Viernes 27 de mayo, 2022

MUNDO | 01-04-2022 08:41

La encrucijada de Vladimir Putin

El conflicto tiene dos guerras: la militar y la económica. Aún si se impone en la primera, Putin tendrá una derrota en la segunda.

Cuando la torre de Ostankino ardió como una antorcha en el cielo de Moscú, los rusos presenciaron otra señal de que el imperio estaba en ruinas. En el otoño del 2000 se incendió la construcción de 540 metros que albergaba las antenas de televisión y cuya modernidad arquitectónica ocultaba la falta de medidas mínimas de seguridad. Pocos días antes, el submarino nuclear K-141 Kursk se había convertido en una tumba de acero con 118 cadáveres en el fondo de Mar de Barents.

Llevaba el nombre de la célebre batalla en la que el Ejército Rojo triunfó sobre las tropas de la Alemania nazi y era la joya de las fuerzas navales rusas porque su doble casco y sus sofisticaciones técnicas lo hacían considerar inhundible. Sin embargo, tras el lanzamiento de dos torpedos de salva, esa formidable nave de 154 metros de eslora empezó a estallar por dentro y se fue a pique hasta el lecho del mar. A la falta de mantenimiento que provocó el accidente, se sumó la carencia de instrumentos para rescatar a los submarinistas. Esas señales de imperio en ruinas, se sumaron a las derrotas que el ejército había sufrido en Afganistán y en el Cáucaso.

Los muyahidines afganos lo habían vencido en la cordillera del Hindu Kush y en el desierto de Bamiyán, y los independentistas liderados por el general Dudayev habían proclamado la República de Ichkeria y se lanzaban a conquistar Ingushetia y Daguestán tras hacerle firmar al general Lebed la capitulación en Chechenia. A esa altura, Vladimir Putin estaba recién llegado a la presidencia después de haber ordenado, como primer ministro, el destartalado gobierno de Boris Yeltsin, un presidente que por sus problemas cardíacos y su alcoholismo había causado una deriva política desesperante.

Aquel año trágico con el que comenzaba el siglo 21 fue el punto de inflexión. Con Putin empezaron las victorias que le devolvieron la autoestima a Rusia. Con el gobierno ordenado, empezó también a ordenarse la economía, que había estado en permanente cortocircuito desde que el economista y vice-primer ministro Anatoly Chubáis lanzó el proceso de privatizaciones cuya primera etapa había sido caótica. Putin mantuvo la marcha hacia el capitalismo, que se fue ordenando en la medida en que se recomponía la autoridad del país. Una autoridad que el presidente imponía de manera brutal cuando era atacada por el terrorismo islamista.

Como en el 2002, cuando recuperó el teatro moscovita Dubrovka, ocupado por terroristas liderados por Movsar Barayev, a un alto precio en víctimas civiles. Y dos años más tarde, cuando de nuevo envió al Grupo Alfa de las fuerzas especiales Spetsnaz a batallar dentro de un colegio en Beslán, Osetia del Norte, donde los ultra-islamistas habían tomado de rehenes a cientos de niños con sus maestras y padres en el primer día de clase. También ahí la victoria se consiguió a un elevadísimo costo en vidas inocentes, la mayoría de niños. A la siguiente victoria la cosechó en Georgia, cuando tras la Revolución de las Rosas que acabó con el gobierno pro-ruso de Eduard Shevardnadze, llegó al poder el nacionalista Mijail Saakashvili e intentó restaurar la soberanía georgiana sobre Abjasia y Osetia del Sur.

Después añadiría un triunfo militar en Oriente Medio, donde envió tropas a salvar el régimen sirio de Bashar al Asad, que estaba siendo barrido por milicias rebeldes. Hasta puede hacer gala de haber puesto un presidente de Estados Unidos, ya que su escuadrón de hackers atacó exitosamente la campaña de Hillary Clinton ayudando a que Trump llegara al Despacho Oval. Probablemente, tantas victorias lo volvieron triunfalista. Lo cierto es que, por primera vez desde que llegó a la cumbre del poder, el fantasma de la derrota merodea por la gigantesca Rusia.

Elvira Nabiullina

Ese exceso de triunfalismo lo hizo arriesgar décadas de estabilidad económica y el récord de inversiones privadas, nacionales y extranjeras, que se produjo desde el 2013 hasta que decidió invadir Ucrania. La estrella de la economía que preside desde hace nueve años el Banco Central de Rusia, Elvira Nabiullina, habría presentado su renuncia, que fue rechazada por el presidente. Las razones de ese intento de dimisión sería la oposición de Nabiullina a la agresión contra el país vecino que no había atacado a Rusia, y las consecuencias devastadoras que esa guerra expansionista tendría para la economía rusa. Por las mismas razones renunció Anatoly Chubáis a la representación internacional de Rusia en desarrollo sustentable.

El economista que descubrió la fría lucidez de Putin y le abrió las puertas del gobierno de Yeltsin, ahora señala las catastróficas consecuencias humanas y económicas que tendrá una decisión innecesaria y brutal. Es posible que esa decisión haya iniciado una deriva de final incierto. Putin fue siempre un criminal y lo demostró con envenenamientos y acribillamientos. Pero su fría lucidez siempre contuvo las emociones turbulentas que lo movilizan hacia ambiciosos objetivos. La decisión de invadir un país que no había agredido a Rusia de ningún modo, generó una situación paradójica: aún ganando Putin su guerra en Ucrania, Rusia perderá la guerra económica que le impusieron las potencias de Occidente como respuesta.

Con los bombardeos y el avance de su ejército sobre territorio ucraniano, Putin procura que el trato de las potencias occidentales a Rusia tenga que ver con su poderío militar y no con el tamaño de su economía. Y las sanciones económicas son los misiles que usan los miembros de la OTAN contra el flanco débil de Rusia. En la economía están los pies de barro del gigante euroasiático y allí impactan las sanciones. El eje euronorteamericano está dañando el tejido empresarial, el sistema financiero y las fortunas de los llamados “oligarcas”, para que en las altas esferas del Kremlin y de la economía rusa se llegue pronto a la conclusión de que deben deshacerse de Putin antes de perderlo todo por su culpa.

Por primera vez desde que llegó a la presidencia, el fantasma de la derrota merodea por los pasillos del Kremlin. Incluso la derrota militar ha empezado a parecer posible, a pesar de la abrumadora superioridad militar del ejército invasor. En lugar de desbandarse permitiendo la entrada triunfal de los invasores a Kiev, la resistencia ucraniana frustró los intentos de ocupar la capital para instalar un régimen títere, y obligó al Kremlin a renunciar a esa parte de su plan. Vladimir Putin ya quemó sus naves. A él sólo le queda avanzar hacia sus metas de expansión territorial. Puede lograrlas, pero acrecentará y prolongará en el tiempo el aislamiento de Rusia y su desconexión con la economía europea y de buena parte de Occidente. Ergo, esta vez el triunfo de Putin agravará la derrota de Rusia.

 

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Claudio Fantini

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