En noviembre de 2025, Javier Milei pasó 2 horas y 19 minutos por día en “X”, como demuestra un trabajo realizado por el sitio “milei.nulo.lol”. Si se le sumara Instagram, la otra red que maneja personalmente el Presidente y de la que es un usuario muy activo —ha tenido jornadas en las que comparte más de 50 historias—, una estimación tímida diría que al menos habría que sumar otra hora más.
Pero el punto es que, desde el anteúltimo mes del año pasado, la cantidad de minutos del mandatario en “X” no para de aumentar. Para febrero era de 2 horas y 20 minutos, en marzo de 2 horas y 31 minutos y en lo que va de abril lleva un promedio de 2 horas y 48 minutos, llegando incluso a pasar 4 horas y 5 minutos en un día, como fue el caso del 2 de ese mes. Es algo parecido a una adicción.
Y si todas las dependencias tóxicas son por definición nocivas, en el caso del libertario y las redes vienen con un problema adicional: en este terreno, donde se parió gran parte del fenómeno, el oficialismo viene perdiendo terreno y presencia a ritmo acelerado, entre escándalos de corrupción, la malaria económica y una interna sin final. La obsesión del Presidente ni siquiera funciona en su propia arena. El troll está desnudo. Milei, y también Santiago Caputo, bien podrían argumentar que las largas horas que le dedica el libertario a la pantalla de su celular no son simplemente un esparcimiento.

Por un lado, es imposible separar al fenómeno libertario del mundo virtual. Si bien la plataforma física desde la cual Milei se hizo conocido fue un panel de televisión, la autopista por la que aceleró a toda velocidad hasta el corazón de sus seguidores más fieles —que luego serían sus votantes— fueron las redes sociales. Los jóvenes que lo empezaron a seguir en el 2018 y 2019 no lo veían tanto en vivo en “Animales Sueltos” o en “Intratables”: lo consumían a través de los clips que llegaban por Whatsapp, TikTok, Twitter o Instagram. No es para nada exagerado afirmar que Milei fue el primer producto político genuino de las redes, el primer exponente del nuevo paradigma político, en el que el algoritmo pesa igual —o más— que la calle: desde los celulares llegó a las urnas, y no al revés. No es casualidad que su primera candidatura, a diputado en 2021, fuera anunciada en una transmisión en vivo de Instagram.
Para el arranque de 2023, el año en que se convirtió en Presidente, era el político argentino con más seguidores en Instagram (por arriba de Cristina Kirchner y Mauricio Macri) y ni uno solo de los videos que subía Iñaki Gutiérrez a su cuenta de TikTok bajaba del millón de reproducciones. Incluso más: muchos de los que luego ocuparon posiciones clave en el Gobierno se conocieron gracias a las redes, como gran parte de la cúpula de “las fuerzas del cielo”.
Entonces, dirían Milei, Caputo o “El Gordo Dan”, las redes sociales son la columna vertebral del fenómeno. Gracias a ellas llegaron a lugares que de otra manera no hubieran podido, construyeron sentido y pertenencia sin abrir una unidad básica en cada barrio. Y no solo eso: desde que es Presidente, el libertario las utiliza como una forma de gobernar. Sea para insultar a periodistas u opositores, para expulsar funcionarios, o para anunciar medidas, gran parte de la agenda política se construye desde sus cuentas personales.

El tono de todos los posteos presidenciales es siempre extremo, violento y soez, siguiendo la regla de oro de Donald Trump: “Nunca hay que ser aburrido”. Esa retórica ultra es replicada por sus seguidores, llevando el diálogo democrático al límite. Como dice Giuliano da Empoli: estos son los “ingenieros del caos”, que reinventan la propaganda adaptada a las redes sociales, donde el objetivo es el “compromiso”, es decir, la adhesión inmediata. Sin embargo, para Milei y el Gobierno, las redes dejaron de ser territorio propio. Hoy son un frente problemático.
Rebelión en la granja
Comentarios como los de @bernardoelmago, @matilara14, @vonpaulus o @patri_schwarz reflejan una tendencia clara: la mayoría de las respuestas en “X” son críticas. No es percepción: según la consultora Monitor Digital, la presencia de Milei en redes está en su piso histórico. Pasó de 3,1 millones de acciones en diciembre de 2023 a 400 mil en marzo, una caída del 87%. Parafraseando a Raúl Alfonsín, que hablaba del “despoder”, acá el fenómeno es claro: tuitear más y pesar menos.

El mismo informe señala un aumento fuerte de la negatividad: la Casa Rosada acumuló 540 mil menciones con 93% negativas, mientras que Milei tuvo 830 mil menciones con 89% negativas. Incluso perdió el liderazgo en “X” frente a una sorpresa: Myriam Bregman. La consultora Ad Hoc confirma la tendencia: temas como la inflación y el escándalo de Adorni generaron una conversación digital mayoritariamente negativa. Siete de cada diez menciones fueron críticas.
Un vicio más
El propio Sean Parker, ex presidente de Facebook, lo explicó: las redes generan un bucle de dopamina basado en la validación social. Mark Zuckerberg y otros creadores lo sabían. Y lo hicieron igual. La pregunta es inevitable: ¿hasta dónde afecta esto a Milei? Los datos muestran un Presidente cada vez más aislado: menos entrevistas, más viajes y menos contacto personal. Según registros, en noviembre recibió solo 29 personas en Olivos, y en la última semana de diciembre, a nadie.
La ciencia también aporta: según la Sociedad Española de Neurología, más de 2 horas diarias en redes aumenta el riesgo de ansiedad, deterioro cognitivo y problemas de sueño. La Universidad de Oregon agrega que más de 22 accesos diarios duplican la probabilidad de sentirse solo. Y la Journal of Affective Disorders vincula el uso problemático con depresión y ansiedad. Está claro que las redes no explican por sí solas a Milei. Pero sí pueden ser un acelerador. El celular, como dicen sus seguidores, puede ser un arma. En este caso, parece estar volviéndose contra él.















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