Cultura / 8 de diciembre de 2016

Stephen King, la cara oscura de América

Con sus historias de terror, King supo describir como nadie la desintegración de la modernidad. Nuevo libro e idilio con el cine.

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Cada vez que se edita un libro nuevo de Stephen King, hay un rumor de alegría. Es extraño, porque pocos escritores han expresado con mayor tristeza y pesimismo, desde el horror más puro, lo que implica la experiencia moderna en los Estados Unidos de las últimas décadas. Desde que en 1974 publicó su primera novela -“Carrie”-, el hombre se las ha arreglado para hacer del terror una industria. Pero no solo eso, también de convertirlo en un vehículo perfecto para hablar de lo único que a los seres humanos nos preocupa: el paso inexorable del tiempo y la pérdida que ello implica.
La huella de King en la cultura contemporánea es enorme. Es cierto que no carece de detractores, entre ellos el Papa de la literatura en que se ha convertido Harold Bloom, por ejemplo. Y es cierto que es al mismo tiempo un escritor y una industria de una sola persona. Sin embargo, esta característica es mucho menos una ruptura que una continuidad: Stephen King es algo así como el Dickens o el Dumas del siglo XX y los comienzos del XXI, un cronista serial que, desde la ficción y la necesidad de emocionar y conmocionar -que no es lo mismo- a su público, ha construido un mapa al mismo tiempo personal y universal. Aún cuando sus escritos más característicos están poblados de trucos viscerales para que el escalofrío surja, la marca más importante de sus textos es la de la melancolía, el llanto contenido por la infancia y la adolescencia perdidas, por la inocencia borrada.
Historia. Cuenta la leyenda que hay hechos traumáticos en su infancia. El primero, el abandono del padre, que un día se fue a comprar cigarrillos y nunca volvió, lo que derivó en una niñez itinerante y con carencias varias. Luego, incomprobable, que fue testigo de la muerte de otro niño, arrollado por un tren. La infancia y el sufrimiento que suele conllevar, así como la inadaptación en la adolescencia, son temas recurrentes: allí están “It”, “Corazones en la Atlántida”, “El resplandor”, “Carrie” o “Christine” para comprobarlo. El enemigo verdadero de King es el tiempo. Y el refugio de sus héroes y heroínas aparece en los márgenes de la cultura pop. Lo que más le molesta a la Academia de King (a la Academia que no lo celebra: hay otra que sí lo hace por los motivos opuestos e igualmente equivocados) es que el hombre reivindica su trabajo conscientemente como artefacto pop. Ha guionado historietas, series de TV, películas; ha autorizado juguetes y actuado en el cine como él mismo y como otros personajes; ha colaborado con músicos y jugado a todo lo que vuelve divertido al terror, faltándole el respeto cuando lo mira de afuera y tomándoselo muy en serio cuando lo ejerce en su literatura. Pueden gustarnos más o menos sus libros, pero no cabe duda de que es, en principio, un narrador efectivo, y que la sola mención de marcas, de calles, de lugares a los que podemos acceder en este mundo, vuelven sus textos totalmente inmediatos. Al mismo tiempo, el artefacto pop funciona como un refugio para los personajes y para el lector. Pero en una vuelta de tuerca importante, King comprende que su propia literatura no puede ser otra cosa más que un artefacto pop.
Alguna vez, King fantaseó con no escribir terror. Fue al principio de su carrera, pero “entonces llegó El Exorcista y lo cambió todo”, como admitió en una entrevista de los años ochenta. King estuvo siempre seguro de que quería ser masivo y popular: el terror y el horror (que no son lo mismo, ni siquiera grados diferentes de lo mismo) pertenecían a la clase B de la literatura -y también del cine, a menos que el tiempo le otorgue sello de clásico- y eso implicaba comunicarse con los lectores y no con los críticos. Pues bien: en esos años setenta donde, entre Nixon y Vietnam, se había perdifo toda la fe en las posibilidades de la utopía americana, los desencantados relatos de King, con sus niños y adolescentes torturados y muertos con crueldad por un monstruo surgido del subsuelo estadounidense o camuflado entre las paredes suburbanas, eran lo más adecuado. América había decaído y el Tiempo, transformado en horrores sin nombre (a veces, apenas “Eso”) hizo que hasta a los coloridos juguetes de Disney le salieran dientes y desgarrasen carne. Algo de eso es lo que explica su exitosa “22/11/63”, donde la posibilidad de viajar en el tiempo se cruza con la de evitar el asesinato de Kennedy, el presidente mitológico -y pop- cuyo éxito habría conducido a una nueva Edad de Oro. Por supuesto, King no es un optimista al respecto.
King tampoco es un “optimista” sobre las consecuencias del culto pop. Tanto en “Misery” como en su última novela, “Quien pierde paga”, que está saliendo al mercado, el villano es un lector desquiciado, alguien que llega al crimen para lograr que el mundo de fantasía que lo satisface siga no solo vivo, sino de acuerdo con sus deseos. “Quien pierde paga”, que tiene los mismos personajes de Mr. Mercedes, es un policial negro, pero ese género siempre habló, también, de los monstruos que desgarran desde la sombra de las ciudades el tejido social. Y este mundo “noir” es el complemento del numinoso y lúdico mundo épico de la saga “La torre oscura”, donde se cruzan el western y Tolkien. Pues bien: King no es “uno o lo otro”, sino que la fantasía es donde querría vivir como lector; el horror, donde vive como escritor, y el “noir”, lo que teme como ambas cosas. Sus libros tienen como único protagonista, siempre, a Stephen King.
Pantallas. Probablemente ningún otro escritor ha tenido la suerte de King en el cine. Por lo menos cuatro maestros están entre los primeros en adaptar sus obras: Brian De Palma (“Carrie”, 1976); Stanley Kubrick (“El Resplandor”, 1980), John Carpenter (“Christine”, 1983) y David Cronenberg (“La zona muerta”, 1983). Más George A. Romero, que hizo “Creepshow” con guión de King en 1982 y “La mitad siniestra” en 1993, y aquellos que no optaron por el fantástico o el horror y adaptaron relatos de suspenso, como Rob Reiner (que hizo dos maravillas con “Cuenta conmigo” -1986- y “Misery” -1990-) o Frank Darabont (que dirigió el clásico de cárceles “Sueños de libertad” -1994-; aunque después hizo algo invisible llamado “Milagros inesperados” -1999- y la discutible pero efectiva “Terror en la niebla” -2007-). La lista de realizadores sigue y la mayoría son creadores de gran potencia visual, como Lawrence Kasdan, Tobe Hooper, Tom Holland o Taylord Hackford (con ese gran melodrama que es “Dolores Claiborne”). Incluso hay películas menores que hoy son de gran culto (“Carrera contra la muere”, 1987, de Paul Michael Glaser) que tienen su sello. Es simple: King escribe de modo cinematográfico. No a la manera de Proust o Joyce, que pensaban en el cine al escribir, sino porque narra con frases cortas, con secuencias de crescendo narrativo que puede traducirse en fotogramas, que tiene la habilidad del guionista de Hollywood. Todos los cineastas mencionados se han nutrido especialmente del mismo caldo de cultivo -la desintegración del estado de bienestar americano en los setenta- que él. King supo disponer de las palabras precisas para crear las imágenes de esa disolución, que hoy parece entrar en un nuevo auge.

 

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