Cultura / 18 de junio de 2018

Eduardo Sacheri y la patria tribunera

El autor de “El secreto de sus ojos” analiza para NOTICIAS la relaciones entre el fútbol y los conflictos eternos de los argentinos. Grietas, fracasos y la pelota como escuela de vida.

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Temporada de mundial. Las publicidades disparan con todo su arsenal emotivo y sensiblero, los televisores salen como pan caliente de las casas de electrodomésticos —a pesar de las cuentas en rojo—, el humor social se alinea detrás de la pelota y, casi como en ningún otro aspecto, los argentinos tenemos esa rara sensación de que pateamos todos para el mismo arco. “Cada cuatro años se produce esta suspensión de las hostilidades recíprocas. Esto es una tregua, una suspensión o una extrapolación de nuestra rivalidad íntima vecinal, que nos encanta -explica Eduardo Sacheri, escritor cuya narrativa explora en forma recurrente la naturaleza de este mundo de pasiones encontradas-. Por un momento vamos detrás de una causa nacional. Para una sociedad donde es tan difícil construir un Nosotros, de repente tenés una ficción de un Nosotros que dura lo que dure ese mundial, y durante ese período hay un Nosotros vinculante. Después somos un caos de individuos en estado de efervescencia permanente y es un quilombo. Los mundiales te ofrecen como una repentina solidaridad nacional, efímera y liviana”, completa.

Dueño de cinco novelas, una adaptación al cine premiada con un Oscar (de su libro “La promesa de sus ojos”), y un premio Alfaguara (“La noche de la usina”, 2016),  Sacheri advierte además una tendencia marcada a la sobreactuación: “Hay una mirada muy celebratoria de la pasión, una mirada pública, como que la pasión es algo bueno y punto. Yo creo que la pasión es algo muy humano y punto. Y en tanto humano está lleno de matices y existe eventualmente un costo absolutamente complejo y hasta preocupante de algunas pasiones”.

Estilo nacional. El fútbol arde en las venas de la Argentina y avanza con arrogancia (una medalla de plata es casi un escupitajo), fagocitando tres entrenadores de canteras diversas para llegar a Rusia con tanque de reserva, zigzagueando, inventando y aniquilando héroes a velocidad de vértigo y apostando más por las epopeyas de iluminados como Messi o Maradona que por el trabajo de fondo. “Me parece que tenemos un estilo extremadamente individualista, tendemos a confiar mucho más en los individuos que en el equipo, en la improvisación que en el método, en la inspiración que en el trabajo, no solo en la selección”, indica Sacheri, y asegura que puede trazarse una cierta relación entre nuestro modo de vivir y nuestro modo de jugar, que a veces nos sale bien y en general nos sale mal. “Reclamamos largos plazos de trabajo pero no estamos dispuestos al ejercicio de la menor paciencia, ni la menor indulgencia en el error, se trate de fútbol o de cualquier cosa, y es muy difícil construir así”.

Las mismas dificultades se trasladan, según su visión, al terreno de la política, donde detecta “un modo de ser nacional” al que le cuesta construir un “Nosotros”, y “donde es muy difícil tolerar al otro, tolerar las decisiones del otro, los momentos del otro; hay un deseo de aniquilar, de borrar y cuenta nueva. En el fondo se trata de saber perder o no saber perder”.

Con respecto a por qué es el fútbol el campo fértil para que todos estos rasgos sociales broten, las conclusiones de Sacheri son aún más contundentes: “Creo que los argentinos no tenemos muchas cosas de las cuales sentirnos orgullosos en general como sociedad. Creo que en el fondo sabemos que somos una máquina de arruinar cosas y dilapidar chances, pero en el fútbol somos buenos, sabemos que eso lo hacemos bien. Nos sentimos amparados por un prestigio bien ganado. A veces nos confundimos porque más de una vez hemos tenido al mejor del mundo, entonces creemos que el mundo debe adorarnos y debe darnos la copa”.

Programa. A horas de iniciado el nuevo campeonato mundial, se espera en Rusia un caudal de telespectadores superior a los 1.000 millones que vieron la final entre Argentina y Alemania en Brasil, en2014, números que lo ubican en el podio de los eventos humanos más populares y convocantes de la historia. En este contexto, y como parte de la programación mundialista de la señal TNT Sports, Sacheri hace su debut como entrevistador al frente de un ciclo de charlas mano a mano (“La pasión según Sacheri”) con figuras de ámbitos diversos, razón que no le impide reconocer el poder amplificador de la televisión en esta suerte de neurosis colectiva desencadenada con frecuencia en torno al fútbol. “La comunicación televisiva tiene que ser ya, tiene que ser fácil, tiene que ser simple, tiene que ser directa, y creo que eso se trasladó al fútbol, lo fue contagiando de falta de matices, de desequilibrio. Me parece que el discurso predominante es ‘Messi o Maradona’, esas disyuntivas pelotudas, y es como un proceso que se retroalimenta”, admite Sacheri, y sostiene que los sucesivos desplantes del público local a Messi representan a la perfección ciertos rasgos de bipolaridad en nuestra idiosincrasia: “Lo recontra re putearon en el mundial 2014, ahora cuando el flaco dijo: ‘mirá, me parece que la selección no es para mí, mejor me bajo’, ahí de repente salieron todas las viudas”.

Noticias: ¿En el mundial de Brasil nos recibimos como los mayores hinchas de la hinchada? ¿Somos una nación tribunera?
Sacheri: Me parece que en los últimos años hay como una celebración del “aguante”, esto de ser hincha de la hinchada que se da en los clubes, y que también se trasladó a la selección. Yo la verdad que no lo celebro, porque me parece que en el aguante aflora lo peor del hincha, el fanatismo más burdo, el menos reflexivo, el menos tolerante, el menos dispuesto a aceptar lo que hay de humano o de virtuoso en el rival. El propio cantito de “Brasil, decime qué se siente” es un buen ejemplo de “aguante”, es un relato, es una tergiversación absoluta de la realidad. Brasil no es tu hijo en el fútbol, entonces no hagas un cantito. El “aguante” tiene la pretensión de transformar la realidad a pura fuerza de decirnos mentiras, consolándonos a nosotros mismos. La verdad que no me gusta.

Pasiones. Pensadores de toda época y calaña se suman al debate y no se ponen de acuerdo todavía sobre el qué y el porqué de una pasión tan compartida como difícil de explicar. Para algunos, como Marcelo Bielsa, esto se da “porque en el fútbol no siempre ganan los poderosos”; para otros, como Albert Camus, porque en el juego están cifrados los códigos de la vida; para Jorge Luis Borges, en cambio, “el fútbol es popular porque la estupidez es popular”, y es además “uno de los mayores crímenes de Inglaterra”.

Eduardo Sacheri cree entender a qué apuntaba Borges y destaca el carácter metafórico del fútbol: “Hay un esfuerzo de los ingleses de metaforizar la violencia en algo un poco menos violento. Es un esfuerzo interesante. Yo entiendo lo que le molesta a Borges del fútbol, que es la desmetaforización de la metáfora. Si hacemos los deportes como metáforas ligeras de la vida, no tenemos que perder de vista que son eso, porque si convertimos ese deporte de nuevo en una cuestión de vida o muerte, lo hemos privado de su carácter ligero, y además tomamos la parte por el todo”, desglosa con la claridad que le da su experiencia como de profesor de Historia y enamorado de Independiente, club en cuyo estadio encontró inspiración para buena parte de su obra. “La vida es algo compleja, inasible, confusa, angustiante, y Borges lo sabe. Los ingleses son maestros en esto de construir juegos, dotarlos de unas pocas reglas sencillas para favorecer la metáfora, y eso pasa a ser por un rato la vida y la muerte, pero es por un rato”.

Noticias: ¿Cuál fue la mayor enseñanza que le dejó a usted el fútbol?
Sacheri: Aprender a perder. Yo soy un tipo sumamente obsesivo, sumamente apasionado, sumamente exigente. Odio perder a lo que sea. En el momento en que soy derrotado, cuando juego al fútbol o cuando Independiente es derrotado, esos primeros minutos son horrendos. El fútbol me enseñó a contar hasta cien, no siempre lo logro, pero si en algún lugar lo aprendí es en el fútbol. He sido derrotado mil veces en la vida, en el trabajo, en el amor, en la política he sido derrotado casi toda mi vida, casi nunca he votado al que ganó. ¿He salido por eso a reclamar el fuego de los infiernos? No, sé perder, y lo aprendí jugando.