Cultura / 13 de febrero de 2016

Elena Ferrante, el éxito con seudónimo

Empieza a publicarse la saga “Dos amigas”, bestseller mundial de autor desconocido.

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Hay siempre algo misterioso en la aceptación de un autor en el exterior. Hay algo misterioso en la mera aceptación de César Aira por parte de Patti Smith, por ejemplo. Sobre todo porque esa aceptación desencadena una serie de reacciones en cadena incontrolables, que pasan por alto –o asimilan a su manera, cosa siempre un poco improbable– complejidades estilísticas, la traducibilidad de un imaginario cualquiera, de un horizonte histórico y cultural y sobre todo de un contexto, en términos literarios, que es imposible que sea contemplado en el exterior. Un milagro parecido tuvo lugar con la italiana Elena Ferrante. Es algo que ocurrió con pocos autores italianos (y argentinos, naturalmente): ser descubierta en los Estados Unidos.
En el mercado anglófono, todos los extranjeros son débiles. En el caso italiano, los estadounidenses suelen esparcir –cuando hace falta– cierta italianidad caricaturesca en sus novelas (allí está “Comer, rezar, amar”, de Elizabeth Gilbert, o los libros de Dan Brown ambientados en el Vaticano). Pocos italianos consiguieron meterse en el debate cultural estadounidense: Italo Calvino, Umberto Eco (en la última novela de Jeffrey Eugenides, “La trama nupcial”, Eco es mencionado en las primeras páginas); también lo consiguieron Oriana Fallaci y Roberto Calasso, y más recientemente Alessandro Baricco y Roberto Saviano. Y paren de contar.
Elena Ferrante, la misteriosa autora de quien hasta ahora se ignora su verdadera identidad, fue saludada en septiembre de 2014 por el “The New Yorker” como una “great artist”. Bastó que la prestigiosa crítica Molly Fischer dijera que había comenzado a leer “La amiga estupenda” (Lumen) y no había podido parar hasta llegar al final. Un poco antes, a comienzos de 2013, también en “The New Yorker”, otro crítico, James Wood, hablaba, a propósito de “Los días del abandono”, de “literary excitement”. En septiembre del año pasado, el actor James Franco publicó una fotografía en Instagram donde se lo ve sosteniendo un ejemplar de “My Brillant Briend”.
A James Franco –y a los lectores y críticos estadounidenses en general– los libros de Ferrante le agradan porque las tramas corren con aceitada agilidad, porque la mano narrativa es sólida, la lengua es llana; y porque en el fondo está Nápoles, con el Vesubio y el golfo, como en una postal. Se deja leer con participación emotiva, y lo que ocurre en sus novelas puede ocurrir en cualquier parte. ¿Es universal, entonces, Elena Ferrante?
Quién es. La fuerza de Ferrante reside, más que en sus libros, en su ausencia, en la distancia abismal que mantiene con todo: nadie la vio jamás, nadie la entrevistó nunca cara a cara, nadie se la cruzó en la calle por casualidad, como incluso sucedió con ese viejo eremita, J.D. Salinger, a quien un fotógrafo consiguió una vez retratar saliendo con su esposa del supermercado. No se conocen fotos de ella. Ni siquiera se sabe si se trata en realidad de una persona o de varias. Si es hombre o mujer. Si es joven, si es vieja. Aquella “muerte del autor” de la que tanto se discutía en 1968 encarnó en este nombre y apellido tan bellos que parecen falsos. El juego de los seudónimos es algo bastante común en literatura, lo complicado es mantenerlo en secreto durante más de veinte años. Lo intentaron desde Stephen King hasta Patricia Highsmith, pasando por Doris Lessing y John Banville, y la cosa no tardó mucho tiempo en descubrirse.
Naturalmente, en Italia todos aseguran saber de quién se trata. Luigi Galella, un periodista del diario turinés “La Stampa”, en enero de 2005 decía haber descubierto la identidad de Ferrante. Según él se trataba de otro novelista, Domenico Starnone. La tesis de Galella (que aún, diez años después, sigue sosteniendo) se basa en las evidentes coincidencias entre “El amor molesto”, de Ferrante, y “Via Gemito”, de Starnone, la novela con la que este autor obtuvo el prestigioso Premio Strega en 2001. Galella, con la ayuda de la Universidad La Sapienza de Roma, hizo someter a ambas novelas a un cotejo con el auxilio de un programa informático capaz de reconocer las secuencias lingüísticas de un autor. El “filólogo electrónico” confirmó que las novelas de Ferrante y de Starnone pertenecen al mismo “árbol filogenético”. El juego literario podría llamarse “¿Dónde está Elena?”. Se dan cita muchos nombres. Entre otros, el de Anita Raja, directora de la colección de la editorial E/O que publica los libros de Ferrante en Italia –¡oh casualidad!, su marido no es otro que Domenico Starnone–; el del Goffredo Fofi, consultor y traductor de la editorial E/O, además de amigo íntimo de los editores Sandro Ferri y Sandra Ozzola. También se habló de Fabrizia Ramondino y de Michele Prisco (pero Ramondino falleció en 2008 y Prisco en 2003, y Ferrante siguió escribiendo).
Premios. El año pasado el nombre de Elena Ferrante volvió a generar un pequeño escándalo en ocasión del Premio Strega. La organización del Premio es bastante compleja, pero resumiendo, hay un grupo integrado por intelectuales, escritores y artistas llamado “Amici della Domenica” (Amigos del Domingo) que proponen aquellos títulos publicados durante el año en curso que, a su juicio, son merecedores del Premio. Roberto Saviano propuso a Elena Ferrante por “La niña perdida”, publicada en 2014. Elena Ferrante le respondió escribiendo una carta abierta dirigida a Saviano y publicada en “La Repubblica”. Ferrante llegó a la final, pero quien se alzó con el premio fue Nicola Lagiogia con “La ferocia”.
El año pasado, su nombre figuró entre los posibles ganadores del Nobel de Literatura. Pero nadie se lo tomó demasiado en serio. Teniendo en cuenta que alguien o algunos pudieron tomar en serio a un escritor como Patrick Modiano, el nombre de Elena Ferrante va a seguir en carrera por el Nobel durante muchos años. Todos los años durante los cuales sea capaz de seguir viviendo, escribiendo y escondiéndose.

 

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