Jueves 24 de junio, 2021

OPINIóN | 01-02-2013 13:40

La Argentina y los ayatolás

Los pasos de Timerman. El Canciller asesoró a la Presidenta para cerrar un acuerdo insólito con los iraníes.

Para los Estados Unidos, la Unión Europea y, desde luego, para Israel, la República Islámica de Irán es un país peligrosísimo que, tal y como están las cosas, en cualquier momento podría desatar una conflagración bélica nuclear de consecuencias apenas concebibles, una que con toda seguridad tendría un impacto horrendo no sólo en el crónicamente convulsionado Oriente Medio sino también en el resto del planeta. Comparten su punto de vista muchos dirigentes árabes sunitas que, conscientes de que el presidente norteamericano Barack Obama sería reacio a hacer cuanto resultara necesario para frenar al expansionismo chiíta, están preparándose para participar de una carrera armamentista frenética que, en una región tan combustible, de por sí podría dar pie a una serie de guerras.

En cambio, para Hugo Chávez y, según parece, para su amiga predilecta y eventual sucesora como líder de la “revolución bolivariana”, Cristina Fernández de Kirchner, Irán es la víctima inocente de la malignidad imperialista y por lo tanto hay que ayudarlo a salir del aislamiento económico y diplomático. Aunque hasta hace poco aquel atentado de casi veinte años atrás a la AMIA en que murieron 85 argentinos impedía que el gobierno kirchnerista se solidarizara con los islamistas iraníes, como ya habían hecho los chavistas venezolanos, Cristina, asesorada por el canciller Héctor Timerman, acaba de encontrar una forma de soslayar el problema.

Es sencilla. En lugar de seguir reclamando inútilmente que se entreguen a la Justicia argentina integrantes destacados del régimen teocrático, entre ellos el ministro de Defensa, Ahmad Vahidi, y el ex presidente Akbar Hashemi Rafsanjani, acusados de ser los autores intelectuales de la matanza, Cristina los ha invitado a dejar el asunto en manos de una “comisión de la verdad” ya que, por tratarse en su opinión de personas respetuosas de los valores presuntamente universales que nunca soñarían con tratar de engañar a nadie, no podrán sino querer ayudar a eliminar los malentendidos desafortunados que tanto han perjudicado la relación bilateral. Con orgullo comprensible, Cristina se felicitó a sí misma a través de Twitter por el arreglo “histórico” así supuesto.

Tiene razón la Presidentísima, pero sucede que a veces “histórico” no es sinónimo de “bueno”. Con cierta frecuencia, equivale a “desastroso”. Pues bien, a juicio de muchos, se trata de una iniciativa delirante. Es como si Cristina hubiera decidido que la mejor manera de poner fin al crimen organizado en el país consistiría en pedirles a la Mafia y a los carteles de narcotraficantes contratar a “juristas internacionales” para que investigaran las acusaciones en su contra. Al fin y al cabo, se preguntan los desconcertados por el acuerdo, ¿por qué confiar en la palabra de sujetos que nunca han vacilado en apoyar a grupos terroristas, que, para más señas, actúan como capos mafiosos ofreciendo dinero a los asesinos de occidentales juzgados blasfemos, como los traductores de la novela “Los versos satánicos” del británico Sir Salman Rushdie, y que en la actualidad están ayudando al dictador sirio Bashar al-Assad a masacrar a decenas de miles de compatriotas rebeldes?  Aunque hay muchos buenos motivos para no involucrarse en aquella guerra civil atroz de la que podría surgir una tiranía todavía más sanguinaria que la alauita, la negativa a hacerlo de Cristina se habrá debido a su deseo de congraciarse con los iraníes.

Por lo demás, la idea de crear una “comisión de la verdad” sirvió para asestar otra bofetada contra la Justicia nacional que, por razones tanto políticas como personales, Cristina está procurando desprestigiar. Mientras que Néstor Kirchner insistía en reivindicar lo hecho por la corporación judicial del país, su viuda lo ningunea porque quiere dar prioridad a la relación bolivariana con el régimen de los ayatolás.

Que una defensora heroica de los derechos humanos, profeta del siglo de las mujeres y propulsora del “matrimonio igualitario” haya decidido convertirse en la mejor amiga en el hemisferio sur de un régimen que pisotea sistemáticamente los derechos humanos, obliga a las mujeres a vestirse como monjas y ahorca desde grúas a los homosexuales, podría parecer un tanto paradójico, pero ocurre que en buena parte del mundo la izquierda antinorteamericana se ha aliado con el islamismo militante. En Irán, los religiosos triunfantes no tardaron en liquidar, como dicen los progres, a su socios izquierdistas, pero hoy en día pocos quieren recordar aquel episodio truculento que, dicho sea de paso, puede estar por repetirse en Egipto.

Por ser revolucionarios, los islamistas iraníes, como en su momento los comunistas y los nazis, no se creen constreñidos a respetar verdades objetivas. Las tradiciones chiítas en la materia son igualmente flexibles. Si una mentira les resulta útil, se transforma automáticamente en una especie de verdad superior. En cambio, de molestarles una verdad determinada, como evidencia contundente de responsabilidad por la destrucción tanto de la sede de la AMIA como de la embajada de Israel y los edificios aledaños, tendrían todo el derecho del mundo a repudiarla por antiislámica. Lo mismo que los kirchneristas, subordinan absolutamente todo a su “relato” particular, pero mientras que el de Cristina solo vale en la Argentina, los iraníes fantasean con extender su propio credo hasta los confines últimos de la Tierra, lo que, claro está, alarma mucho a los israelíes que no tendrían lugar en los capítulos próximos del relato de los ayatolás. El presidente Mahmoud Ahmadinejad ya ha borrado el holocausto de los libros de historia por ser cuestión a su entender de una patraña sionista; nada le encantaría más que hacer lo mismo con Israel. Puesto que es un “moderado”, dejaría que los compañeros de Hezbolá se encargaran de la tarea de exterminar a los demás judíos.

Como no pudo ser de otra manera, el gobierno israelí, y organizaciones judías locales como la DAIA y la AMIA, han reaccionado con una mezcla de incredulidad y espanto ante el giro espectacular que acaba de experimentar la política exterior argentina. Lo que a ojos de Cristina, la que pocos días antes se había disfrazado de guerrillera Vietcong, dando a entender de que si le fuera posible rebobinar la historia combatiría al lado de las huestes de Ho Chi Minh contra los franceses, norteamericanos, burgueses anticomunistas nativos y, es de suponer, los chinos, es solo un episodio más en la lucha interminable entre progresistas buenos e imperialistas malísimos, es para los israelíes una cuestión existencial, de vida o muerte, detalle éste que en otras partes del mundo muchos propenden a olvidar.

Además de enfrentar la amenaza planteada por los iraníes, cuyo presidente amable raramente deja pasar una oportunidad para recordarles que quiere aniquilarlos, los israelíes tienen que preocuparse por lo que está sucediendo en países vecinos como Egipto. Antes de alcanzar la presidencia, Mohamed Morsi dijo que quería ver muertos no solo a los “sionistas” sino también a todos los judíos puesto que, como le informa el Alcorán, “son descendientes de monos y cerdos”.

Puesto que en muchas ocasiones la retórica deshumanizadora favorecida por fanáticos ha servido para legitimar el genocidio en gran escala y los judíos han aprendido que no les convendría mofarse de tales excesos verbales, los israelíes tienen por qué sentirse inquietos: viven en un vecindario sumamente violento en que el destino que les aguarda a los débiles suele ser atroz. Es natural, pues, que les haya alarmado el hecho de que la mandataria al parecer todopoderosa de la Argentina haya optado por acercarse a Irán.

A los tan políticamente correctos norteamericanos y europeos que durante años han estado procurando averiguar el estado del programa nuclear iraní que, según el régimen, carece de connotaciones militares, les costó mucho entender que los representantes de la República Islámica están más interesados en engañarlos para ganar tiempo que en revelar sus intenciones auténticas. Parecería que ni Cristina ni Timerman se han sentido impresionados por la experiencia de tales negociadores o, lo que es más probable, no les importa. Para ellos, ha sido cuestión de una campaña imperialista contra un país transgresor, como la Argentina, en que se niegan a participar; tuiteó Cristina: “jamás permitiremos que la tragedia AMIA sea utilizada como pieza de ajedrez en el tablero de intereses geopolíticos ajenos”.

Traducido aquel mensaje escueto, lo que Cristina quería decir es que la Argentina no forma parte de ninguna alianza occidental y que, lejos de estar dispuesta a colaborar con quienes están procurando reducir el riesgo de una guerra aplicando sanciones económicas a Irán, quiere aprovechar una oportunidad para diferenciarse de los Estados Unidos y Europa. Tal vez crea que sería una buena manera de desquitarse de todas las cosas horribles que ha dicho de ella la prensa canalla internacional, la hostilidad del juez yanqui Thomas Griesa, la resistencia de los inversores a prestarle plata, la falta de respeto por el “contramodelo” que ha patentado y tantos otros desaires insoportables. Sea como fuere, Cristina ha elegido un rumbo que, a menos que lo modifique, podría llevar al país a un destino muy incierto.

* PERIODISTA y analista político, ex director de “The Buenos Aires Herald”.

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