Mundo / 31 de julio de 2017

La Reconstituyente madura a palazos

En la noche de los ficticios resultados electorales venezolanos, la cadena Telesur hablaba de fiesta de la paz, obviando una jornada de represión y muerte.

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En términos pragmáticos, una Asamblea Constituyente se monta en dos tipos de escenarios. El primero es cuando un gobierno quiere aprovechar su momento de hegemonía y, haciendo uso de su poder, convoca a una reforma constitucional para adaptar las instituciones a su imagen y semejanza, con el objeto de ampliar su margen de maniobra y –el sueño eterno- perpetuarse en el poder. El segundo escenario suele ser protagonizado por el mismo gobierno, que alguna vez fue todopoderoso y que, precisamente por eso, se obnubiló y quiso ir por todo, hasta que chocó con la realidad de la Historia, que siempre termina poniendo límites temporales a los delirios de control social indefinido. En este último caso, la Constituyente es más bien una Reconstituyente, que trata de blindar con artilugios institucionales a un gobierno que está perdiendo poder y control a paso veloz. Es el caso de la etapa chavista que lidera hoy Maduro.

Típicamente se lleva adelante este tipo de reforma forzada y a las apuradas con el costo de mucha sangre en las calles, y de un relato de gobierno –y de sus medios de propaganda- cada vez más disociado de la observación sensata de la evidencia cotidiana: en la noche de los ficticios resultados electorales venezolanos, la cadena Telesur hablaba de fiesta de la paz, obviando una jornada de represión y muerte comparable a la que sufrió la Argentina en el crack del 2001, en plena estampida del mandato de la Alianza. Hablando de Argentina: la preocupación de los centinelas de los derechos humanos en Buenos Aires durante la matanza electoralista de Maduro –un amigo del kirchnerismo cultural y económico- fue la situación de Milagro Sala, demostrando que las vidas cotizan según el color político, lo cual refuta la tesis universalista de cualquier declaración de derechos humanos.

Para algunos observadores parciales de la crisis venezolana, la invención violenta de un Parlamento paralelo por parte de Maduro es la prueba de que asistimos al comienzo del fin del chavismo. Pero si miramos procesos como el de Cuba –aliado y modelo del estado bolivariano-, podríamos suponer que acaso se trate del fin del comienzo de una larga y lastimosa dictadura de larga duración. No es casual, en este sentido, la larga fila de venezolanos que escapan de ese temido futuro atravesando la frontera. Es cierto que la presión internacional se irá haciendo sentir. Pero también es cierto que hoy el contexto internacional está plagado de incertezas y debilidades, que hacen posible el autoaislamiento de regímenes económicamente inviables. Y no hay modelos alternativos al chavismo dentro ni fuera de Venezuela que hoy puedan garantizar prosperidad con razonable equidad. Todo es hoy una cuestión de fe. Y cuando la política es solo cuestión de ideología, la realidad es un dato que se puede esconder a palazos.

 

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