Economía / 29 de febrero de 2016

Acuerdo con los holdouts: los entretelones

Arde la interna de los economistas del gobierno. El nuevo modelo promueve más endeudamiento externo. El factor Obama.

Por

Alfonso Prat-Gay

En medio de una cadena de actos improvisados y decisiones impolíticas en materia económica, el gobierno de Mauricio Macri demostró ser más eficaz para cerrar los dos defaults del 2001 y 2014 y negociar su retorno a los mercados voluntarios de deuda que para contener la inflación y preservar el poder adquisitivo salarial. Su entorno de asesores revaloriza la vocación de apertura al mundo del Presidente.
Un signo del “cambio cultural” que representaría Macri, según ellos.
El ministro Alfonso Prat-Gay, que piloteó las negociaciones desde antes del 10 de diciembre, admitió que habrá que conseguir 15.000 millones de dólares para afrontar los pagos. A cambio del desembolso en efectivo, se lograron reducir las tasas de interés y los punitorios. Fue una negociación directa, clara y transparente. Sin shows mediáticos ni poses combatientes. No se discutía el capital de la deuda en default sino sólo la reducción o quita de intereses y punitorios. Fue una negociación necesaria y conveniente para un Gobierno que será, al menos por un tiempo, financieramente dependiente. No había por qué sacar rédito político de un impago y tampoco conceder tasas usurarias. Por eso, el secretario de Finanzas, Luis Caputo, aclaró que, en ningún caso, se pagaría un monto mayor al reclamo que se reconoce tanto en la sentencia original del juez Thomas Griesa como en otros fallos a favor de los “me too” (“yo también”). “Aceptar la oferta de pagar 150% en vez de 100% es una tasa del 3% anual, cuando durante ese período la tasa promedio fue del 6% –explicaron a coro Prat-Gay y Caputo–. Por lo tanto, esos acreedores cobrarán la mitad que si hubieran invertido en un mercado emergente que no estaba en default”. El ahorro de pagar en efectivo sería cercano a un 20% promedio, según los funcionarios (ver página 40 “Pagar para arrancar” por Ramiro Castiñeira).
Marcha atrás y alivio. En la reunión de gabinete del miércoles 24, Mario Quintana consideró el acuerdo como la buena noticia más esperada. No era poco. Después de las sucesivas marcha atrás del Gobierno respecto de la revisión integral del Impuesto a las Ganancias, a la normalización del Indec –donde tuvo que echar a la recientemente designada Graciela Bevacqua– y a la negociación “exitosa” de la paritaria docente que misteriosamente fracasó al día siguiente, el clima económico estuvo signado por la escalada de precios y un nuevo pico de subida del dólar.
Las expectativas de inflación y devaluación, aseguran en Hacienda, se calmarán cuando la Argentina empiece a recibir los dólares del próximo endeudamiento. O cuando se empiecen a liquidar los primeros dólares de la próxima cosecha. En el medio se desarrollarán las negociaciones paritarias que tratarán de poner en sintonía los nuevos precios con los viejos sueldos.
Lo paradójico sería que Prat-Gay –acusado por sus pares de subestimar la urgencia de un plan antiinflacionario no encarado– termine siendo el que garantiza un ajuste más gradual que el shock que piden los más ortodoxos. “Sin acuerdo con los buitres, el ajuste a encarar sería casi salvaje para la mayoría de la población”, argumentó el ministro más de una vez en los últimos 15 días. La interna de los economistas oficialistas, por supuesto, arde más que nunca. Algunos de sus técnicos incluso han calculado que este año el déficit de cuenta corriente trepará hasta los 20.000 millones de dólares y que no hay otra fuente para cubrir ese descomunal rojo que el ingreso de un fuerte financiamiento de capitales financieros del exterior (¿25.000 millones de dólares?). Ese es el modelo en marcha, reconocen varios economistas oficialistas que, en el fondo, tampoco lo cuestionan.  Pero los ingredientes más sabrosos de la polémica parecen provenir más de Washington que de Nueva York. El secretario del Tesoro de los Estados Unidos, Jack Lew, lo habría dado a entender durante las conversaciones que mantuvo con Prat-Gay para respaldar la oferta argentina a los holdouts y minimizar, por el contrario, la presión de los fondos buitre más duros, los ligados a Paul Singer. El funcionario estadounidense, por ejemplo, habría impulsado a Barack Obama a extender a la Argentina el viaje que tenía como destino sólo Cuba. Obviamente, la geoestrategia norteamericana excede la voluntad de Lew y del propio Obama, y cuanto más la del juez Griesa y su mediador Pollack, repentinamente entusiasmados con la Argentina. El giro macrista en el país empalma con el derrumbe chavista en Venezuela, el lento apagón del modelo Lula en Brasil y aún con la derrota de Evo Morales en su intento de asegurarse la reelección indefinida. Tal vez influido por los nuevos vientos, el juez Griesa habría accedido a dar una señal clara: el viernes 19 anunció que podría reponer el stay para que la Argentina pudiera salir del default, una alternativa que jamás consideró desde el 2010, pero que ahora sí lo motivaban los cambios en la Argentina. ¿Es o no una nueva oportunidad de reacomodar los tantos políticos en la Región? En la Cancillería solo hay una palabra para describir y protagonizar la transición: pragmatismo.
La oportunidad. Mientras en Buenos Aires, las encuestas del PRO trataban de minimizar la leve pérdida de imagen del Presidente, en Nueva York Michael Paskin, abogado del estudio Cravath, Swaine & Moore, adelantó que la intención del Gobierno era dar de baja las dos apelaciones para allanarle el camino al juez Griesa para que levantara los “injuctions” (mandatos). El abogado reconoció que esperaban una apelación de los fondos buitre a esa decisión, pero insistió en que era necesario dar ese paso. “El nuevo gobierno tiene que tener una oportunidad para hacer lo que dicen que van a hacer y permitir que estos acuerdos ocurran”, sostuvo en plena divulgación de los acuerdos que deberá estudiar cada fondo desde la semana que viene.
El Presidente, a todo esto, analiza el nuevo tiempo que se abrirá mañana con el funcionamiento de las dos cámaras del Congreso Nacional, donde Cambiemos no tiene mayoría y el espectro peronista se parte y se unifica con igual velocidad. Es la pata política que algunos macristas autocritican pero no terminan de convertirla en una práctica cotidiana de la gestión de gobierno. “A veces subestimamos el pensamiento político y otras somos incapaces de trazar diagnósticos anticipados”, cuenta un ministro .

 

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