Mundo / 24 de junio de 2017

Impeachments: Los caídos y los por caer, de Brasil a Estados Unidos

Si hay coherencia histórica en EE.UU. y Brasil, Trump y Temer debieran tener juicios políticos. Ola anticorrupción sin distinciones.

Por

Los juicios políticos que sacaron anteriores presidentes en Estados Unidos y Brasil, obligan a las dirigencias políticas y judiciales de ambos países a sentar a Trump y a Temer en el banquillo de los acusados. La historia se volvería absurda si los dos millonarios que gobiernan en Washington y Brasilia, no fuesen sometidos a la instancia que atravesaron antecesores por razones menos graves que las que ensombrecen sus gestiones.

A Collor de Mello le costó el cargo una acusación menor al océano de corrupción sobre el que flota, inexplicablemente, la presidencia de Michel Temer. No es que aquel nordestino conservador haya sido un ángel impoluto, pero los turbios manejos de su tesorero de campaña,  P.C Farías, parecen travesuras al lado del gigantesco esquema de corrupción en el que participaba toda la dirigencia del PMDB, partido del actual presidente, junto a dirigentes de todo el arco político.

Si Temer concluye el actual mandato, se agigantaría el carácter absurdo del impeachment y la destitución de Dilma Rousseff. Fue una cuestión contable la que se convirtió en acusación y derribó a la presidente que más altos funcionarios había expulsado del gobierno por corrupción. Y si cayó Dilma, es absurdo que no caiga Temer.
Lo mismo ocurre con la historia norteamericana. Si a Nixon le impusieron un juicio político por su responsabilidad en el espionaje al Partido Demócrata para robar información que sería usada contra su candidato, George McGovern, en la campaña electoral de 1972, es sospechoso que el espionaje ruso que robó información para atacar la campaña de Hillary Clinton no desemboque en juicio político.

En rigor, el de Trump es un Watergate peor, porque lo habría perpetrado una potencia extranjera. En los parámetros que establecía Alexander Hamilton en el siglo XVIII sobre el sistema federal y las elecciones, la sospecha que pesa sobre el presidente norteamericano es nada menos que la de “alta traición”.

Trump y Temer

Hay otro caso histórico que obliga al sistema norteamericano a ser implacable con Trump: el juicio político al que fue sometido William Jefferson “Bill” Clinton. Si por mentir bajo juramento en la respuesta a una pregunta que tenía derecho a no responder, aquel presidente demócrata afrontó un impeachment, no puede no afrontarlo quien desde la campaña electoral hacía anuncios y adoptaba posiciones que resultaban funcionales a los intereses de Rusia, cuyo gobierno dejó las huellas digitales en el proceso electoral que lo llevó a la Casa Blanca.

El juicio Clinton fue la absurda consecuencia de un fiscal inquisidor, Kenneth Starr, y la deriva extremista que iniciaban los republicanos con líderes ultra-conservadores como Newt Gingrich. Esa deriva se agravó, engendrando grupos de poder como Tea Party, que relegaron a los dirigentes moderados:en ese marco se incubó la aventura política de Trump.

Si los deslices sexuales de Clinton en el Despacho Oval, que constituían infidelidad pero no un delito, lo arrastraron por un humillante viacrucis, la política y la institucionalidad norteamericana se mostrarían parciales si el “Rusiagate” no deriva en un impeachment.

Que Temer y Trump enfrenten los procesos que enfrentaron Collor, Rousseff, Nixon y Clinton, sería revitalizador para ambas democracias. Quedaría en claro que en los casos anteriores no hubo golpes disfrazados y que el sistema actúa con rigor y con imparcialidad.

Por el contrario, que dos personajes con tantas oscuras sospechas ensombreciendo sus presidencias, terminan sus mandatos sin padecer lo que, por mucho menos, debieron padecer otros, sería una mala señal para la democracia y el Estado de Derecho.

Más casos latinos

El impresentable juicio político que destituyó a Dilma Rousseff no fue el primer estropicio institucional de este tiempo de turbulencias políticas en Latinoamérica. También estuvo plagada de defectos la destitución del hondureño Manuel Zelaya, y fue casi un reality el proceso que puso fin a la presidencia del paraguayo Fernando Lugo.

Estos casos abonaron el discurso de victimización de Cristina Kirchner y del propio Lula da Silva. Los dos denuncian una conspiración regional de “las derechas” que “persiguen” con “la excusa de la corrupción”, a los “líderes populares” que “han defendido a los pobres, confrontando con los intereses de los poderosos”.

Más allá de que los gobiernos de Lula y de Cristina fueron tan diferentes como los casos judiciales que afrontan, existen muchos otros casos que prueban que los “perseguidos por corrupción” también están en el centroderecha liberal y en la derecha conservadora.

Alejandro Toledo, cuya presidencia consolidó la apertura económica iniciada por el régimen de Fujimori (quien lleva años preso) no puede regresar a Perú porque sería detenido y juzgado por corrupción.
El caso Odebrecht salpica también la segunda presidencia de Alán García, que acentuó la liberalización de la economía peruana. Con eso alcanza y sobra para dar por tierra con las victimizaciones políticas que hacen algunos líderes populistas y de centroizquierda denunciados por corrupción. Pero hay varios casos más. Por ejemplo, el de Ricardo Martinelli, rico empresario conservador que desde la presidencia impulsó reformas para reducir el tamaño del Estado y ampliar la gravitación del mercado en Panamá, sin embargo está detenido en Miami, a pedido de la justicia panameña. Martinelli está acusado de corrupción y de espionaje a opositores.

Por corrupción también fue destituido y encarcelado el general Otto Pérez Molina, presidente derechista de Guatemala. Y si faltaran ejemplos para refutar el discurso según el cual la corrupción es el instrumento de “la derecha” para perseguir a populistas y a izquierdistas, está el caso de Francisco Flores, ex presidente salvadoreño que murió privado de la libertad, por haber malversado fondos destinados a las víctimas de un devastador terremoto.
El primer presidente acusado de corrupción en El Salvador no fue izquierdista, sino el mismo que dolarizó la economía y envió tropas a Irak, para acompañar el aventurerismo bélico de George W.Bush.
Con aciertos y errores, la justicia embiste contra la corrupción en todo el continente. Y lo hace sin distinciones ideológicas.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *