados que, como la Bolivia de Evo, también atrae a la inversión capitalista.
Sólo Nicolás Maduro hunde a su país por intentar suplir la caída de los precios internacionales del crudo con fórmulas ideológicas y autoritarismo belicoso.
Los demás miembros del bloque bolivariano no comen vidrio. Y si no respeta el veredicto de las urnas, el chavismo venezolano perderá incluso el apoyo a regañadientes con que Dilma Rousseff atenuó la protección entusiasta que le brindaba Lula.
El presidente venezolano admitió la derrota del chavismo en las urnas. Pero eso es apenas una parte. Chávez también había reconocido la derrota en el referéndum que realizó en el año 2007 para reformar la Constitución, pero no se resignó a aceptar las consecuencias de aquel resultado y, poco después, violando normas elementales, volvió a realizar la consulta y se salió con la suya.
Maduro está dando señales de que no admite las consecuencias de su tremendo fracaso electoral. Ya dijo que no permitirá una amnistía a presos políticos y esa no es una atribución que tenga su cargo. Si el presidente impide que la Asamblea Nacional ejerza las atribuciones establecidas en la Constitución bolivariana, o si diluye esos atributos antes de que el cinco de enero asuman los legisladores votados en la última elección, equivaldrá a un golpe de Estado. La modalidad será diferente a la que usó Fujimori en Perú en 1992, pero el efecto será el mismo. Y en esa instancia se verá la reacción del nuevo mapa político latinoamericano.
Hasta el momento, el gobierno chavista logró imponer, mediante una presión fuertísima, el silencio regional ante la represión y los presos políticos. Pero la impunidad de ese tipo de liderazgos parece estar entrando en su etapa crepuscular.

 

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