Un cuadro en una pared, la anulación de un diploma universitario y la destitución de un jefe de inteligencia y de una Fiscal General. En el mismo puñado de días, pero en diferentes países, acontecimientos distintos son señales de lo mismo en tres gobernantes ultraconservadores.
El cuadro de un presidente decimonónico colgado en el Despacho Oval de la Casa Blanca, la derogación de una licenciatura otorgada en 1994 por la Universidad de Estambul y el intento de destituir al jefe del Shin Bet y a la fiscal general de Israel son señales de autoritarismo en Trump, Erdogán y Netanyahu.
Que el presidente norteamericano modificara el decorado podría ser algo anecdótico. La decoración está en la dimensión de lo puramente estético, salvo que incluya elementos reveladores de pulsiones o convicciones que no tengan que ver con el gusto personal.
En general, los mandatarios estadounidenses hacen cambios mínimos, además de reemplazar los portarretratos que están detrás del escritorio presidencial. Trump fue más allá, colmando la Oficina Oval con la estridencia del dorado, como en los salones de la Francia del barroco y el rococó, cuando los bronces se abarrotaban en los mobiliarios y las decoraciones.
Fue la última expresión estética de la ampulosidad de los Luises absolutistas. Y en la Casa Blanca expresa la ampulosidad que Trump también exhibe en sus mansiones y rascacielos. Algo significativo, porque la cantidad de dorado en una sala es inversamente proporcional a la humildad de espíritu de quien la habita.
Pero no es ese el detalle más revelador en la nueva decoración. El patológico ego del magnate neoyorquino ya era archiconocido. Lo revelador es que colgó un cuadro de James Polk, el presidente cuyas políticas expansionistas acrecentaron Estados Unidos en la primera mitad del siglo XIX.
Tras haber sido gobernador de Tennessee, Polk ocupó la presidencia en la antesala de la Guerra de Secesión, ganando la elección con la promesa de anexar Texas, recientemente escindida de México. A renglón seguido, mediante invasiones incorporó California, Utah, Nevada, Arizona y Nuevo México, además del territorio de Oregón, que compró a los británicos.
Un cuadro de James Polk en la oficina del presidente que promete anexiones que triplicarían el territorio confirma que planea una era expansionista. Ese detalle en la Oficina Oval prueba que no se trata de una modalidad de negociación, sino que Trump habla en serio, y de manera explícita, al repetir que Groenlandia, Canadá y el Canal de Panamá serán de Estados Unidos.
Probablemente por eso es tan comprensivo con la adicción a la guerra expansionista que exhibe el presidente ruso, con el que, además, comparte un duro conservadurismo nacionalista, aunque no tan religioso como el de Recep Erdogán, quien también volvió a emitir señales oscurísimas.
Agravando el proceso de “sultanización” que inició al llegar a la presidencia de Turquía, se lanzó a destruir la imagen del popular alcalde de Estambul, proscribirlo y encarcelarlo. El socialdemócrata Ekrem Imamoglu es la figura más potente de la oposición secular. Por eso le cayó un alud de acusaciones y denuncias ni bien apareció encabezando las encuestas.
Erdogán está haciendo a su desafiante lo que el gobierno ataturkista le hizo a él en 1997, cuando era alcalde de Estambul y su popularidad se proyectaba a toda Turquía: por leer en un acto un poema islamista de Ziya Gokalp lo hicieron dimitir y lo encarcelaron.
Por entonces militaba en el Refah Partisi (Partido del Bienestar) que lideraba el islamista moderado Necmetin Erbakan. Los gobiernos ataturkistas no eran tan democráticos como decían ser y, cuando crecía demasiado algún dirigente islamista o de los partidos kurdos, la atacaban con denuncias fabricadas.
Al salir de prisión, Erdogán fundó el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) y desde que llegó a la cumbre del poder inició la deriva autoritaria que incluyó conspiraciones y proscripciones a quienes lo cuestionaran o representaran una amenaza electoral.
Si no perdonó a Fetullah Gülen, el influyente teólogo que debió exiliarse a pesar de haber apadrinado a Erdogán y financiado la campaña del AKP, ¿por qué debería sorprender que la Universidad donde Imamoglu egresó hace tres décadas le quite ahora su licenciatura, sin la cual no puede ser candidato porque la Constitución turca exige título universitario para acceder a la presidencia?
La “sultanización” de Erdogán lo enfrenta con el poder judicial, mientras que en Israel, contra una democracia más vigorosa ofreciéndole dura resistencia, Netanyahu intenta poner todo bajo su control. A las masivas protestas que causó su avance sobre la independencia de los jueces, se sumaron las protestas contra su intento de controlar el Shin Bet destituyendo a Ronen Bar, el director de ese aparato de inteligencia que es autónomo respecto a los gobiernos. Y como si fuera poco, Netanyahu envistió contra la Fiscal General Gali Baharav-Miara, funcionaria que debe asesorar jurídicamente al gobierno de manera objetiva, sin someterse a él, y lleva tiempo chocando abiertamente con el primer ministro y su gabinete.
Los gobernantes no pueden remover fiscales generales ni jefes de inteligencia, debido a que entre sus funciones tienen, precisamente, la de vigilar al poder. De hecho, nunca un jefe del Shin Bet fue destituido por un primer ministro.
Ronen Bar no se había defendido con coartadas sobre el pogromo sanguinario de 2023. Al contrario, reclamó investigaciones independientes y ordenó la investigación interna que mostró las fallas propias que lo posibilitaron. Esas investigaciones también justifican sospechas sobre Netanyahu. Como poco, haber desoído las recomendaciones de eliminar con asesinatos selectivos a líderes de Hamas, empezando por Yahya Sinwar, máximo responsable del ataque en el sur de Israel. Al parecer, antes del pogromo, Sinwar estuvo varias veces en la mira del Shin Bet, pero nunca llegó la orden de disparar.
El jefe que Netanyahu destituyó y los jueces repusieron en su cargo, también impulsa la investigación sobre los millonarios sobornos de Qatar a dos asesores del primer ministro.
En esa batalla que comenzó con Netanyahu procurando someter al sistema judicial, lo enfrenta la democracia israelí mientras su gobierno intenta sobrevivir atrincherándose en otra guerra.
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