Editorial / 21 de Octubre de 2016

La era de la Post-Verdad

La tapa del semanario británico The Economist advierte sobre un síndrome global que ya se instaló en la Argentina. NOTICIAS se suma a ese alerta.

Un fantasma recorre el planeta. La certeza sobre lo que es cierto o falso, lo que es verificable o fantasioso, está sufriendo una erosión sin precedentes en la opinión pública internacional. Políticos y periodistas son víctimas y cómplices al mismo tiempo de esta ola de versiones contradictorias e inconexas que relativiza la lógica de los hechos y por lo tanto de argumentar a partir de datos objetivos. Ese nuevo fantasma reinante no es la mentira -que es tan vieja como el mundo- sino la Post-Verdad. El término ya tiene varios años de uso entre intelectuales y académicos: de hecho, el ensayista norteamericano Ralph Keyes (entrevistado por NOTICIAS para esta edición) publicó su libro titulado “The Post-Truth Era” en el año 2004, cuando recién estaban asomando las primeras redes sociales digitales. Una década más tarde, el fenómeno se profundizó y se aceleraron sus efectos, al punto que un aspirante a la Casa Blanca -Donald Trump- encarna este modo de discurso público corrosivo basado más en los prejuicios que en el saber científico. El insulto es la nueva razón.
El debate democrático es uno de los valores afectados por este clima de época, que también arrastra al periodismo en su tradicional rol de guardián contra los excesos del poder. Es por eso que la influyente revista británica The Economist tomó el caso como una bandera en su cruzada Pro-Verdad. Y NOTICIAS recoge el guante en la Argentina, donde el fenómeno de erosión de la verdad como ideal se desarrolló con fuerza durante la década K, a partir de una batalla cultural que, a juzgar por sus insultantes continuadores en la era M, parece haber sido ganada. No se trata de registrar con resignación esta decadencia comunicacional, lamentando la falacia del periodismo militante en ambos bandos. Tampoco cabe la neutralidad. Siguiendo el ejemplo de The Economist, hay que entender primero para criticar después. Y cambiar. 

 

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