Música / 6 de Agosto de 2017

El amor por la tradición

La Falda, la ciudad cordobesa más identificada con el tango, concluyó con muy buen éxito la 34ª edición de su festival.

Por

★★★★ Nacido en 1964, sostenido a pesar de algunas interrupciones por cuestiones políticas y/o económicas, con vacas más gordas o más flacas, el festival de La Falda está felizmente instaladísimo en la agenda nacional. Esta ciudad que tiene más iconografía tanguera y esculturas de próceres de la música rioplatense que ninguna otra, ha construido un público que cada año se da cita en los bailes y conciertos que suceden durante una semana en clubes y bares de toda la ciudad, y que acude en buena cantidad al anfiteatro Carlos Gardel durante las tres “noches de gala”.

Este encuentro ha sabido forjarse una personalidad. Pasan las gestiones municipales –que son las que tienen a cargo la producción y el sostenimiento de buena parte de la cosa–, cambian o no los signos políticos y el espíritu se conserva: el de proponer un tango básicamente tradicional, repartir la escena entre músicos, cantantes y bailarines, apoyar a artistas conocidos pero también a muchos que no lo son tanto, o poner a un clásico como Silvio Soldán a conducir en compañía de una locutora local. Conservación y sostenimiento del género más que ruptura e innovación, salvo las muy pequeñas excepciones que, justamente por eso, llaman la atención y despiertan amores y antipatías por igual entre el público más consuetudinario.

Esta vez, el escenario grande vio pasar a ballets y bailarines de Chile, Argentina y Puerto Rico –debió llegar la pareja ganadora del último campeonato porteño pero finalmente no pudo viajar–. Tocaron incuestionables como el pianista Nicolás Ledesma con su quinteto, el Contramano Trío, el puntano Américo Moroso y la Orquesta Provincial de Córdoba. El larguísimo desfile de cantantes incluyó a muchas generaciones y estilos: Alberto Bianco, Lisette, Ariel Ardit con una típica dirigida por Andrés Linetzky, Leandro Ponte, Silvia Lallana, Esteban Riera, Jesús Hidalgo, Hernán Genovese, Sonia Farrell (con el legendario Raúl Parentella al piano) y Adriana Varela, entre varios más. Hubo puntos salientes, por su significación artística y su popularidad en las presencias de Osvaldo Piro (siempre muy importante como director de su orquesta), Raúl Lavié, Amelita Baltar, el grupo Escalandrum con la voz de Elena Roger y su proyecto Piazzolla, Esteban Morgado con su cuarteto o el bailarín Hernán Piquín, que cerró la segunda de las galas. Y apenas hubo una “escapada” de un artista que rompió un poquito el molde: el uruguayo Rubén Rada ofreció un set en el que mezcló el repertorio de Gardel, las canciones propias, las milongas de Zitarrosa y Yupanqui y un toque de teatro y humor que enloqueció –pese a los cuestionamientos que también estuvieron– a la mayor parte de la concurrencia.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *