SOCIEDAD | 23-01-2019 11:06

Hantavirus y un viaje al pueblo del miedo: Epuyén, Chubut

Cómo viven los habitantes de la región azotada por el virus. Un paraíso perdido entre temores y enojos.

El verano de 2019 será recordado por muchos turistas que viajan a la cordillera como sinónimo de vacaciones idílicas entre lagos y montañas, pero no para los habitantes de Epuyén, golpeados por un mortal brote de hantavirus que dejó a este pueblo de 4.000 habitantes prácticamente paralizado y con el desafío de reponerse al estigma y la discriminación.

Cuando los vecinos de este bello pueblo rodeado de montañas y ubicado a unos 40 kilómetros al  sur de El Bolsón hablan de lo que pasa, lo que asoma es frustración. Hace más de una semana el clima reinante era el miedo: fue el peor momento de la crisis por el brote de hantavirus que mató a diez personas y despertó la preocupación de autoridades sanitarias. Entonces se impuso una cuarentena en espacios comunitarios y hasta se recomendó a la población evitar reuniones en espacios cerrados. Cuando las autoridades se dieron cuenta de que la gente también se estaba contagiando en los entierros, cerraron la sala velatoria. El hantavirus parecía fuera de control.

(Leer también: Hantavirus: ¿contagio humano?)

Pero ahora, a medida que los diarios dejan de dar cuenta de la aparición de nuevos casos locales (y aparecen en otros puntos del país), los pacientes son dados de alta y los enfermos que antes estaban aislados comienzan a dejar sus casas y se animan a recuperar de a poco una vida normal. La sensación que domina la atmósfera de este pueblo chubutense, a pocos kilómetros de la frontera con Chile, es de frustración. De frustración y de enojo.

“Está todo el pueblo muy preocupado, con miedo. Hay algunos que se lo toman de mejor manera que otros. Hay gente que se enferma de estar pensando en lo que está pasando”, relata a NOTICIAS Sebastián Valle, uno de los sobrevivientes del brote letal. Su caso y el de su familia es dramático: perdió a su padre y a dos hermanas a causa del virus. Su papá, Aldo, de 61 años, falleció el 11 de diciembre y fue una de las primeras víctimas fatales. Su hermana Loreley, de 30, murió un día antes de  la Nochebuena, el 23 de diciembre. Y su otra hermana, Jessica, murió un día después de cumplir 32 años, el 9 de enero. “Todavía no sé cómo estoy con fuerzas pero la necesito para seguir con mi madre y mis sobrinas”. También estuvo internada su abuela, de 90, que fue dada de alta hace pocos días.

La tragedia de la familia Valle está directamente vinculada a un escenario particular para el surgimiento de este nuevo brote, más letal que el registrado en 1996 en El Bolsón: una fiesta de 15 celebrada en un salón del pueblo. Según la reconstrucción que hicieron los especialistas del Ministerio de Salud de Chubut en colaboración con científicos del Instituo Malbrán, allí concurrió un hombre infectado mediante contagio ambiental, la manera más habitual de transmisión del virus, que se produce cuando se entra en contacto con esporas presente en las heces de un roedor común en la región andina, conocido vulgarmente como “colilargo”, vector de la enfermedad. Al asistir al festejo contagió a otras cinco personas, una de ellas Aldo, el padre de Sebastián. A partir de ahí se desencadenó un efecto dominó que fue devastador.

“Tuve síntomas el día que sepultamos a mi hermana. Llegué a mi casa a descansar y cuándo me levante me sentí mal”, reconstruye hoy Sebastián, a pocas materias de terminar su carrera de Enfermería. “Me tomé la temperatura y tenía 38, me puse un barbijo y me fui enseguida para el hospital. Habré estado veinte minutos y me derivaron enseguida para Esquel: estuve diez días internado”.

Cuando intenta definir cómo es tener hantavirus, se toma un tiempo y ensaya la siguiente explicación: “Lo podés comparar con una gripe muy fuerte. La fiebre subía y bajaba, pero cuando subía te dejaba tirado, aplastado, sin hacer nada”. En los casos graves el cuadro deriva en insuficiencia respiratoria y cardíaca, una característica que vuelve a este virus letal. En el brote de Epuyén, hasta el momento, murieron diez personas de 28 casos positivos. Más de un 35 por ciento.

Culpas. Sebastián responsabiliza a las autoridades sanitarias por no contener el brote a tiempo, cuando comenzaron a los primeros indicios de contagio interhumano. “No se tomaron los recaudos necesarios”, afirma. Pero no es el único.

María Nahuelquir tiene 32 años y es enfermera del hospital de Esquel, adonde fueron derivados la mayoría de los enfermos de Epuyén y alrededores. Cuando comenzaron a llegar pacientes no sospecharon que se trataba de un brote interhumano, sino de un caso más de contagio ambiental. “Pensamos que era gente como siempre, todos los años ingresa alguno. No pensábamos que se iba a hacer un brote”, afirma. Incluso dice que los primeros enfermos fueron tratados sólo como casos de dolor abdominal, sin la menor sospecha de que se trataba de hantavirus. “Tampoco se dio mucha respuesta desde la dirección del hospital. Lo dejaron a la deriva”, añade. Según María, y ante la inacción de las autoridades, recién hace dos semanas los propios médicos tomaron la iniciativa de formar un grupo de Whatsapp para definir qué hacer frente al surgimiento del brote.

También cree que el Gobierno provincial tardó mucho en actuar. “Ya con la segunda tanda de contagiados, que se supo que habían estado con las primeras personas en una fiesta, tendrían que haberlas aislado”. Al cierre de esta edición permanecían internados en Esquel tres pacientes en terapia intensiva, uno de ellos en condición crítica y con pronóstico reservado. María dice que no tiene miedo de tratar con pacientes infectados, pero que sí tiene miedo “por el resto, por las personas que nos rodean, por nuestras familias”.

Presente incierto. Las autoridades reconocen la gravedad de la situación y el desconsuelo que atraviesa el pueblo. “Nada es normal desde el 3 de noviembre hasta acá, ahora hay cierta resignación y tenemos que aceptar que hay que ponerse de pie y continuar”, afirma Jorge Elías, director asociado del Área Programática Esquel del Ministerio de Salud de Chubut, una de las zonas en las que está dividido el sistema sanitario de la provincia. “Todo el colectivo médico estaba habituado a abordar el hantavirus en un modo conocido”, afirma. “No estaban preparados para la dimensión de un brote de estas características, que viene sorprendiendo a todo el mundo científico”.

Para el médico, la gente del pueblo recién “está empezando a salir del shock”. “Inicialmente hubo una sensación de quebranto, empezaron a ver a sus vecinos que fallecían, era una sensación de desconcierto e incertidumbre”, agrega. También dice que el propio cuerpo médico del lugar debió afrontar la muerte de una empleada administrativa del hospital local y que se enfrentaron a un escenario “muy vertiginoso”.

La reacción de las autoridades nacionales, sin embargo, no acompañó la velocidad del brote. El secretario de Salud de la Nación, Alejandro  Rubinstein, recién llegó a la región el martes 15 de enero, más de un mes después de la primera muerte. Unos días antes, declaraciones suyas habían caído como una bomba entre los habitantes de Epuyén, en donde campings y hosterías están prácticamente vacías tras una masiva cancelación de reservas. "Si usted me pregunta si iría a vacacionar”, dijo Rubinstein, “… y no. Es un pueblo que está con medidas muy fuertes".

Volver a empezar. El pueblo se enfrenta ahora a la difícil tarea de limpiar su mala imagen, de la que muchos culpan a los medios de comunicación. Algunos vecinos ya no responden las preguntas ni los llamados de los periodistas, enojados por el tratamiento que se le da al tema en los medios nacionales. Otros directamente prefieren no hablar, envueltos en un clima de duelo e incredulidad. “Tengo familiares que quisieron entrar al banco a El Bolsón y e hicieron salir a la gente para afuera. Te pega mal, te sentís totalmente discriminado”, dice Sebastián.

Los prestadores turísticos de la zona también se sienten damnificados y tampoco ocultan su enojo con la prensa.

“Nos han ensuciado bastante y no nos están haciendo ningún favor”. El hombre se ensaña particularmente con las declaraciones de Rubinstein. “Con ese criterio que no recomiende ir a Salta, donde desapareció un mochilero”, comenta en alusión al caso del francés Mathieu Martin. “Tenés más posibilidades de que te pique una yarará en Corrientes y el Chaco a que te contagies hantavirus en la cordillera”, grafica. El empresario sostiene que en el pueblo se lleva una vida normal. “Lo anormal es que no tengamos turistas”.

Como otros prestadores y vecinos, espera que el brote sea controlado lo antes posible, aunque especula que no será antes de mediados de febrero. Hasta entonces su establecimiento permanecerá vacío. “Con lo que genero en temporada contrato albañiles, jardineros. Esto es desastroso”, se lamenta mientras hace un repaso del impacto económico de la crisis. También los pequeños comerciantes y artesanos que se preparaban para festejar la Fiesta del Artesano, el evento más convocante de la temporada en Epuyén, ven desvanecerse sus oportunidades. Aunque tal vez, como dice Jorge Elías, “el pueblo no estaba en condiciones de festejar nada”.

por Alfredo Jaramillo (desde Chubut)

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