Opinión / 31 de diciembre de 2017

El año en que vivimos con el Donald

Trump y su rival norcoreano Kim Yong-un preocupan al mundo por su irascibilidad.

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Donald Trump por Pablo Temes.

Es fácil mofarse del presidente norteamericano Donald Trump, pero aun cuando estén en lo cierto los muchos que lo toman por un payaso de cultura llamativamente rudimentaria que se divierte repartiendo idioteces a través de Twitter, lo que representa el hombre dista de ser tan ridículo como les gustaría creer. Trump trepó a la cumbre del país más poderoso del planeta merced a la sensación nada arbitraria de que el proyecto progresista generado por la Ilustración dieciochesca había alcanzado sus límites. No sólo en Estados Unidos sino también en otras partes del mundo desarrollado hay cada vez más perdedores que beneficiados por los cambios que están produciéndose y, lo que es peor, se ha difundido la sospecha de que no se trata de una fase pasajera después de la cual se reanudará el avance generalizado en que tantos habían creído sino de una realidad que continuaría agravándose. Puede entenderse, pues, que tantos norteamericanos y europeos quisieran regresar al orden socioeconómico de antes en que el hombre común ganaba un salario digno y casi todos se sentían más seguros.

Trump es un reaccionario. En su propio país, está librando una guerra contra los internacionalistas que sueñan con un mundo sin fronteras y que por lo tanto se niegan a distinguir entre inmigrantes que tienen los papeles en regla y quienes entraron ilegalmente, contra aquellos progres que se manifiestan más preocupados por el cambio climático y la salud del medio ambiente que por el destino de millones de compatriotas que dependen de industrias que ensucian, y contra académicos de opiniones izquierdistas contundentes y los muchos medios periodísticos que comparten tales actitudes. Fue en buena medida gracias a los excesos de los militantes de la corrección política que pudo derrotar a la demócrata Hilary Clinton.

Frente al resto del mundo, la postura de Trump es nacionalista. Todos los días alude a “la grandeza” de su país. Se vanagloria del poder norteamericano que, al fin y al cabo, por ahora es suyo, y atribuye las guerras sanguinarias que, para alarma de los europeos que sienten las repercusiones en carne propia, están devastando el Oriente Medio y África a los errores cometidos por los presidentes Bill Clinton y George W. Bush, además de la debilidad moralizadora, acompañada por pedidos de perdón, que fue adoptada por Barack Obama.

Con todo, aunque Trump y quienes lo rodean creen que China plantea la amenaza principal a lo que queda de la supremacía estadounidense y que la Rusia de Vladimir Putin aspira a erigirse en un rival estratégico, aunque sólo fuera uno regional por tratarse de un país de economía enclenque y grandes problemas demográficos, también comprenden que hasta nuevo aviso los desafíos más peligrosos seguirán siendo los planteados por las ambiciones nucleares de Corea del Norte e Irán. Mientras que los chinos y rusos son tan racionales como el que más, los norcoreanos e iraníes subordinan todo cuanto hacen a idearios que para otros son radicalmente ajenos.

Si bien Trump fue elegido presidente debido a que tiene muy poco en común con los demás políticos norteamericanos, o europeos, en comparación con el joven dictador norcoreano Kim Jong-un es un personaje bastante “normal” según las pautas occidentales. Por lo menos, sería reacio a iniciar una guerra a sabiendas de que significaría la destrucción completa de su propio país. En cambio, Kim parece resuelto a ir a cualquier extremo sin pensar en las eventuales consecuencias de un paso en falso. Se entiende: su poder es netamente personal, de suerte que si prefiere suicidarse a ceder ante Trump, no le importaría que millones de coreanos lo acompañaran al más allá. En este ámbito, la mentalidad de Kim se parece a la de las bombas humanas yihadistas y aquellos teócratas iraníes que sueñan con Armagedón, la batalla definitiva entre el bien y el mal que, dicen, allanará el camino para el regreso triunfal del “Imam Mahdi”.

Trump ha sido blanco de críticas feroces por su forma, a un tiempo pintoresca y beligerante, de contestar a las amenazas escalofriantes proferidas a diario por Kim, pero puede señalar que la alternativa más tranquilizadora que fue ensayada por sus antecesores en Washington sólo sirvió para permitir que los norcoreanos llegaran a donde están, dueños de un arsenal nuclear que tal vez sea capaz de convertir a las ciudades norteamericanas más importantes en piras funerarias.

Por desgracia, frente a individuos como Kim nunca hay opciones sencillas. Resignarse a que Corea del Norte sea una potencia bélica capaz de chantajear a todos los demás países, incluyendo a Estados Unidos, sería una, pero es comprensible que a pocos les parezca atractiva. Puede argüirse, pues, que en el caso de que la retórica de Trump asuste tanto a los chinos que ellos decidan privar a su aliado díscolo de los combustibles que necesita, habrá resultado ser mucho más eficaz que las palabras apaciguadoras de quienes lo antecedieron en la Casa Blanca.

De tomarse al pie de la letra las declaraciones tanto de Trump como de sus adversarios exteriores más brutales, el año que está por terminar se habrá asemejado peligrosamente a 1913, cuando una serie de conflictos localizados creaban un escenario que resultaría propicio para el estallido de una conflagración planetaria. Por un lado están los norteamericanos, europeos y japoneses que se sienten conformes con el statu quo y que aún se resisten a entender que la paz nunca ha sido habitual en nuestro mundo, pero que tardíamente se han dado cuenta de que les convendría prepararse para enfrentar conflictos. Por el otro están los que, como los rusos, norcoreanos e islamistas, aprovecharon como pudieron el período de cierta pasividad occidental que siguió a las intervenciones militares en Afganistán, Irak y Libia, y que son reacios a reconocer que podría estar acercándose a su fin.

Ya antes de la desintegración ignominiosa de la Unión Soviética, los occidentales más influyentes lograban persuadirse de que, por fin, el género humano había consignado al pasado el fanatismo tanto religioso como ideológico, de modo que en adelante todos los pueblos podrían convivir en un clima de respeto mutuo en que se felicitarían por “la diversidad”. Aunque muchos políticos e intelectuales siguen aferrándose a los principios correspondientes a tal convicción, ya no cuentan con el apoyo de la mayoría de sus compatriotas, de ahí el surgimiento de movimientos denigrados como “ultraderechistas” en distintas partes de Europa que son contrarios a lo que toman por la islamización creciente de sociedades que, hasta hace poco, eran relativamente homogéneas. De manera menos estridente que los gobernantes de países como Austria, Hungría, la República Checa y Polonia, para no hablar de Trump, políticos europeos como la alemana Angela Merkel y el sueco Stefan Löfven han ajustado su propia postura hacia los inmigrantes recientes para aproximarla a la mayoritaria. Lo mismo que Trump, hablan más de la expulsión de quienes a su juicio no son refugiados auténticos que de su voluntad de darles a todos una bienvenida entusiasta.

La derrota territorial del Estado Islámico ha motivado alivio en Siria e Irak, pero pocos la festejan en Europa; aunque a la larga podría reducir el atractivo para los creyentes de inmolarse al servicio de Alá, mientras tanto habrá muchos yihadistas aguerridos más en los enclaves musulmanes de Francia, Bélgica, el Reino Unido, Alemania, España y otros países.

Aún más ominosa que las actividades de los miles de terroristas que viven en Europa es la intensificación de la guerra, hasta ahora indirecta, entre Arabia Saudita, un reino mayormente sunita, y el Irán chiíta. A pesar de que los sunitas más radicales se niegan a abandonar el odio ancestral que sienten por los judíos, en Arabia Saudita, Egipto y algunos emiratos del Golfo los menos rabiosos no han vacilado en aliarse informalmente con Israel por ser cuestión de la potencia militar más fuerte y más avanzada de la región, una que tiene razones de sobra para temer más a la República Islámica de Irán que a sus vecinos sunitas.

Para el asombro indignado de los europeos y, huelga decirlo, de los líderes de medio centenar de países musulmanes, hace poco Trump anunció que pronto trasladaría la embajada estadounidense de Tel Aviv a Jerusalén por ser dicha ciudad la capital de Israel. Puesto que el grueso de la llamada comunidad internacional se ha acostumbrado a la noción de que Jerusalén sea igualmente sagrada para los tres cultos religiosos de raíces abrahámicas, el judaísmo, el cristianismo y el islam, la decisión de hacer lo que el Congreso de su país ya había recomendado fue considerada provocativa, un golpe irresponsable a “las negociaciones de paz” que desde hace décadas están celebrándose en diversas partes del mundo. Así y todo, en vista de que la razón por la que el conflicto, que es más religioso que territorial, se ha prolongado hasta nuestros días consiste precisamente en la voluntad de los gobiernos de los países ricos de entregar miles de millones de dólares o euros a quienes tienen más interés en la eliminación física del “ente sionista” y sus habitantes no musulmanes que en un hipotético Estado palestino, lo de Trump habrá inyectado una dosis valiosa de realismo en un tema que de otro modo podría eternizarse.