Hay ciudades que uno cree conocer de memoria. Bariloche es una de ellas: el Centro Cívico, la postal del Nahuel Huapi y el chocolate de la calle Mitre. Y sin embargo, hay otra manera de entrar a esta ciudad, menos obvia y bastante más interesante, que es hacerlo por la cocina. Del 5 al 12 de octubre, Bariloche a la Carta vuelve a proponer exactamente eso.
Lo que empezó hace más de una década como una semana gastronómica se convirtió en algo más parecido a un examen público. Durante ocho días, cerca de cien establecimientos de la ciudad, restaurantes, hoteles, cervecerías, casas de té, chocolaterías y productores, muestran qué están haciendo y cómo lo están haciendo. No hay dónde esconderse: el visitante compara, elige y vuelve o no vuelve. Esa presión es la que explica por qué la cocina barilochense mejoró tanto en los últimos años.
El Circuito Gastronómico sigue siendo el corazón del asunto. Menús creados especialmente para la ocasión, con descuentos de hasta el 20 por ciento vía Tarjeta BALC, fotos y precios publicados de antemano, geolocalización por zona y tipo de cocina. La transparencia no es un detalle menor: permite armar un recorrido propio sin depender del boca a boca ni del azar. Un consejo de oficio: evitar la tentación de acumular restaurantes y elegir tres o cuatro bien distintos entre sí. La cordera, la trucha, el ciervo, los hongos de pinar y los frutos finos rionegrinos dan para eso y para mucho más.
La edición 2026 llega con Córdoba como provincia invitada y con cocineros de Chile y Brasil. Es una apuesta inteligente. Bariloche siempre funcionó como puerta de entrada a la Patagonia, pero pocas veces se la pensó como punto de encuentro regional. Los pop ups, esas noches en las que un cocinero de afuera se mete en una cocina local y cocinan juntos, son el formato donde el festival se juega de verdad. Salen bien o salen mal, pero nunca salen tibios. Y son, por definición, irrepetibles.
Entre el 9 y el 12, la Feria BALC se instala frente al lago con más de 150 expositores, clases magistrales gratuitas, catas, degustaciones y la Ruta del Vino. Es la parte más multitudinaria y la más ruidosa. Conviene ir temprano, con hambre real y con paciencia para las colas. También conviene mirar más allá de los stands grandes: los productores chicos de Río Negro suelen tener lo más interesante para contar y para probar.
Dos puntos merecen destacarse. El primero es la sustentabilidad, que en este caso no aparece como eslogan sino como gestión concreta de residuos, trabajo directo con productores y protagonismo del alimento local. El segundo es el Concurso Mejor Plato, con jurado especializado y voto del público, que obliga a los cocineros a presentar algo nuevo y no el caballito de batalla de siempre.
¿Qué falta? Lo mismo que falta en casi todos los festivales gastronómicos argentinos: más cocina de pueblos originarios, más precios accesibles fuera del circuito con descuento y una agenda que no se concentre tanto en el casco céntrico. Son deudas, no defectos.
La consigna de esta edición, "En octubre, Argentina se encuentra en Bariloche", tiene algo de declaración de principios. El festival ya no es solo una excusa para llenar hoteles en temporada baja. Es el momento en que una ciudad turística deja de venderse como paisaje y se anima a que la juzguen por lo que pone en el plato. Ir en octubre es, básicamente, verla sin maquillaje.
Agenda completa en www.barilochealacarta.com
por M.S.














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