Opinión / 3 de enero de 2016

El destino incierto de Europa

Los habitantes del Viejo Continente tienen motivos para sentir angustia cuando miran hacia el futuro inmediato.

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Para consternación de los europeos, 2015 resultó ser otro “annus horribilis”, uno más de una serie que se inició en 2008 con el estallido de una burbuja financiera gigantesca que tendría un impacto duradero en las economías de todos los países, en especial de los menos “competitivos”. ¿Resultará ser mejor 2016? Nadie lo cree. Por el contrario, todo hace prever que sea peor, tal vez mucho peor, que los “anni horribiles” anteriores.
Los habitantes del bien llamado Viejo Continente, aquella prolongación de Eurasia que durante medio milenio dominó el mundo, tienen motivos de sobra para sentir angustia cuando miran hacia el futuro inmediato. Como pasajeros en un avión cuyo piloto sufrió un infarto en pleno vuelo y el combustible está agotándose con rapidez, se debaten entre rezar para que los salve un milagro y la tentación de rebelarse, aunque sólo fuera para manifestar su desprecio por los gobernantes locales. El triunfo de Syriza en Grecia en enero pasado y el buen desempeño de Podemos en las elecciones españolas recientes, fueron síntomas de la frustración que tantos sienten, ya que protestar contra “la austeridad”, o sea, la falta de dinero, no supone solucionar nada.

El año pasado, la Unión Europea apenas logró sobrevivir intacta a las tribulaciones económicas de Grecia, atentados terroristas tan brutales como aquellos que costó más de un centenar de vidas en París y la irrupción de un millón de personas que en su mayoría proceden del turbulento mundo musulmán. Terminó con la fragmentación del orden político español, enviando así un mensaje alarmante a los “eurócratas” instalados en Bruselas. Es que en todos los países miembros de la UE, siguen consolidándose agrupaciones antisistema que saben aprovechar el hastío que tantos sienten por un statu quo que, de todos modos, tiene los días contados aunque nadie sabe muy bien cómo será el siguiente.
En los meses próximos, la Eurozona podría romperse al resistirse los países de la franja mediterránea a seguir acatando los dictados severos de Berlín o al optar los británicos, asustados por lo que está sucediendo en el vecindario, por salir de la Unión Europea. Mientras tanto, en Francia el Frente Nacional de Marine le Pen continuará avanzando poco a poco y en Alemania, Suecia y Holanda, movimientos a su modo parecidos que están resueltos a conservar lo que todavía queda de la identidad nacional cobrarán más fuerza. Por su parte, países ex comunistas, como Polonia y Hungría, no tienen ninguna intención de someterse a Berlín por mucho que los alemanes les digan que es su deber moral permitir la entrada de decenas de miles de musulmanes. Puede entenderse, pues, que los comprometidos con el “proyecto europeo” se sientan nerviosos. Saben que reformas profundas son necesarias y que postergarlas sería peligroso, pero temen que cualquier cambio, por pequeño que fuera, provocaría el derrumbe del gran edificio que han logrado construir.
La “casa europea”, que de resultas de la caída precipitada de la tasa de natalidad que comenzó en los años setenta del siglo pasado se asemeja cada vez más a un geriátrico, se ve amenazada por una crisis económica cruel que se ha visto agravada por la llegada atropellada de contingentes nutridos de refugiados e inmigrantes que huyen de la miseria de sus países natales pero que, en muchos casos, llevan consigo las formas de pensar que los hicieron ingobernables. Al proclamar en efecto que Alemania acogería a todos los pobres de la Tierra, Angela Merkel dio un impulso adicional fuerte a una corriente migratoria que ya se había puesto en marcha. Lo hizo por motivos admirables, claro está, pero acaso le hubiera convenido pensar en lo que sucedería al procurar una marea de gente cruzar el Mediterráneo en embarcaciones precarias o caminar vaya a saber cuántos kilómetros montañosos en invierno desde Grecia hasta la frontera de Austria.
¿Está Alemania, “la locomotora de Europa”, en condiciones de absorber a los centenares de miles, tal vez más de un millón, que ya han entrado, además de los muchos que los seguirán? Son cada vez más los compatriotas de Mama Angela que lo dudan, mientras que en los demás países de Europa la mayoría mira azorada el insólito experimento demográfico que se ha propuesto la hasta hace poco mujer más poderosa del planeta.
Aunque los alemanes, los que, como los suecos que se creen aún más solidarios, están tratando de frenar el influjo que ellos mismos desencadenaron, insisten en que les corresponde a sus socios del resto de Europa ayudarlos dejando entrar a una proporción considerada justa de los recién venidos, ya se habrán dado cuenta de que las exhortaciones en tal sentido no sirven para mucho. Los inmigrantes, sean refugiados genuinos que huyen de yihadistas y de los soldados igualmente despiadados del ejército del dictador sirio Bashar al-Assad, o personas atraídas por las posibilidades económicas que vislumbran en Europa, no quieren ir ni siquiera a Francia, mientras que la idea de tener que procurar abrirse camino en Polonia, los países bálticos, Hungría, Eslovaquia o la República Checa les parece denigrante. Para ellos, los únicos lugares dignos de tomarse en serio son Alemania y Suecia, de suerte que sería una pérdida de tiempo tratar de ubicarlos, como algunos han sugerido, en zonas despobladas del norte de Escandinavia o en los países balcánicos.
La primera fase de la gran migración que está cambiando Europa de forma irremediable ha sido difícil no sólo para quienes arriesgan la vida para escapar del destino lúgubre que les esperaba en África, el Oriente Medio, Afganistán, Pakistán o Bangladesh, sino también para sus anfitriones que, luego de haberse felicitado por su propia generosidad, se sienten desbordados por los problemas concretos que siguen multiplicándose. Como no pudo ser de otra manera, intuyen que la segunda fase será decididamente más exigente que la inicial.

Los presagios son ominosos. Aun cuando los islamistas que fantasean con matar a todos los infieles, empezando con los judíos, constituyan una minoría minúscula, el uno por ciento, digamos, de un millón, ya son muchos; diez mil yihadistas aguerridos, del tipo que según los muy astutos propagandistas el Estado Islámico está esperando con impaciencia la orden para sembrar caos en las tierras de los cruzados, serían capaces de perpetrar centenares de atentados mortíferos como los que ya son rutinarios en Siria e Irak, Afganistán, Pakistán y Libia. Pocos días transcurren sin que los servicios de seguridad británicos, franceses, españoles o alemanes nos informen que acabaron de desbaratar una nueva conspiración yihadista, lo que, huelga decirlo, no tranquiliza a nadie; antes bien, ayuda a intensificar la sensación de que Europa está en vísperas de sufrir una ofensiva terrorista en gran escala.
Es por lo tanto natural que, en aquellas jurisdicciones en que es fácil hacerlo, los nativos hayan empezado a comprar armas de fuego por si acaso, aumentando de tal modo el riesgo de que haya más choques violentos. También tendrán que preocuparse los alemanes por la reacción de los contribuyentes frente a los costos crecientes para los sobrecargados servicios sociales de lo que están haciendo: según la Agencia Federal de Empleo de su país, es una ilusión suponer que la incorporación de centenares de miles de trabajadores jóvenes oriundos del Oriente Medio y África servirá para dar un nuevo impulso a la economía, ya que más del 80% de los solicitantes de asilo carecen por completo de calificaciones académicos y muchos son analfabetos.
¿Encontrarán tales personas empleos que estén a la altura de sus expectativas? Aun cuando abundaran los puestos de trabajo en Europa, lo que dista de ser el caso, muchas dependerán de por vida de subsidios. Tal y como están las cosas, lo más probable es que la mayoría se pierda pronto en los “guetos” musulmanes casi autónomos que se han formado en tantas ciudades europeas y que, además de motivar la ira de los desplazados, ya han suministrado al Estado Islámico miles de reclutas.

Los optimistas aseguran que, siempre y cuando los europeos consigan reprimir sus instintos xenófobos, se verán beneficiados por la inyección de nueva sangre. Dicen que, en vista de la negativa de los nativos a procrearse en cantidades suficientes, la única alternativa a la inmigración masiva sería el envejecimiento colectivo y, finalmente, la muerte de pueblos enteros, ya que de prolongarse las tendencias actuales, dentro de un par de generaciones los alemanes, griegos, italianos, españoles y rusos, entre otros, estarán en vías de extinción.
Desde una perspectiva demográfica, para no decir matemática, quienes formulan tales advertencias están en lo cierto, pero el bienestar de las distintas sociedades depende de algo más que la cantidad de habitantes o su edad promedio; a nadie se le ocurriría prever para los países campeones en dicha materia, como Níger y Burundi, Afganistán y Yemen, un futuro brillante merced a nada más que su fertilidad descomunal. Con todo, aunque la noción de que inmigrantes analfabetos sean necesarios porque sin ellos los sistemas jubilatorios europeos no tardarían en desplomarse es francamente absurda; el que se aferren a ella los defensores de la política de puertas abiertas refleja el temor a que el intento de reestructurar de manera tan drástica las sociedades europeas tenga consecuencias realmente catastróficas.

 

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