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Sociedad / 9 de enero de 2013

Las diez trampas de la autoayuda veraniega

Con vacaciones cada vez más cortas y angustias cada día más largas, el verano es la estación ideal para caer en las trampas de las soluciones espirituales “quick”.

Cuestión de autoestima:

Alguien tiene que decirlo de una buena vez: en la mayoría de los casos, la autoestima baja es pariente del sentido común, y no un sayo que nos ponen nuestros padres en la infancia. Buena parte de las personas que aseguran “no quererse” y le endilgan a ese sentimiento todos sus problemas, están a años luz de resultar queribles. Nos enamoramos de los demás por sus cualidades, y pretendemos amarnos a nosotros mismos sin demasiadas exigencias de base. La autoestima debería ser un fin a perseguir, nunca un cimiento de construcción. Si aceptamos que los amores nacen se desarrollan y mueren, ¿por qué encadenarnos a un “yo me amo” eterno y aburrido? Ya tenemos bastante con el instinto de supervivencia que nos lleva a tirar a los demás del bote en caso de emergencia, si a eso le sumamos dosis generosas de enamoramiento incondicional, la convivencia con el otro entra en crisis. Y por lo que se ve, algo de eso hay…

El mundo contra mí:

Aunque no nos guste, los otros son una gran fuente de información que tendemos a ningunear y asociar a conceptos como maldad o envidia. Por ejemplo, muchos padres se quejan cuando sus hijos son etiquetados por compañeritos del colegio. El problema es que esa etiqueta, la mayoría de las veces expresada de manera hiriente y dolorosa (acoso que sí debemos vigilar), contiene data interesante que convendría procesar. Después de todo, siempre habrá un “público” con el que interactuar y lo mejor es empezar temprano. Igual para los adultos. En el 90% de los casos, si el soberano asegura que alguien es aburrido o no tiene talento, está en lo cierto. Se ve mucho en los artistas frustrados que suelen poner las culpas afuera. Obvio que se puede (y se debe) perseverar, pero nuestra realidad camina por veredas ajenas. No somos necesariamente lo que ven; eso sí, tampoco hay que convertir en norma la convicción de que sólo ven aquello que no somos.

La ley de la atracción:

El único pecado que una teoría no puede cometer es, justamente, al que se abraza con ganas la Ley de la Atracción: omnipotencia. Hasta el planteo de la relatividad, que cambió la concepción de la ciencia moderna, tiene puntos sueltos que ni el propio Einstein pudo ensamblar de manera coherente. Sin embargo, millones de personas dan por válida esta idea simplona y absolutista de que uno “es” lo que piensa y, a partir de semejante enunciado escolar, construyen paradigmas de vida ligados a la concreción de deseos y objetivos. El subproducto más humillante son los jóvenes que pululan por los realities golpeándose el pecho mientras anuncian “Es mi sueño y lo voy a lograr”. Bueno, si la meta es alzarse con el premio en un programa patético que será olvidado al otro día, puede ser que el enunciado funcione. Claro que si hablamos de logros más serios y perdurables, la famosa Ley se cae a pedazos y no resiste análisis.

Meditaciones y otras yerbas:

Occidente funciona como una gran aspiradora que succiona religiones profundas, filosofías trascendentes y miradas foráneas con un único objetivo: seguir alimentando al monstruo. Cuando meditamos nos sentimos mejor. ¿Resultado? El sano hartazgo de vivir en una sociedad consumista que devora a los más débiles, queda sepultado gracias a la importación de una conducta que, fuera de su ámbito natural, se convierte en arma letal contra la toma de conciencia. Porque si el simple hecho de comprar en tiendas de lujo mientras parte de la población permanece hambreada, debería provocar arcadas en buena parte de la población occidental, basta con una refrescante clase de yoga para seguir gastando sin culpa gracias al combustible espiritual renovado por estos retazos orientales que llegan a nuestras costas occidentales procesados, y con la consistencia de papilla para bebé.

Madre naturaleza:

La gran mayoría de quienes se abrazan a un árbol al grito de “Cuidemos el planeta”, olvidan lo siguiente: están acá porque sus abuelos hicieron todo lo contrario. Debido a los excesos cometidos, hoy andamos un poco asustados y culposos, tratando de reconciliarnos con la Pacha Mama y otros manotazos de ahogado por el estilo. Sin embargo, en breve redescubriremos que nuestra “madre” no fue demasiado piadosa con los dinosaurios, y eso que ni siquiera inventaron la rueda. En el futuro, y si no queremos ser barridos por un meteorito al tiempo que le cantamos canciones de alabanza al Uritorco, deberemos retomar la ruta que nos hizo grandes: dominar la naturaleza para no ser calcinados por un volcán en erupción. Mientras tanto, si quieren comer semillas y caminar descalzos por el parque del country, allá ustedes. En términos históricos, la reconciliación no les va a durar mucho.

Guías espirituales:

“Todo lo que ilumina, quema”. La idea del sabio como alguien que te hace sentir bien es relativamente nueva y no resiste análisis. Los grandes pensadores de la humanidad fueron cáusticos, y el contacto con sus obras nunca resultó cómodo ni produjo cambios inmediatos. Pensar que nuestra vida puede mutar al arrullo de un señor sonriente que roba cuentos y leyendas de Internet, es ridícula pero parece funcionar desde lo comercial. Tanto hablar de energías y jamás nos detenemos a pensar en lo que pasa cuando metemos los dedos en el enchufe… Un gurú verdadero propinaría cachetadas con la lengua y despertaría a su audiencia con frases escandalosas, muy alejadas de los tonos pasteles y paisajes bucólicos que abarrotan los programas de cable dedicados al tema.

Mayas, egipcios y otros fracasados exitosos:

Por lo que nos dicen, tenían una sabiduría inconmensurable y conocían al dedillo los secretos del universo, tanto como para estar en contacto con seres extraterrestres y mantener comunicaciones fluidas; eso sí, lo único que quedó de ellos son despojos que debemos desenterrar y monumentos gloriosos que pisotean los turistas mientras se sacan fotos patéticas. Con todo cariño, ¿no podríamos admirar a alguien que haya sobrevivido? Esta gente será muy respetable pero desapareció del mapa dominada por culturas menos sofisticadas aunque más pragmáticas. Más vale bárbaro incivilizado en mano que mil mayas que de tanto saber acumulado, terminaron convertidos en una suerte de Disney arqueológico, donde en lugar de sombreros con orejas te venden amuletos de plata falsa.

Reencarnaciones:

Salvo que el lector provenga de una familia patricia, apuesto lo que quieran a que les pregunto cómo se llamaba su bisabuela y entran en dudas. El periplo de los muertos puede resumirse así: primero su foto va al cuarto, después al living, más tarde queda arrumbada en un pasillo y de ahí a la baulera. Y hoy con las cámaras digitales ni siquiera eso; jamás alcanzan el papel. En términos conceptuales, la reencarnación resulta interesante sin nos hablan de Napoleón, Cleopatra, o de algún difunto cercano y querido que partió hace poco. Por lo demás, lo que haya hecho una pastora desconocida del siglo diecinueve que se pasó la vida persiguiendo ovejas en la pradera, mucho no parece importarle a nadie. Además, los más afectos a estas creencias son personas exitosas y ricas que se sienten cerca de la “última encarnación”, antes de alcanzar el plano “divino” definitivo; por eso la vida los premia con fama y fortuna…

No lleves mucha carga:

Se trata de un buen consejo aunque bastante difícil de llevar a la práctica. En el mundo actual, el simple hecho de abrir la puerta todos los días cuesta una fortuna. Por otra parte, dado que ya no existen deseos sino que todas son necesidades más o menos disfrazadas, la idea de luchar contra el consumismo puede resultar agotadora y fatal. Lo mínimo ya es demasiado y hay que remar duro y parejo con el fin de obtenerlo para no quedar en la banquina. Algo de carga podemos reducir, igual las cartas están echadas: la musculatura que debemos desarrollar para vivir con los justo se parece a la del señor que, por tele, ayuda al ama de casa a limpiar la cocina.

El engaño del éxito:

Una de las contradicciones más crueles del universo de la autoayuda es el ejército de gente exitosa que nos dice “El éxito no importa”; los ves ahí, arrancándose las mechas por llegar o mantenerse al frente de sus emprendimientos, y después lees en las revistas que no caen (y nos recomiendan no caer) en las trampas malditas del ego que destruye al ser humano y le impide reencontrarse con su verdadera esencia. Porque las celebridades que muerden el pasto en serio y quedan fuera de ruta para siempre, ven vírgenes y otras imágenes por el estilo en el fondo de sus casas, mientras los que están en carrera hacen culto del espíritu y meditan junto a posesiones millonarias que, según anuncian muy orondos, carecen de toda importancia ante la inmensidad del alma. Gurúes incluidos, llegamos a 2013 con exceso de combustible y una absoluta falta de espíritu.