Cultura / 27 de noviembre de 2017

Pepe Eliaschev, por su hijo: Memoria que permanece

A 3 años de su muerte fue distinguido con el Konex de Honor. El testimonio de su hijo.

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Es 1986 y estamos en Los Ángeles. Peter Gabriel termina su concierto en el Forum de Ingle-wood luego de dos horas de música. Esa noche nace una complicidad con mi padre que perdura hasta la misma víspera de su muerte y que, de alguna manera, continúa hoy.
Salimos a las calles dormidas pero iluminadas del Valle. En esos días suena en la radio un tema muy popular: “The way it is” por Bruce Hornsby and the Range que comienza con un conmovedor solo de piano y su estribillo repite: “That’s just the way it is, somethings will never change”. “Así son las cosas y algunas nunca cambiarán” –dice la canción–, como la conversación con mi papá.

¿Cómo fue que en ese mundo previo a Internet logré enterarme del recital en el Forum, cómo fue que compramos las entradas? Tenía 12 años y llevé a mi padre a escuchar a Peter Gabriel. Propuse y él aceptó, se dejó sorprender. Nunca abandonó la capacidad de sorprenderse; era una de sus mejores características.

Al día siguiente, mi viejo guardó la elogiosa reseña de “Los Angeles Times”. Todavía tengo ese recorte. Cuando viajaba, mi padre consumía cantidades exorbitantes de periodismo televisivo y escrito. Recuerdo verlo rodeado de pilas de diarios y revistas. Esa imagen y un aire en donde se siente el papel y la tinta, mezclado con el tabaco, es la percepción de mi padre y también, de alguna forma, de mi infancia.

Él admiraba a esos sobrios conductores de los noticieros que las cadenas televisivas norteamericanas (las “Networks”) pasaban en el horario central (el “prime time”); esos periodistas conocidos como “Anchorman”, voces de serenidad y credibilidad a lo largo de la historia tumultuosa del país en la segunda parte del siglo XX. Peter Jennings fue uno de ellos. Un hombre cuyo final fue como el de mi papá. Se fue por el cáncer y murió trabajando y haciendo lo que amaba: periodismo. En gran medida mi viejo quiso (y a veces logró) ser un “Anchorman” para el periodismo argentino.

Cuando treinta años después escucho a Bruce Hornsby me transporto a aquella noche angeleña. También puedo verlo a mi papá en 1980, mientras maneja fascinado en los “freeways”. No encuentra el Hilton en donde había reservado una habitación y se aloja en el Bonaventure. Como una declaración de principios, encontrándose extraviado en la madrugada, mi viejo optará por lo icónico.

Frank Sinatra es otro de esos íconos. ¿Cómo fue que mi viejo, un hombre formado en una estética de izquierda, y en todo caso europea, llegaría a fines de los ’70 a admirar a Frank? Mi abuelo escuchaba a Al Jolson y a Bing Cosby, tal vez mi padre viera en Sinatra una continuidad con esos cantantes y, sobre todo, con su propio padre. Como sea, Sinatra quedaría asociado siempre a mi viejo. Y con los años yo lo escucharía también; terminaría, de alguna manera, apropiándome de Frank.

En el año 2014, ya cerca del fin, una mañana gris de septiembre pasé a buscarlo por su casa y lo llevé a tomar un café al recién inaugurado “Le Pain Quotidien” para sumar un capítulo más de ese diálogo perpetuo con él, a partir de gustos, hallazgos y sensibilidades compartidas, coincidencia expresada en especial en la música, pero también en algunos pensamientos y en la pasión común por lugares como los Estados Unidos y la idea de los Estados Unidos, pero también por el Uruguay y por ese “artiguismo” que tan bien describió Borges, en su cuento “La otra muerte”.

Esa conversación tiene escenarios variados. Un café en Independencia y Entre Ríos donde sonaba un tango; la parrilla de la casa en el Uruguay, en el medio del bosque, donde tomábamos gin tonics mientras mi viejo hacía el asado en noches estrelladas al ritmo de Sonny Rollins; el restaurante Santé escuchando a Horace Silver; Sorrento, de la calle Corrientes al que fuimos luego de escuchar a Ornette Coleman en 2009; el café de la estación Anchorena, también con mi hermano Tomás, donde se escuchaba a Madeleine Peyroux interpretando “Summer Wind”. El 17 de octubre de 2014 le conté sobre Charlie Haden y su sentida versión del bolero “El Ciego”; esa tarde lo pasó por la radio, mientras recitaba, encendido, la letra de Manzanero e improvisaba sobre ella, en una muestra más de su talento para hacer radio.

El 15 de noviembre de 2014 vi a mi viejo en su casa por última vez. Era un sábado y atardecía. Mi padre estaba recostado en el sillón del living y me senté cerca de él con una laptop para poner música y me pidió “My Way”.

Sinatra canta “My Way” y mi viejo, a 72 horas de partir, confronta la muerte quizás por primera vez, o al menos por primera vez frente a mí. Suena su canción y mi papá me dice que, “si” esto fuera todo, “si” el fin llegara ahora, el camino recorrido es suficiente y está bien, muy bien, lo hecho hasta aquí. Hice lo que quise, afirma. Pero no se entregará porque se encargará de recalcar el condicional en la frase. No se entregará, pero será una despedida. Al día siguiente, domingo, mi papá será internado en una clínica, para morir allí dos días después, en la madrugada del martes.

Hay una canción de Sinatra para cada momento y para cada persona. “My way” fue la canción de mi viejo; simboliza la lucha y reivindica el camino propio, el hacer lo que había que hacer de la forma en que se quiso o se pudo hacerlo. Mi canción de Frank es “Young at Heart”, que evoca la infancia a la vez que enarbola la bandera del optimismo, del disfrute y del futuro.

Vuelvo a la noche del concierto de Peter Gabriel en el Forum, donde, de alguna manera, empezó todo. Regresamos al Valle por las autopistas vacías. Desde afuera del auto se filtra el aire frío de la noche y ese sonido se mezcla con el ruido del motor. A lo lejos, se intuyen las montañas. Mientras tanto, mi viejo y yo hablamos. La conversación no se termina.

* Abogado. Hijo de Pepe. 

 

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