Brasil 2014 / 9 de junio de 2014

#MundialCrítico

Cristina Pérez le escribe al DT argentino: “Sabelo, Sabella”

Las contradicciones que deberá enfrentar el técnico de la selección nacional y su falta de autoridad. Fútbol K y fin de ciclo. El factor Messi.

AJUSTES. Sabella pasó el primer cimbronazo por la conformación del equipo y las figuras excluidas.

Somos los mejores del mundo porque tenemos a Messi pero la selección nacional de fútbol no gana un mundial desde hace 28 años. Y desde hace 20 no gana nada. Durante tres décadas, la cosecha de delanteros letales que cotizan en euros no pudo ser gestionada con eficiencia para rendir en copas con la celeste y blanca.

Lo único que no cambió en todo ese tiempo, ni con el fin de la dictadura militar, fue la presencia de Julio Grondona como mandamás de la AFA. Fidel Castro dio lugar a su hermano Raúl; Hosni Mubarak fue destituido luego de treinta años de puño apretado en Egipto, y hasta abdicó ya el rey Juan Carlos de España. Julio Grondona sigue y “todo pasa”.

¿Qué condiciona a la Argentina en este mundial donde a la efervescencia anímica de la autoestima nacional se le suma la bala de plata soñada para un Gobierno que pelea con su propia sombra en el fin de ciclo? Podría decirse, en principio, que a la selección la condicionan como siempre o más que siempre, las grandes expectativas. “Nunca te confíes en tus expectativas” porque “se sientan en el aire”, dice William Shakespeare. Y, a mayores expectativas, menos se trata de un juego.

Pero pasemos a algo mucho más básico y primordial en todo equipo como es la toma de decisiones. La historia quiere que el DT militante y nac & pop, Alejandro Sabella, haya tenido que dejar afuera al jugador surgido de los potreros excluidos de Fuerte Apache. La injusticia contra la ley del mérito ensombreció la primera lista de convocados dejando constancia en el reclamo popular. Y aunque en la espuma mundialista todo parece olvidarse, la memoria regresa en forma repentina a la hora de cobrar facturas.

Como si el Expediente Tévez fuera poca bolilla negra, Alejandro Sabella, en esencia es un técnico conservador –genuino producto de Estudiantes de la Plata–, debe ir a la carga con un equipo cuya genética da prioridad natural al ataque, donde se concentran sus ventajas competitivas y comparativas. “Nunca nadie tuvo tanto en materia ofensiva”, dice el periodista deportivo Roberto Incocciati.

¿Cómo jugará el software del instinto conservador sabelliano en su propia batalla conceptual con un hardware de misiles, tridentes y barriletes cósmicos del “fútbol que le gusta a la gente”? ¿Intentará ser un minotauro, mitad Mourinho, mitad Guardiola? ¿Se puede lograr tal progenie?

Si tan solo ahí se terminaran las contradicciones la cuestión sería menos compleja, pero usando la pregunta diabólica de los porcentajes: ¿En qué porcentaje decide Sabella? ¿Y si no decide Sabella en un ciento por ciento, quién más decide? Desde las épocas de Maradona en el banco de seleccionador se intenta lograr la alquimia grupal que haga feliz a Lionel Messi. De un mundial a otro algunas cosas cambiaron y ahora Messi influye más sobre lo que significa su propia felicidad. Se podría decir entonces que entre los jugadores hay un círculo rojo “messiánico” con bajada de línea de alto impacto –Messi y sus amigos– y luego viene el común de los mortales.

¿Sabella puede terminar despersonalizándose por estos influjos como le pasó al Tata Martino en su paso por el Barça, donde llegó recomendado por el papá de Lio? A este condicionante que todos consideran obvio porque “si tenés al mejor jugador del mundo tenés que darle bola”, se suma la injerencia de Don Julio y hasta del jefe de Gabinete, Jorge Capitanich, que luego de fracasar en su armado televisivo con Marcelo Tinelli intenta mojar al menos una jugada de pizarrón.

Ya se sabe que el micro está ploteado con la leyenda “No somos un equipo, somos un país”, un motto que queda en la lista de búmerans posibles en caso de que todo salga mal. A esta altura cualquiera puede pedir que dejemos de dramatizar, que es solo un juego, que lo único importante en realidad es que no gane Brasil.

Pero, contra toda requisitoria de la razón y porque el fútbol es ante todo un fenómeno emocional, estaremos todos hipnotizados tras el balón buscando reemplazar con la gloria de los goles alguna épica inexistente pero tan necesaria para la subsistencia del gran ego nacional.

La presión encima no termina ahí. Sabella también carga con otro factor desestabilizante. En la figura de Diego “El Cholito” Simeone el futuro parece “proyectar una sombra anterior”, como diría Nathaniel Hawthorne. Es la sombra de un heredero hambriento de gloria. Fenómeno en el Atlético de Madrid, al que llevó a las puertas de la Champions League y consagró como campeón español, Simeone vistió con brío y convicción la camiseta argentina y se perfila como el Guardiola latino que se hizo técnico cuando alentaba a sus pares.

Seguramente nada de esto es nuevo. Y, si Argentina lograra el milagro, la lluvia ácida diluviará sobre esta columna en forma inclemente. Pero, por las dudas, porque nobleza obliga, porque lo pide la tribuna, porque lo quiero decir antes del diario del lunes: si no lo sabías, Sabelo, Sabella.

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