Domingo 27 de noviembre, 2022

MUNDO | 13-11-2022 00:50

La realidad irreal de Bolsonaro y Trump

Millones de adeptos a del brasileño, igual que los seguidores del norteamericano, ven fraude donde el resto del mundo ve una elección normal.

Sobre los escombros del Imperio Otomano, Atatürk creó la república turca en la que, por encima de los poderes del Estado de Derecho, se situaban los militares. Si el ejército consideraba que un gobernante era inadecuado para los parámetros ideológicos y culturales del ataturkismo, tenía la potestad de sacarlo. En 1960 los militares derrocaron al presidente Celal Bayar y ejecutaron el primer ministro Adnan Menderes. En 1971 derrocaron a Suleiman Demirel y en las siguientes décadas hubo tres asonadas más.

El modelo que coloca al ejército por sobre los poderes de la república y le otorga el derecho a derrocar presidentes, es el que ha propuesto durante toda su vida política Jair Bolsonaro. Por eso, aún presidiendo un Estado de Derecho, exhortó varias veces a los militares a intervenir contra el Congreso y contra el Poder Judicial. Y al perder la elección, primero intentó personalmente encontrar militares dispuestos a patear el tablero institucional para no entregar el poder a Lula, y después excitó a multitudes de seguidores para que vayan, literalmente, a “golpear la puerta de los cuarteles”.

Lo primero se deduce del inquietante silencio que mantuvo tras confirmarse su derrota, mientras que lo segundo ocurrió a la vista del mundo entero. El problema es que no todos están dispuestos a ver lo que está a la vista.

Como en su momento Hitler, Mussolini, Mao y Pol Pot, entre otros, el nuevo mesianismo autoritario tiene el poder de convertir en secta a porciones importantes de la sociedad. Las masas dejan de ver la realidad que existe ante sus ojos, porque ven la realidad que les describe el líder. No importa cuán alejada esté esa realidad subjetiva de la realidad que existe objetivamente. El líder mesiánico logra que sus adeptos vean lo que él describe, y lo que describe es lo que ellos quieren ver.

De esas multitudes surgen fanáticos que atacan con violencia retórica a quienes describen la realidad real; esa que existe de manera objetiva ante los ojos de quien quiera verla. Para el sectario, describir la realidad real es algo que sólo puede hacerse arteramente, por estar al servicio de un plan malvado. En el caso del ultra-conservadurismo brasileño, el plan que procuran conjurar es “la destrucción de la familia, la propiedad y Dios”.

También hay liderazgo mesiánico de izquierdas. A la vista de todos está la realidad venezolana, el país que pasó de ser una democracia insular en un mar de dictaduras militares y tener inmensas riquezas naturales, a padecer una dictadura obtusa y represiva que causó calamidades y una diáspora de dimensiones bíblicas. Pero el izquierdismo devenido en secta lo que ve es un liderazgo heroico enfrentando al imperialismo empeñado en empobrecer a los venezolanos.

En Estados Unidos ocurrió ante los ojos de los norteamericanos y del mundo la elección que perdió Donald Trump, quien denunciaba fraude desde que las encuestas mostraron que podía ser derrotado. Siguió denunciando fraude mientras presionaba a gobiernos estaduales para cambiar los escrutinios, o sea mientras intentaba perpetrar un fraude.

Finalmente lanzó una turba contra el Capitolio, causando cinco muertes en ese violento intento de destruir el proceso electoral. Sin embargo, aún hoy hay millones de trumpistas convencidos de que el triunfo de Joe Biden fue fraudulento.

A la vista de todos está que en Brasil hubo una elección impecable en la que el presidente perdió frente a una coalición que va desde la centroderecha hasta la centroizquierda. Sin embargo, millones de bolsonaristas reclaman a los militares un golpe de Estado porque creen que hubo un “proceso electoral injusto” para convertir al gigante sudamericano en un país comunista.

Por izquierda y por derecha aparecen líderes mesiánicos que convierten multitudes en sectas lunáticas que describen realidades paralelas y atacan ferozmente en las redes a quien ose describir la realidad visible. En Brasil, el nuevo sectarismo es ultraconservador y lanzó multitudes a presionar al Ejército para que de un golpe de Estado que impida el cumplimiento del mandato de las urnas. En el siglo 20, para describir el hecho de que sectores civiles propiciaran golpes de Estado, se usaba la imagen “golpear la puerta de los cuarteles”. Esa era la metáfora sobre contactos que se realizaban en secreto.

En Brasil, esa metáfora se materializó cuando miles de bolsonaristas se aglomeraron ante varios cuarteles para pedir a los militares que impidan a Lula asumir la presidencia. El mundo vio a esas muchedumbres “golpeando las puertas de los cuarteles”. Las escuchó reclamar “una intervención federal”, absurdo sucedáneo de golpe de Estado. Es lo que habrá pedido, por vía telefónica, el presidente cuando se encerró en el Palacio de la Alborada y mantuvo un silencio inquietante durante casi dos días enteros.

Que tras el escrutinio que mostró su derrota, Bolsonaro trató de contactar militares dispuestos a dar un golpe, es una deducción lógica, pero no una evidencia. La oscura ambigüedad del brevísimo comunicado con que puso fin a ese silencio, sugiere que hizo eso. Y parecen confirmarlo los piquetes ante los cuarteles. Esas multitudes  que explícitamente reclamaron un golpe de Estado para que no asuma el candidato que ganó la elección, no es una deducción, es una realidad visible y audible.

Ahora bien, a la actitud golpista la tuvo Bolsonaro, no su gobierno. Durante las largas horas de silencio tras el escrutinio, muchos legisladores oficialistas y altos miembros del gobierno y de su coalición política, se opusieron a la conspiración. Por eso Hamilton Mourao, el militar que ocupa la vicepresidencia, salió a reconocer el resultado y a comunicarse con el vicepresidente electo Geraldo Alckmin para acordar la transición.

El goteo de legisladores y funcionarios oficialistas que aparecían reconociendo el resultado mientras su jefe mantenía un amenazante silencio, demuestra que el espacio político oficialista tampoco quiso sumarse al plan golpista. Esos pronunciamientos públicos lo que hacían era presionar a Bolsonaro para que acepte el resultado.

Bajo esa presión de sus propios dirigentes, funcionarios y legisladores, el presidente tuvo que hacer lo que no quería: pronunciarse públicamente sobre el acto electoral que perdió. Pero para dejar abierta una posibilidad de patear el tablero, leyó la declaración ambigua y oscura, visiblemente calculada para no desactivar, sino incentivar, las protestas de las multitudes que reclamaban un golpe. 

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Claudio Fantini

Claudio Fantini

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