Jueves 1 de diciembre, 2022

EN LA MIRA DE NOTICIAS | 11-07-2022 15:03

En pleno vuelo sin un piloto a la vista

Con la excepción de los kirchneristas más fervorosos y sus equivalentes de otras latitudes, todos coinciden en que, sin plata, el populismo es un desastre.

Todo sería más fácil si los tiempos de la política coincidieran con los fijados con tanta precisión por la Constitución nacional, pero este dista de ser el caso. Aunque parecería que el kirchnerismo ya está dando sus estertores de muerte porque el fracaso del orden que ha instalado es dolorosamente evidente, todavía le quedan 18 meses en el poder. Hasta fines del año que viene, pues, la Argentina tendrá que manejarse con un gobierno que carece de la autoridad que necesitaría para impedir que la crisis económica produzca estragos que sean aún más graves que los que ya ha provocado. Si bien no hay nada escrito, muchos temen que al país le aguarde otro cataclismo socioeconómico.

Puesto que no están en condiciones de gobernar con solvencia, las distintas facciones del Frente de Todos han optado por concentrarse en la lucha por “cajas” que, esperan, les permitirán sobrevivir a los desastres que ven aproximándose a una velocidad desconcertante. Mientras tanto, la oposición, que no quiere correr el riesgo que le supondría una salida inconstitucional -o una posibilitada por una eventual decisión kirchnerista de entregarle los símbolos del poder luego de convocar a una asamblea legislativa- del atolladero en que se ha metido el país, continuará preparándose con lentitud para encargarse de una situación que a buen seguro sea decididamente peor que la actual. No le está resultando del todo sencillo; tarde o temprano, tendrá que comprometerse con medidas que asustarían al grueso del electorado.

El fin del ciclo que comenzó hace casi veinte años se ve complicado por la situación personal de quien ha sido su protagonista. Desde la muerte de Néstor Kirchner en octubre de 2010, el kirchnerismo depende del carisma que se atribuye a Cristina Kirchner. Es el adhesivo que lo ha mantenido unido. Para los fieles, la señora ha sido una suerte de papisa, una jefa no sólo política pero también espiritual en que hay que confiar, pero últimamente el aura de infalibilidad que ha sabido irradiar entre sus simpatizantes se ha hecho menos intensa. Privada de ella, Cristina no será más que una política común, una como aquellos caudillos que por un rato acaso largo se vieron beneficiados por la convicción difundida de que eran diferentes de los demás pero que, sin que comprendieran muy bien los motivos, terminaron despreciados por quienes los habían idolatrado. Es lo que le sucedió a Carlos Menem, el “mejor presidente desde Perón” a juicio del Néstor de 1994.

Para la ex presidenta reciclada en vicepresidenta todopoderosa, el desvanecimiento del carisma misterioso que por más de una década le permitió dominar el escenario político está teniendo consecuencias traumáticas que inciden en su conducta. No le es dado alejarse del ruido mundanal para dedicarse a escribir sus memorias. No tiene más alternativa que la de defender el “espacio” que ocupa por los medios que fueran porque cualquier manifestación de debilidad la acercará más a la cárcel por delitos que cometió cuando una parte sustancial de la población del país, y ella misma, la consideraban por encima de la ley. Desgraciadamente para Cristina, la evidencia en su contra es abrumadora y son cada vez menos los que fingen creer que las acusaciones que enfrenta se basan en “lawfare” impulsado por los enemigos de la causa popular.

Como no pudo ser de otro modo, la lucha desesperada de Cristina por conservar el poder que aún le queda en medio de una tormenta económica devastadora que todos los días deposita miles de personas en la pobreza, hace todavía más oscuro el panorama frente al país. A pesar de ser humillado con regularidad por quien le abrió las puertas de la Casa Rosada, el presidente titular sigue mostrándose más preocupado por apaciguarla que por procurar frenar la inflación o estimular al alicaído “sector productivo” del que depende todo lo demás.

Para frustración de quienes lo rodean, Alberto Fernández se ha resignado a que Cristina lo prive del apoyo de los piqueteros oficialistas del Movimiento Evita de Emilio Pérsico, el que, claro está, no quiere que los intendentes del conurbano administren los subsidios financiados por los contribuyentes que el Estado entrega a quienes “trabajan” para él haciendo número en manifestaciones callejeras. Otros dirigentes piqueteros que comparten su punto de vista han comenzado a oponerse frontalmente a la vicepresidenta, tratándola como una enemiga jurada de los pobres. Es lo que ha hecho con su furia habitual Luis D’Elía al acusarla de “traición”.

De sumarse más voces al coro de quienes están despotricando contra lo que ven como un intento de despojarlos de un pedazo valioso del botín político con el propósito de conseguir el respaldo interesado de los intendentes bonaerenses y algunos gobernadores provinciales, Cristina podrá perder el apoyo de los pobres del conurbano que conforman una proporción muy significante de su capital electoral. Aunque es posible que le resultara ser un buen negocio, sobre todo si le permite reconciliarse con los hartos de tener que soportar los acampes y las protestas callejeras casi cotidianas que organizan los “movimientos sociales”, la maniobra entraña muchos riesgos. De aumentar todavía más el índice de repudio que ostenta que, según los sondeos más recientes, ya se acerca al setenta por ciento, perdería los fueros informales, que le importan tanto como los institucionales, que le han permitido mofarse de la Justicia. Para Cristina, dicho índice es clave; a menos que mejore pronto, algunos militantes kirchneristas, además de aquellos peronistas que nunca la han querido pero han respetado su capacidad para suministrarles los votos que necesitan, podrían llegar a la conclusión de que a todos les convendría que la Corte Suprema determinara su destino.

Aunque “la doctora” entiende muy bien que su propio futuro está vinculado con aquel de la economía nacional, no tiene la menor idea de lo que podría hacer el gobierno que armó para postergar el colapso para que ocurra cuando otros estén en el poder. Así y todo, no vacila en ordenar a Alberto y Martín Guzmán probar suerte con medidas contundentes, de ahí el intento de obstaculizar las importaciones y de asegurar que a la gente de a pie le sea aún más difícil conseguir algunos dólares. Se resiste a entender que, sin insumos procedentes del exterior, la economía no podrá funcionar.

Asimismo, como otros partidarios de la causa nac&pop, Cristina se dejó convencer de que imprimir cantidades astronómicas de billetes -ahora vienen decorados con retratos de una selección de próceres más inclusiva que en otros tiempos- es innocuo porque la inflación no es un fenómeno monetario sino uno “multicausal”. Por desgracia, la realidad dice otra cosa. Mal que les pese a los resueltamente heterodoxos, preocuparse por temas como la emisión y el déficit fiscal no es una perversa manía derechista. ¿Está por cambiar de opinión la vicepresidenta? Es posible; extrañaría que los economistas profesionales como Martín Redrado y, hace poco, Carlos Melconian, con los cuales ha estado dialogando, no hayan intentado convencerla de que no le convendría en absoluto continuar aferrándose al vetusto libreto populista de su protegido Axel Kicillof. No sorprendería, pues, que un buen día Cristina, impresionada por la popularidad alcanzada en tiempo récord por el libertario Javier Milei, emulara a Menem y comenzara a hablar como una neoliberal de toda la vida por suponer que sólo así podría reconectarse con quienes la habían votado en 2011 cuando arrasó en las elecciones presidenciales. Después de todo, es lo que hace cuarenta años hicieron, con éxito fulminante, los comunistas chinos.

De todos modos, Cristina sigue siendo prisionera de su propio pasado y, merced en buena medida a su continuado protagonismo pero también a la rigidez que es característica de la Constitución, también lo es el país. Para muchos kirchneristas, en especial para aquellos que hace mucho dejaron de ser jóvenes maravillosos, la Argentina tomó un camino equivocado en los años setenta del siglo pasado y por lo tanto tiene que volver sobre sus pasos y comenzar todo de nuevo, sin que les perturbe el hecho de que desde entonces el mundo se haya transformado de manera radical.

Entre otras cosas, hoy en día virtualmente todos los gobiernos, sean conservadores, centristas o de izquierda, toman muy en serio la inflación; suelen preferir que la economía local entre en recesión a tolerar una tasa anual que aquí sería considerada meramente anecdótica porque comprenden que sin estabilidad monetaria nada puede funcionar bien. Para más señas, desde su punto de vista, la incapacidad evidente de la clase política argentina de defender el valor de la moneda nacional es síntoma de una enfermedad debilitante que se manifiesta en otros ámbitos de la vida nacional.

Están en lo cierto: la debacle económica, la catástrofe educativa, la inseguridad ciudadana y la parálisis política que, en el fondo, se deben al escaso rigor mental de quienes desempeñan los papeles más influyentes, están íntimamente relacionadas. Con el pretexto de que exigirles más a quienes ocupan puestos importantes no sólo en el Estado sino también en otros sectores sería antipopular, para no decir antidemocrático, se ha permitido que la sociedad sea dominada por improvisados que han hecho una ideología del facilismo y el cortoplacismo que se prestan a eslóganes que, para muchos, son irresistibles, razón por la que el país está a punto de hundirse.

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James Neilson

James Neilson

Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986).

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