MUNDO | 16-12-2011 12:50

Complot para un asesinato

Las ignoradas huellas de los verdugos del poeta en la DINA chilena. Odio de Pinochet.

Le habría gustado poner Neftalí Ricardo Reyes Basoalto, el nombre con el que nació y decidió cambiar cuando descubrió al poeta checo Jan Neruda. Habría sido como borrar todo lo que hizo y escribió a lo largo esa vida apasionante, que culminó pocos días después de la caída de Salvador Allende, en la clínica que extendió el certificado de defunción que dice “cáncer”.

La vida de Pablo Neruda siguió latiendo literatura, porque en los meses siguientes a su funeral se publicó “Jardín de invierno”; el “Libro de las preguntas”; “Elegía”; “Defectos escogidos” y “Confieso que he vivido”. Por cierto, no fueron editados en Chile. Allí lo que se publicó fue la certificación donde el doctor Sergio Drapper habla de muerte tras estado de “caquexia”, por agravamiento de un tumor prostático. La versión que ahora pone en duda quien fue su chofer y también el Partido Comunista (PC), porque el estado mencionado implica un período casi vegetativo por el que Neruda jamás atravesó.

Eso es lo que sostiene Eduardo Contreras, abogado del PC, en el pedido que hizo a la Justicia chilena para que los restos del escritor sean exhumados. La nueva versión afirma que no fue Dipirona para calmar un intenso dolor lo que le inyectaron en el estómago poco antes de su deceso; sino un veneno fulminante. Y no suena para nada descabellado.

Sucede que la criminalidad del régimen de Pinochet tuvo dos elementos que convergen para alimentar la hipótesis del asesinato: por un lado, un químico especializado en la elaboración de sustancias letales imperceptibles y, por otro lado, la decisión política de impedir que figuras relevantes actúen desde el exilio, organizando disidencia y denunciando la dictadura ante el mundo.

Trama macabra

El frasco de perfume que el agente encubierto llevó a Washington no contenía Chanel N°5, como decía la etiqueta, sino gas sarín elaborado por Eugenio Berríos en el laboratorio de la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA), el siniestro aparato de exterminio del dictador.

Tal revelación no surge de la denuncia de algún grupo de derechos humanos, sino del testimonio del agente Michael Townley, el sicario preferido a la hora de eliminar exiliados célebres.

El gas sarín es un invento nazi que mata por asfixia en pocos segundos. El general Manuel Contreras llamó “Proyecto Andrea” a la elaboración de ese elemento letal que causó la muerte de enemigos del régimen y también de agentes propios que trasladaron cargamentos o manipularon recipientes.

El jefe de la DINA encargó el “Proyecto Andrea” a un bioquímico vinculado al narcotráfico. En rigor, Eugenio Berríos también puso al servicio del régimen su relación con mafias de la droga y su especialidad en ese terreno: la elaboración de cocaína negra (o “rusa”), que se obtiene mezclando el alcaloide con sulfato ferroso y otras sales minerales, para camuflar su color y el fuerte aroma que permite detectarla.

Pero además de dejar a sus jefes militares dinero narco, el químico elaboró venenos para ocasionar muertes que luego se atribuían a suicidios o causas naturales. Al parecer, al jefe de los espías del régimen le fascinaba una de las más siniestras habilidades del KGB: el asesinato mediante venenos imperceptibles.

Los laboratorios de la inteligencia soviética estaban en el edificio Lublyanka, donde funcionó primero la Checa, luego el NKVD y finalmente el KGB. Allí, los químicos elaboraban las sustancias letales con que los espías rusos mataron a miles de personas señaladas por la nomenclatura. Por caso el disidente búlgaro Gregori Markov, al que un agente secreto pinchó con un paraguas al cruzarlo en una calle londinense, frente al puente Waterloo.

En la DINA, el químico al que llamaban “agente Hermes” se concentró en lograr que el gas sarín no deje huellas y provoque muertes atribuibles a paros cardíacos. Quizá para que jamás revele los secretos de su laboratorio, la misma dictadura a la que sirvió terminó secuestrándolo y ejecutándolo con dos balazos en la nuca. Pero antes de que apareciera su cadáver en una playa del Uruguay, hubo muchas muertes con su sello imperceptible.

El ex presidente Frei Montalva había apoyado el golpe de Estado y puesto la democracia cristiana al servicio de la dictadura en sus primeros años. Pero luego cambió de posición y, tras un discurso claramente opositor en el Teatro Caupolicán, quedó en la mira de los militares que siempre le reprocharon el descabezamiento del ejército que hizo tras la rebelión en Tacna del general Viaux. Para los generales, el ex presidente conservador era “el Kerensky chileno”. Por eso, y también porque se había internado por una hernia y terminó muriendo tras complejísimas operaciones, es que el caso Frei Montalva lleva el sello del químico de Pinochet.

Los médicos que lo atendieron jamás pudieron explicar las extrañas complicaciones posoperatorias que sufrió el líder democristiano en la clínica Santa María, la misma donde años antes había muerto Neruda.

Conciencia

Como no hubo forma de hacer llegar el frasco de Chanel N°5 a Orlando Letelier, el agente Townley finalmente perdió la paciencia y puso una bomba debajo del auto del ex canciller chileno. Como el atentado que mató al estrecho colaborador de Salvador Allende y a su secretaria norteamericana Ronni Moffitt, se perpetró en Washington, la Casa Blanca también empezó a perder la paciencia con el régimen que Nixon y Kissinger habían propiciado.

No fue el único crimen que la dictadura chilena cometió a larga distancia. Dos años antes, el auto al que le colocaron una bomba fue el Fiat 1100 del general Carlos Prats. Estalló en el barrio porteño de Palermo, donde vivía su exilio el militar que se había opuesto al golpe contra Allende. Junto al general murió Sofía Couthber, su esposa. Al año siguiente, los agentes de Pinochet balearon a Bernardo Leighton en Roma, aunque el dirigente democristiano pudo sobrevivir milagrosamente.

Letelier, Prats y Leighton son pruebas irrefutables de que una de las consignas de Pinochet era eliminar a toda persona notable que pudiese organizar a la disidencia en la diáspora, además de hacer escuchar en el mundo sus denuncias contra la dictadura chilena.

Según Manuel Araya, su chofer, el poeta y diplomático estaba preparándose para partir hacia el exilio en México. Probablemente se encontraba abatido por la caída de Allende y sentía miedo por sus camaradas y por él mismo. Lo seguro es que el régimen no quería que el autor de “Crepusculario”, cuya celebridad mundial se había acrecentado por el Nobel de Literatura que había ganado dos años antes, convirtiera su exilio en un púlpito de prédica contra la dictadura.

Por eso es lógica y razonable la sospecha planteada por el Partido Comunista. En definitiva, es fácil imaginar que agentes de la DINA se infiltraron en la clínica y le inyectaron alguna de las sustancias letales que elaboraba el químico del régimen. O que lo inoculó el mismo médico que después firmó el certificado de defunción, en el que de buena gana habría puesto Neftalí Ricardo Reyes Basoalto, como si de ese modo pudiera borrar todo lo que había hecho y firmado con el nombre de Pablo Neruda.

* Director del Depto.

de Ciencia Política de la

Universidad Empresarial

Siglo 21.

por Claudio Fantini

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