Lunes 28 de septiembre, 2020

INTERNACIONAL | 14-09-2020 15:01

El golpe contra Juan Guaidó que orquestó Nicolás Maduro

El acuerdo entre Henrique Capriles y el régimen, que permitió recuperar la libertad a 110 presos políticos, fue a cambio de armar el clima político para la caída del “presidente encargado”.

El acuerdo entre Henrique Capriles y el régimen que permitió recuperar la libertad a 110 presos políticos, intenta derrocar, no a Nicolás Maduro, sino al “presidente encargado”. “No podemos seguir jugando a gobernar en internet”. Esa es la frase que revela el extraño golpe de Estado contra un presidente sin Estado. Henrique Capriles se lanzó a derrocar a Juan Guaidó, en lo que constituye el capítulo más desopilante de la deriva disidente.

Eso es lo que implica el acuerdo que negoció con el régimen: un intento de golpe, pero no para derribar a Nicolás Maduro, sino al titular de la Asamblea Nacional.

Una vez más, el régimen apostó a dividir a la dirigencia disidente. En ocasiones anteriores, logró pactar con figuras menores sin conseguir efectos contundentes. Pero esta vez, su anzuelo atrapó un pez gordo.

El ex gobernador de Miranda siempre se llevó mal con Leopoldo López, líder de Voluntad Popular, el partido de Guaidó. Aunque ambos fundaron Primero Justicia, desde el vamos evidenciaron la aversión que se profesan.

Capriles inició su rebelión negociando en secreto con el régimen. Una astuta jugada probablemente lucubrada por el canciller de Turquía, Mevlut Cavusoglu, mediador en las turbias tratativas cuya clave fue la liberación de 110 presos políticos. Sin esa supuesta concesión del régimen, la aceptación que dio Capriles a las elecciones legislativas que Maduro quiere realizar en diciembre, no habría generado nada. Sólo una “traición” más, como la de Henri Falcon prestándose a la “legitimación” de la última farsa electoral.

Si el dirigente de Primero Justicia anunciaba solamente su aceptación de los comicios, sólo habría despertado ira en la vereda antichavista. Pero anunciando la liberación de presos políticos en el marco de un acuerdo para que los venezolanos voten en diciembre con la presencia de observadores internacionales, apostó una carta fuerte para disputarle el liderazgo a Guaidó.

De tal modo, en lugar de intentar el derrocamiento del dictador, Capriles intenta derrocar a un “presidente” simbólico que se mantiene al frente de la disidencia por inercia. El liderazgo del “presidente encargado” languidece desde hace largos meses, y Capriles aprovechó que la pandemia puso en cuarentena el activismo del frágil y diverso espacio donde se aglutinan, impotentes, decenas de partidos antichavistas.

En la vereda opuesta al régimen hay tres fórmulas que se neutralizan entre sí: Guaidó como mandatario de una entelequia que no logra quitarle el respaldo militar al “usurpador”; María Corina Machado reclamando una intervención militar extranjera, y ahora Capriles dando este paso que lo transforma, de disidente, en opositor.

La disidencia implica estar afuera del sistema y considerarlo ilegítimo, en cambio la oposición está dentro del sistema y, si bien se opone, legitima al régimen.

El giro de Capriles es copernicano porque implica pasar de disidente a opositor; ingresar al sistema aceptando sus reglas y legitimando al esquema de poder imperante. Él puede argumentar que siempre buscó una salida institucional y una negociación que permitiera retomar la vía democrática. Su mayor apuesta en ese terreno fue la realización del referéndum revocatorio que establece la Constitución bolivariana. Cumplió todos los requisitos para habilitar esa votación que habría sacado a Maduro del poder, pero el régimen sencillamente impidió que los venezolanos lo desplazaran aplicando el mecanismo constitucional establecido por Hugo Chávez.

Desde ese momento, la vía institucionalista comenzó a debilitarse y Guaidó reemplazó al ex gobernador de Miranda en el liderazgo de una oposición que, invalidada la vía electoral por el bloqueo al referéndum revocatorio, y perpetrado posteriormente un fraude en las urnas, se convirtió en disidencia. Pero las iniciativas de Guaidó para derribar a Maduro fracasaron una tras otra, a lo que se sumó la salida de John Bolton del gabinete de Trump y el desinterés de la Casa Blanca por apoyar a la Asamblea Nacional, y a su titular a reemplazar al régimen.

La posibilidad de que Capriles logre comicios legislativos en los que el oficialismo pierda, es remota. Por más observadores de la ONU y la Unión Europea que se permita, el régimen tiene las cartas marcadas y siempre las ha jugado sin pudor. Maduro, Diosdado Cabello y la casta militar, jamás correrían el riesgo de ser derrotados en las urnas.

Quienes se presten a posar de opositores en la elección legislativa de diciembre, quedarán denunciando fraude mientras los dueños del poder vuelven a salirse con la suya. Ni siquiera hay tiempo para organizar un proceso electoral transparente en un país institucionalmente arrasado.

Lo único que puede surgir de elecciones legislativas en diciembre, es el liderazgo que desplace a Guaidó y termine con la gravitación de Leopoldo López sobre el antichavismo.

Quizá Maduro levante la proscripción de Capriles y sea candidato. También es posible que él y su ladero en esta aventura, el legislador Stalin González, logren bancas en una Asamblea Nacional que quitará a Guaidó la única base institucional real de su autoridad.

Será Capriles quien ponga fin al congreso presidido por el hombre al que 50 países reconocen como “presidente”. Una jugada del chavismo y de su aliado: el gobierno turco de Recep Erdogán.

Cuando apostó a dividir la Legislatura colocando al frente a Luis Parra, otro dirigente que traicionó a la disidencia, Maduro no alcanzó el objetivo de quitar a Guaidó su base institucional. Sencillamente, Parra jamás logró respaldo alguno ni dentro ni fuera del país. Pero Capriles no es el ignoto y turbio Luis Parra. Con el ex gobernador de Miranda la chance de lograrlo es mayor.

No obstante, el problema de la disidencia no está sólo en la embestida contra el titular de la Asamblea Nacional. No es fácil vencer a un régimen como el venezolano. Aunque impere sobre un Estado quebrado, tiene arcas secretas abarrotadas de dólares recaudados mediante contrabando de petróleo, vínculos con el narcotráfico y el cobro a las mafias que explotan ilegalmente la minería en la cuenca del Orinoco. Con ese dinero negro soborna opositores, además de comprar lealtades en la región y más allá.

Pero amén de las ventajas del régimen, la dirigencia antichavista ha mostrado una propensión a dividirse que la llevó de fracaso en fracaso. Y en estos días ha comenzado a escribir lo que promete ser otro patético capítulo de su historia de traiciones.

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Claudio Fantini

Claudio Fantini

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