Cine / 31 de agosto de 2017

Duro de matar

(EE.UU., 1988, 131′) Suspenso. Dirección: John McTiernan. Con Bruce Willis. AM13.

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***** Sí, esta es una reseña (se puede escribir un libro) de la película original, la que hizo de Bruce Willis una estrella de acción. Las razones: se vuelve a ver en pantalla grande, que es como se debe; la segunda, es raro revisar un filme que creemos obra maestra y descubrir que no ha pasado el tiempo, que los años confirman su estatuto. Willis es un policía de Nueva York; su mujer se ha mudado –con los hijos– a Los Ángeles por una oportunidad laboral y él la ama pero no quiso seguirla. La visita en una fiesta de fin de año, en el edificio de la empresa. Y ese mismo día, ese edificio es tomado por falsos terroristas que buscan un enorme tesoro en bonos. El duelo es entre un tipo en camiseta, sucio, descalzo y una banda de sanguinarios ladrones internacionales. En realidad, entre Willis y el mejor personaje del filme –y el mejor villano de todos los tiempos–, el Hans Gruber creado por Alan Rickman. Cada elemento, cada personaje de la película cumple una función narrativa precisa. Pero no sólo eso: McTiernan –que admitió inspirarse en el Correcaminos para idear todo lo que le pasa al gran John McClane– se carga con humor (negro) a la policía, el FBI, la nostalgia por Vietnam, los discursos del terrorismo, la televisión y hasta a la “cultura corporativa”, mientras narra el enfrentamiento –con caída incluida– de un ángel y Lucifer. Un ángel con camiseta sucia, pero ángel al fin. De paso, gran película de Navidad. Para ir como en misa.

 

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