Viernes 30 de septiembre, 2022

MUNDO | 24-02-2022 08:21

Quién es Volodimir Zelensky, el humorista devenido en general

El presidente ucraniano llamó a sus tropas a no abandonar la resistencia al avance ruso sobre su territorio. Los pergaminos del rival de Putin.

Parecen las máscaras con que los griegos representaron el teatro. Vladimir Putin no llora como la máscara que representa la tragedia, pero su semblante gélido parece más cerca del drama que de la comedia, representada por la máscara que ríe y calza justo con Volodimir Zelensky.

Antes de convertirse en presidente de Ucrania, Zelensky era un comediante cuyas películas y programas de televisión provocaban carcajadas, mientras que, antes de adueñarse del Kremlin, Putin fue un agente del KGB al que le desaparecieron dos países: la Unión Soviética, el país para el que trabajaba como espía, y la República Democrática de Alemania, el país donde se desempeñaba como agente del KGB.

El inmenso vacío que vivió al desaparecer el Estado y el sueldo que le pagaba ese Estado, desapareciendo también el régimen cuya policía política, la Stasi, era el aparato de inteligencia con el que colaboraba como agente soviético destacado en la ciudad de Dresde, fue el drama que lo condujo por un sendero en el que afrontó otros dramas: el separatismo caucásico, el terrorismo ultra-islamista ocupando una escuela en Beslán, la toma de rehenes en el teatro Dubrovka, el hundimiento del submarino Kursk en el mar de Barents y la sangrienta civil en Siria, entre otros.

Nunca habrá imaginado Vladimir Vladimirovich Putin que, sobre el escenario de lo que podría ser la peor tragedia europea desde la Segunda Guerra Mundial, tendría como coprotagonista del drama a un actor cómico.

Zelensky

Ese hombre joven sin experiencia política, que se abrió camino hacia el poder con una comedia de televisión en la que representaba a un profesor de historia que se convertía en presidente casi por accidente, terminó coprotagonizando el electrizante capítulo de la historia europea que tiene en vilo al mundo.

Servidor Público era el nombre del programa que hacía desternillarse de la risa a los ucranianos caricaturizando a los políticos y sus manganetas para enriquecerse con la corrupción. El mismo nombre le puso al partido que fundó para enfrentar en las urnas a la inepta y corrompida clase dirigente ucraniana, desde la vereda europeísta.

En ese espacio que expresa sospechas y temor hacia Moscú, además del hartazgo con la gravitación rusa sobre Ucrania, los choques entre el presidente Viktor Yuschenko y la primera ministra Yulia Timochenko, malogrando el primer gobierno pro-europeísta que había posibilitado la llamada Revolución Naranja contra los gobiernos pro-rusos, le abrieron el paso a figuras novedosas como Zelensky. Y su cara adecuada para las muecas graciosas y las sonrisas contagiosas, quedó enfrentada con el rostro gélido y desprovisto de emociones que porta el jefe del Kremlin como un arma intimidante.

Con esa mirada de lobo siberiano, se abrió paso desde San Petersburgo hacia el Kremlin. Dejando de lado a figuras fuertes como Boris Nemtsov, Serguei Stepashin y Nicolai Aksenenko, al dejar la presidencia Boris Yeltsin lo eligió como sucesor, porque veía en él la astucia y la decisión que se necesitaba para ayudarlo a dejar la presidencia sin ir al banquillo de los acusados por casos de corrupción.

Mientras Yeltsin protagonizaba papelones por embriagarse y marchaba de convalecencia en convalecencia por sus problemas cardíacos, su hija Tatiana dejaba las huellas digitales en negociados escandalosos. Por eso necesitaba que alguien le cuidara las espaldas para poder dejar el poder.

Putin desempeñó ese rol a la perfección y se cobró sus servicios adueñándose del Kremlin.

Desde que llegó al despacho principal del palacio situado entre el río Moscova, la Plaza Roja y la catedral de San Basilio, el ex agente del KGB comenzó a mostrar astucia y frialdad a la hora de tomar decisiones.

El ejército ruso, que había conocido la derrota en Afganistán en la etapa final de la era soviética, venía de ser derrotado en Chechenia por el independentismo que lideraba el general Dudayev. Pero Putin lo envió de nuevo a la pequeña república caucásica, esta vez con la orden de dejar tierra arrasada. Y eso fue lo que hizo para imponerse.

Con la misma frialdad, el presidente ruso ordenó atacar a los terroristas comandados por Movsar Barayev que habían ocupado el teatro Dubrovka, en el corazón de Moscú. Corría octubre del 2002 y casi un millar de personas, entre público, bailarines, coreógrafos y personal de la sala habían quedado atrapadas a merced de jihadistas demenciales dispuestos a cometer una masacre espeluznante. Entonces el presidente ordenó el envío de comandos Spetsnaz, las fuerzas especiales, a recuperar la sala al costo que sea. Y el costo incluyó 130 rehenes muertos.

Putin

El otro drama que Putin resolvió de manera trágica ocurrió dos años más tarde, en Osetia del Norte, cuando una treintena de terroristas musulmanes ocuparon una escuela en la ciudad de Beslán, tomando a maestras y niños como rehenes. En el asalto que llevaron a cabo las fuerzas de seguridad por orden del presidente ruso los jihadistas fueron aniquilados, pero al precio de más de trescientos muertos, de los cuales casi doscientos eran niños.

La primera de sus frías decisiones no fue para “salvar” rehenes, sino para salvar un secreto militar: la estructura del submarino nuclear K-141 Kursk, que se había hundido en el Mar de Barents con 118 tripulantes.

Unidades de rescate submarino británicas que se ofrecieron para rescatar a los submarinistas rusos necesitaban, para poder actuar con chances de éxito, una suerte de radiografía de esa formidable nave. Pero Putin prefirió salvar el secreto militar y el Kursk terminó siendo un sarcófago de acero con 118 cadáveres en el fondo de un mar helado.

También costó muchas vidas, que se cuentan en decenas de miles, la intervención de las fuerzas militares rusas para salvar el régimen sanguinario de Bashar al Assad en Siria.

Así recorrió escenarios dramáticos el hombre que quiere devolverle a Rusia el área de influencia que había controlado durante la era soviética y que no titubea a la hora enviar tanques y tropas para conseguirlo. El ex agente secreto que acumuló poder como ningún antecesor desde la muerte de Stalin. El líder que se empeña en darle a Rusia una centralidad internacional que la economía de ese país, por si sola, no puede lograr. El astuto déspota cuyos enemigos mueren envenenados, baleados o en extraños accidentes, se ha parado en el centro del escenario mundial, junto a un actor que viene de la comedia pero parece dispuesto a asumir un precio en sangre y lágrimas.

Las dos máscaras del teatro están en el punto donde convergen las miradas de un mundo en vilo. Las musas griegas Talia y Melpómene quedaron enfrentadas. Las escenas se suceden de manera dramática, haciendo crecer el riesgo de que desemboquen en una tragedia.

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Claudio Fantini

Claudio Fantini

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