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Cultura / 6 de septiembre de 2018

Psicoanálisis: Buenos Aires según Élisabeth Roudinesco

En su último libro, “Diccionario amoroso del psicoanálisis”, la prestigiosa psicoanalista francesa dedica un capítulo a la pasión argentina por el diván.

Historiadores y sociólogos se han preguntado siempre por qué el psicoanálisis tuvo el impacto que tuvo en la Argentina, hasta el punto de convertirse en una suerte de cultura de masas y un verdadero fenómeno social. Según las cifras a las que he
llegado, se sabe que a fines del siglo XX la cantidad de psicoanalistas disponibles para la población argentina era una de las más altas del mundo, junto con la de Francia y Suiza. Igualmente importante es la cantidad de asociaciones psicoanalíticas que hay en la Argentina y sobre todo su diversidad, ya que cubren todas las tendencias del freudismo. Pero la Argentina no sólo llegó a ser en la segunda mitad del siglo XX la primera potencia psicoanalítica del continente americano; también promovió una formidable expansión del movimiento psicoanalítico en el conjunto del territorio latinoamericano, aunque con diferencias en cada país. En Brasil, que fue el primer país de implantación del freudismo en el período de entreguerras pero nunca una tierra de exilio para los psicoanalistas europeos, los argentinos aportaron un aire de renovación a partir de 1945, a través de migraciones sucesivas o intercambios clínicos. Así contribuyeron a transformar el conjunto del continente latinoamericano en un espejo de Europa, capaz de rivalizar con ella pero también con el continente norteamericano, donde el psicoanálisis entró en decadencia —una decadencia paradójica, por otro lado— a partir de 1960. Cuando se habla de la Argentina se habla ante todo de Buenos Aires, y nos gusta Buenos Aires, porque fue allí donde se realizó el milagro argentino del psicoanálisis, que se sabe que en todos los países es ante todo un fenómeno urbano. En el período de entreguerras, Buenos Aires reinventó de algún modo el amor del psicoanálisis, esa pasión freudiana que tanto había marcado a Europa. Lo reinventó hasta fines del siglo XX, en un momento en que los herederos de la epopeya vienesa parecían sufrir una suerte de melancolía ligada con lo que he llamado la sociedad liberal depresiva, una sociedad donde los tratamientos del alma prefieren recurrir a la farmacología antes que a la difícil inmersión en el inconsciente. Buenos Aires no es otra cosa que la nueva Viena, la nueva Atenas, la nueva Jerusalén soñada por el occidente freudiano, algo que sólo es cierto en la medida en que en la Argentina, con Buenos Aires como cabecera de puente, el psicoanálisis es en primer lugar y siempre Europa, una Europa ilimitada, multiplicada, sin fronteras. De ahí una situación muy particular que confirió una hermosa vivacidad a esa extraña academia de intelectuales porteños [en castellano en el original] tan distintos entre sí, pero unidos por un exilio común, por pasiones violentas al estilo de las antiguas dinastías heroicas. Ellos fueron los fundadores de la escuela argentina de psicoanálisis, y sus herederos emigraron luego a Europa y a todas partes del mundo para formar una diáspora, como lo habían hecho antes que ellos los pioneros europeos, obligados a exiliarse por el fascismo. Pero más que reproducir la jerarquía de los institutos europeos y norteamericanos, en la que predominaba la relación maestro/alumno, formaron más bien una “República de Iguales”, siempre exiliados o herederos de exiliados, y pensaron seriamente en acoger a Freud en su continente cuando se vio obligado a abandonar Viena. Se llamaban Enrique Pichon Rivière, Marie Langer, Ángel Garma, Arminda Aberastury… He conocido a sus herederos, a los que dediqué extensas entradas en el Diccionario del psicoanálisis. En la Argentina, pues, el psicoanálisis es un flujo migratorio. Y así como cuando un europeo urbanizado llega a Buenos Aires experimenta una sensación de déjà-vu, de inquietante extrañeza —como si estuviera en una ciudad que ya conoce, Barcelona o Madrid—, así, cuando se encuentra con un psicoanalista argentino, tiene frente a sí no sólo un semejante sino una imagen
curiosamente invertida de sí mismo. En esa torsión, en esa figura topológica que habría fascinado a Lacan si hubiera tenido la oportunidad de ir a Buenos Aires con la misma frecuencia con que iba a Roma, todo sucede como en un relato de Jorge Luis Borges, como en un cosmos cosmopolita a la manera de Borges. Las palabras son las mismas, las referencias son las mismas, los hombres y las mujeres son los mismos. La ciudad, por su parte, se parece a una torre de Babel —ciudad virtual por excelencia— que contiene todas las posibilidades, de manera que el yo ya no sabe si existe, si sueña o si es soñado. A partir de 1930, la Argentina acusa las repercusiones de los acontecimientos europeos. La clase política se dividió en partidarios y adversarios del fascismo, mientras que en los debates intelectuales el freudismo y el marxismo pasaban a ser las dos doctrinas de un sueño de libertad. En esa sociedad construida en espejo de Europa, donde los hijos de inmigrantes empezaban a acceder al poder, el psicoanálisis parecía estar en condiciones de darle a cada sujeto un cierto conocimiento de sí, un acceso a sus raíces, por imaginarias que fueran. En ese sentido fue menos una medicina de la normalización, reservada a verdaderos enfermos, que una experiencia de sí al servicio de una utopía comunitaria, desligada, con todo, de cualquier proyecto comunitarista. Y dado que no se confundió, como en los Estados Unidos, con el coto de caza de una medicina psiquiátrica apegada a un ideal higienista de naturaleza puritana, jamás se redujo a un simple tratamiento psíquico para neuróticos. En otras palabras, puso en juego una ética del deseo antes que un individualismo del goce o de la necesidad. De ahí su éxito, único en el mundo, entre las clases medias urbanizadas. De ahí también su extraordinaria libertad, su distancia respecto de los dogmas o, al revés, su exacerbada fascinación con un
dogmatismo barroco teñido de escarnio. Buenos Aires es la única ciudad del mundo donde encontré una verdadera secta psicoanalítica cuya sacerdotisa, iniciada en el chamanismo en el África, veneraba los nudos borromeanos de Lacan (esas figuras topológicas hechas con tres anillos) como si fueran símbolos alquímicos. Pero Buenos Aires fue sobre todo, ahora en serio, de entre todos los lugares de implantación del freudismo, la única ciudad del mundo donde se inventó una expresión específica para designar el tratamiento, una definición que parecía excluir la transferencia: se dice “analizarse” y no “hacer un análisis”, o “seguir un análisis”, o “entrar en análisis”. Además —y eso nunca fue una moda—, el amor del psicoanálisis siempre fue intenso. A tal punto que cada sujeto urbanizado de ese mundo cosmopolita parece haber sentido durante décadas —pese a las crisis económicas y el horror de una de las dictaduras más sangrientas del continente— el deseo de no abandonar jamás el diván, y por lo tanto de analizarse varias veces a lo largo de la vida, en sucesivas “rodajas”, tanto para ir al encuentro de las múltiples facetas de su yo despedazado, tanto para experimentar distintas técnicas en la búsqueda de un inconsciente siempre inhallable y siempre reprimido: un análisis kleiniano, otro freudiano, un tercero lacaniano, etcétera.

Aunque me he cruzado en Buenos Aires con todas las modalidades de la cultura freudiana, no he dado con psicoanalistas que sepan realmente bailar el tango argentino. Al menos hasta ahora. Y pocos intelectuales. Como si en ese pensamiento, ese canto, esa danza, nacidos en los mataderos del sur, entre cuchilleros y lupanares —en ese pensamiento triste que se baila, y en ese canto que canta lo que se ha perdido para siempre—, se condensara la expresión más viva de otra cultura, una cultura popular nacida, con todo, ella también, de una mezcla migratoria, pero de la que está excluida toda forma de búsqueda racional de sí. En ese mundo reina lo contrario del psicoanálisis: la bravuconada viril, la complacencia en la desesperación. Un mundo que los argentinos urbanizados con los que me he cruzado sin duda prefieren confinar a los márgenes de su historia, o incluso a una historia de la que la misma Europa les había devuelto, en su culto del tango mundano, una imagen difícil de asimilar.

 

Publicado en “Diccionario amoroso del psicoanálisis” (Debate) con el título Buenos Aires, Soñar el yo.