martes, noviembre 19, 2019

CULTURA | 11-12-2018 14:13

Literatura: ¿Por qué todos quieren escribir?

Los talleres literarios se multiplican mientras el mercado del libro atraviesa su peor crisis. Los autores sobran mientras los lectores cada vez son más escasos.

En este mismo momento, miles de personas están sentadas frente a una computadora con el afán de darle forma a ciertos personajes, urdir una trama, pulir sus textos, desenmarañar el laberinto. Cantidades se embarcan en talleres de escritura y leen lo propio y lo ajeno, esperan que con la guía de un maestro puedan tallar el mármol y aparezca su propia voz. Son muchos los que participan en concursos nacionales e internacionales y ofrecen sus novelas, cuentos o poesías paridas con sudor y lágrimas a la evaluación de un jurado sin que, en la mayoría de los casos, medie devolución alguna. También hay quienes entregan sus originales a editoriales, grandes y chicas, o invierten sus ahorros para publicar un libro que irá a las bibliotecas de familiares y amigos. Si de profesionalizarse se trata, fueron 1.100 los inscriptos cuando en 2016 abrió la primera carrera universitaria de Escritura en la Universidad Nacional de las Artes (UNA).

Mientras tanto, en la otra punta de la misma escena, los registros de producción de la Cámara del Libro alertan que si en el primer semestre de 2016 se publicaron más de 10.6 millones de libros, en 2018 apenas superó los 6 millones de ejemplares. Las ventas se desmoronan y, en los últimos tres años, cerraron cincuenta librerías en el país.

¿Para quién escriben los que escriben? ¿Son más que quienes leen? Pasaporte a una trascendencia que parece de ficción.

Escribo después existo. El furor de la escritura es global y podría compararse con la enorme masividad que adquirió el running. Hay un punto de partida común: la presunción de que todo el mundo puede correr y de que cualquier escolarizado sabe escribir. Son disciplinas de lo posible, que hacen que muchos se animen a probar con el entusiasmo de “calzarse las zapatillas nuevas”. Ignacio Iraola, director del Grupo Planeta, acuerda: en principio, escribir no es como otro tipo de artes donde se necesitan conocimientos y materiales específicos.

“Dar una vuelta a la manzana, no te acredita para un maratón ni mucho menos pretender el podio. Los maratonistas tienen un entrenamiento de meses para correr dos horas. Quien se embarque en la escritura debería saber que hay que leer decenas de cuentos para escribir uno”, sostiene Víctor Malumián, al frente de Ediciones Godot y cofundador de la Feria de Editores.

En la era de las redes sociales, poder expresarse está sobrevaluado y la necesidad de ser visto es imperiosa. Cuando a Iraola le preguntan a qué se dedica y él dice que trabaja con libros, escucha una frase reiterada: “Uy, si yo te cuento mi vida…”. Su diagnóstico es que vivimos en una sociedad del ombliguismo, onanista y hedonista en la que todo el mundo piensa que su vida es motivo de literatura. “Me parece una falta de respeto al libro, en un momento de crisis absoluta de la industria donde se necesitan más lectores que escritores”. La ecuación está invertida o, como mínimo, alterada en las proporciones. La teoría de la escritora Fernanda García Lao es que los que escriben son los que leen. “Es un círculo que se nutre de sí mismo. Se redujo el universo de lectores y a la vez bajaron las tiradas, pero hay una horizontalización del terreno”, dice.

Santiago Llach participó en la creación de dos editoriales, Siesta y Garrincha Club, y es coordinador de talleres de lectura y de escritura. Él cree que se idealiza el pasado: “Las cifras de ventas de autores no eran tanto mayores que ahora. El mercado literario argentino es muy precario y la escena literaria siempre fue un ‘entre nos’, un teatro sin público (o sin demasiado público)”.

Por otro lado, las redes alimentan el “efecto seguidores”. “Sabés cuántos de los que quieren presentar sus originales te dicen: ‘Tengo mil seguidores en Twitter’. Todo el mundo cree que es famoso y hace cosas para ser famoso, así sea en las redes sociales o publicando un libro”, afirma Iraola.

La maldición. Tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro. El viejo mandato se reactualiza para producir, desde el deseo, algo con vida propia. “Se trata de dejar una marca. Escribir organiza porque hay algo de las ideas y de los sentimientos que se hacen tangibles y que parecen así poder controlarse”, opina la psicóloga Beatriz Goldberg.

Alan Talevi es farmacéutico y doctor en Ciencias Exactas y viene haciendo de la escritura un oficio. Ganó el Premio de la Fundación Itaú 2016 y el año próximo publicará su primer libro de cuentos (editado por la editorial independiente platense Malisia) y una novela corta (como e-book por Black &Noir). “Yo escribo porque disfruto y porque no puedo dejar de hacerlo. La escritura tiene que ver con recuperar las palabras de todos los días para tratar de decir cosas complejas que quizá no son las que decimos todos los días. Todos necesitamos expresar lo que nos desborda”. “Siempre en la literatura hay algo amateur: la literatura viene de la falla, de lo que no funciona; es la expresión personal, las figuraciones del lado B de la vida, narraciones de lo que no cierra”, dice Llach. García Lao considera que escribir más que un oficio es una maldición: “Uno escribe para los no nacidos y tiene una biblioteca de muertos. La paradoja es que hay que sacarle el peso a la creación y ser consciente de que eso tan importante para uno, no significa lo mismo para la humanidad”.

Liliana Villanueva es una arquitecta que durante décadas metió los pies en el barro de distintos talleres de escritura. Parte de ese recorrido dio forma a “Maestros de la escritura” (Ediciones Godot). Para ella, escribir es intentar entender la vida. “Cuando la escritura no es exhibicionista, cuando no está directamente en función del narcisismo, puede llegar a ser una traducción o interpretación muy cercana a lo que nos pasa, a lo que vivimos, a la experiencia con los otros, a las vidas de otros”.

Democratización. El escritor Guillermo Saccomanno remarca que la escena actual está atravesada por dos grandes ejes: el auge de editoriales independientes “que vienen haciendo patriada” y un notable fenómeno de escritoras que, asegura, empezó a gestarse cuando el país se derrumbaba en 2001. “Eran las de mayor constancia, pasaban todas las peripecias y escribían”, reflexiona. Marcos Almada, responsable de Alto Pogo Ediciones, encuadra al fenómeno de los sellos independientes también como consecuencia de aquella crisis y del movimiento catapultado por los poetas que no encontraban lugar en las editoriales tradicionales. “Fue naciendo la inquietud de muchos de armar un sello propio. Varios no perduraron, otros se han profesionalizado”, explica. “La cantidad de editoriales chicas han abierto la puerta a muchas nuevas voces, algo que me parece fantástico. Pero muchos, aunque publiquen un libro o dos, no llegan a hacer obra, que requiere de una actitud diferente hacia la escritura y es una decisión de por vida”, apunta Villanueva.

Iraola resalta que la mayoría de los que escriben quieren publicar, incluido los escritores profesionales (que apuestan a aumentar sus títulos pasando a veces por alto la pregunta de si todo merece ser publicado). “En un mercado en retracción, eso se transforma en un problema. Piensan: ‘Me publican, me va bárbaro, Netflix me contrata y me hace la película o la serie’. La gente vive en una película”, afirma. Malumián recibe poemarios todas las semanas, sin embargo en su sello editorial publican ensayos y ficción clásica. “¿No te tomaste dos minutos para saber a dónde dejás tu obra? ¿Es algo donde pusiste tanto tiempo y energía y no lo cuidás?”, se indigna, porque subraya que, antes que nada, la literatura es un diálogo con el ecosistema y quienes quieren que los lean suelen cometer la paradoja de no leer el contexto.

En una época donde lo instantáneo se menea con lo fugaz, la escritura es una bofetada a espíritus ansiosos. “Trato de apaciguar a los que están apurados por publicar, en general, esos terminan demorando más que el resto. Creo que están más urgidos por ser escritores que conectados con el acto creativo”, afirma García Lao.

Santiago Llach les dice a sus talleristas que no importa demasiado si los leen diez, cien o mil: “Lo que importa es ese proceso por el cual le das un cauce externo al desorden de los pensamientos. Escribir te ayuda a entender qué pensás”. Saccomanno coincide en que publicar debería ser el resultado de una larga reflexión de la escritura. “Hoy te publican cualquier cosa porque hay editoriales chicas y grandes, editoriales para rengos y para atletas, pero que se publique más no quiere decir que haya más calidad de literatura”, opina. “Ni publicar ni ganar un premio es vivir en la escritura. Vivir en la escritura es cuando entendés el universo como una maquinaria literaria que terminará en un papel”, postula García Lao. Y conste que se refiere a vivir en la escritura y no de la escritura. Eso, claro, es otro cuento.

Talleres literarios. A partir de la investigación que Liliana Villanueva hizo para “Maestros de la escritura”, sostiene que el tipo de taller organizado por un escritor o escritora en su espacio privado es, como decía Abelardo Castillo, un invento argentino que surgió en los ´70 por motivos políticos, a causa de las restricciones a la libertad de reunión que imponía el estado de sitio. “Este tipo de taller se desarrolló en el Río de la Plata hasta convertirse en una tradición única en el mundo”, asegura.

La experiencia de Santiago Llach, que empezó hace 20 años con dos alumnos y hoy tiene quince grupos bien concurridos, es que la gente va a expresarse. Algunos llevan la ambición de convertirse en escritores y otros no. A quienes quieren sumarse a sus grupos de trabajo, Fernanda García Lao les pide que le envíen un cuento breve y una lista de autores preferidos. “Lo que me interesa es instigar al arte y licuar los lugares comunes, fomentar el espíritu crítico frente al propio texto”, dice. Guillermo Saccomanno dio talleres durante dieciséis años y dejó de hacerlo porque le demandaba tanta dedicación que se “sulfató”.

“Cuando daba talleres, me interesaba más tener buenos lectores. Es más lo que yo aprendía que lo que enseñaba. Los otros siempre vienen con su saber y su ignorancia, es una transacción en la que vas acompañándolo en su indagación”, explica. En “Maestros de la escritura”, Liliana Heker dice: “Todo borrador se puede perfeccionar, pero creo que no toda persona que escribe tiene talento para escribir y que eso se vuelva significativo. No cualquiera puede ser escritor”.

por Valeria García Testa

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